lunes, 6 de junio de 2016

Mis Gigantes Favoritos: Abuelelisa

Hace diecisiete años un día como hoy era domingo, pasada la medianoche el doctor salió de la habitación de cuidados intensivos y dijo "la señora falleció". Ni siquiera tuvo la decencia de decir su nombre, quizás ni se lo sabía. Todo el mundo abrazó a todo el mundo, menos yo, y me quedé solo, mudo, frío, en medio de aquel pasillo, sin que el abrazo llegara sino tras unos minutos que se me hicieron interminables y en los que redefiní el concepto de soledad. Más que un abrazo, yo necesitaba SU abrazo. Mi abuela Elisa se había marchado para siempre y con ella, una parte de mí. A partir de esa noche se me rompió la infancia en pedazos, pues para ella yo seguía siendo un niño de 29 años a quien ella aún tomaba de la mano para cruzar la calle.

Mi abuela, Elisa Abdala Khoury, o más propiamente, "Abuelelisa", era hija de inmigrantes libaneses y aunque nació en la República Dominicana, se crió en esa colonia y de ellos aprendió la mejor cocina, y frases sueltas en árabe (incluyendo malas palabras) que aprendimos y repetimos hasta el día de hoy. Como su familia había salido huyendo del Líbano como muchos otros por las persecuciones religiosas contra los Maronitas, se crió con fuertes raíces religiosas que nos transmitió a todos sus hijos y nietos en la fe católica. Ella no conoció a su abuela, ni mi mamá tampoco (pues su abuela murió en el parto de mi abuela, su última criatura, la única niña), por eso el sentimiento de perder el amor de la abuela es algo que solo puedo compartir con mis hermanas y primos.

Abuela era la dadora de cariño en una familia que no se caracteriza especialmente por la afectividad. Ella era la de las palabras dulces y apodos y cariñitos melosos. La del beso y el abrazo siempre listos. En su casa, que solo existe ahora en mi mente, habitan los mejores recuerdos de mi infancia. Su pequeño patio con suelo de cemento sigue siendo mi refugio en los momentos de tristeza. Ese pequeño paraíso privado está poblado de risas y juegos, allí somos todos niños, felices, inocentes. Allí me siento cuidado y seguro. 

Siempre trató de que ninguno de los nietos sintiera predilección, no fuera cosa que alguno de sus hijos se sintiera celoso, pero yo me sentía que era el más querido - y me imagino que mis hermanas y mis primos también sintieron lo mismo. Me llamaba por teléfono y me cantaba en árabe una canción que decía "Llámame por teléfono aunque sea una vez, pero llámame", señal inequívoca de que ya era hora de pasar por su casa. A veces, como estrategia para que llegáramos más rápido, había como recompensa por la visita un dulce hecho con guayabas del patio (el olor inundando la casa lo recuerdo como ahora), o majarete, o chocolate San Jorge, o "una coca-colita" la cual compraba como pretexto de que era para los nietos, pero era uno de sus vicios, junto con el bingo y las quinielas), o acaso, si había salido el 37 en la lotería del domingo, habría que llamarla y decirle "¡Albricias!" y por el premio ganado venía una propina para cada uno de sus nietos (la misma cantidad, por supuesto, que nadie se ofenda).

Abuela Elisa conocía a todo el ser vivo que hubiera nacido y habitado en el barrio de Los Pepines. Salía de vez en cuando a repartir arroz, azúcar y aceite a algunas familias de escasos recursos, calladita y sin buscar ningún reconocimiento. Conocía desde los más ilustres hasta los más oscuros personajes, y a todos los trataba como iguales. En medio de la agresiva poblada del 1984, la policía aprovechó para "limpiar" y se despachó a algunos individuos a quienes les tenían ficha de cabezas calientes. Y entre gomas quemadas y huelgas ella fue a dar el último adiós a un famoso y peligroso personaje conocido como "el Taira" - "El era un muchacho bueno y yo lo conocía desde chiquito", insistía abuela, mientras se ocupaba de que nadie saliera de su casa porque la situación era peligrosa.
 Igual se convirtió en defensora acérrima de uno de sus cantantes favoritos, Fernando Villalona cuando éste cayó en su punto más bajo de adicción a las drogas. Pienso que quería siempre ver lo mejor del otro y por ello trataba de ser indulgente cuando podía, excepto se se trataba de un umpire quite le cantaba out o strike a las Águilas Cibaeñas, en cuyo caso se transfoguraba, y perdía la compostura, voceándole protestas en medio del estadio de béisbol.

Tras su partida aprendí que aquel rosario tan fino que le traje de Montmartre lo guardaba como un tesoro en una gaveta, mientras seguía usando su viejo y gastado rosario en las horas santas. Así me enseñó a rezar: "Espíritu Santo, enséñame lo que debo pensar, lo que debo decir, cómo debo decirlo, cómo debo de actuar..." y en su honor aún lo sigo repitiendo ante cada situación de crisis.

Hacía sus rezos temprano en el patio, para poder salir a tiempo, bañada y empolvada, y llegar a  la farmacia donde trabajaba mi abuelo. Aquel acto de acompañarlo en su camino de regreso a la casa era motivado por celos, pero le servía a la vez como salida diaria. para saludar y socializar. Compraba el periódico "Ultima Hora" y se sentaba a leerlo en la farmacia. Si llegaba alguna clienta bonita o coqueta, ella leía en voz alta algún titular, para que la mujer en cuestión se percatara de su presencia.

Por más que quiera hacerle un reconocido homenaje como una de mis gigantes favoritos, lo que me sale son anécdotas jocosas sobre sus ocurrencias y supersticiones, sobre sus refranes que repito a menudo y las frases que acuñó y que son repetidas por muchos hoy en día:
- Abuela, me voy de viaje, "El que tiene cuartos sí goza, qué dirá el Señor de tantas cosas", 
- Abuelelisa, ¿Cómo estás? "Aquí, entre dos como el encaje", 
- Abuela, ¿Qué haces? "Viendo, oyendo, cogiendo y dejando". 
- Abuela, ¿Qué opinas de fulano? "Ese no es un ñeñeñé". 
- Abuela, ¿Supiste lo que hizo tal persona? "Jara pa' ese". 
- Abuela, Se dañó tal cosa. "Fadeca (que en él se ensuelva)". 
- Abuela, nos vamos para la playa "Llévense su abriguito por si hace frío".  
Nadie que lea este escrito lo entiende, pero muchos me conocen y me han escuchado alguna de esas frases, y si me conocen de cerca saben que la mantengo viva en mis conversaciones.

Así que no puedo hacerle un homenaje a mi abuela sin resaltar su llaneza y espontaneidad, su tono campechano, su manera sencilla de vivir, su agudeza, y sobre todo su fe y su entrega. Pero su manera de amar, de ser, de hacerme sentir, eso no puedo ponerlo en palabras. 
La extraño como si se hubiese ido hoy, y me sorprendo con frecuencia hablando con ella, pidiendo su intercesión, imaginando su reacción ante tal o cual noticia. Y me pregunto si sus diez bisnietos, de los cuales solo llegó a conocer dos, sabrán alguna vez que esa abuela nuestra fue el centro de todo el amor de nuestra familia.

Cuando mi abuelo Chaguito falleció, ella siguió durmiendo del mismo lado de la cama y le dejaba el espacio vacío del otro lado. El domingo siguiente fui temprano a su casa para hacerle compañía, y puse el CD de Gardel de fondo, como tantos otros domingos en que lo hacía mi abuelo. "Quita eso" - me dijo. Yo pensé que era porque le traía dolor por la nostalgia de su partida, pero siguió hablando - "A mí no me gusta Gardel". "Pero abuela, ¿Y como es que lo estuviste escuchando durante 57 años de matrimonio?", a lo cual ella me respondió con tremenda lección, diciéndome que de eso se trataba, que ella respetaba eso así como abuelo respetaba su afición por la lotería. 
De hecho, se sabía cuanta fecha de nacimiento o aniversario existiera, y la jugaba en la lotería al derecho y al revés si se soñaba con alguno de nosotros, sin olvidar el número de cédula y de placa de la persona. Y bueno, mi abuelo nada podía hacer para detenerla.


A los dos años ella le siguió los pasos. Durante la semana que estuvo luchando contra la muerte pude verla despojada de su elegancia, vulnerable y frágil, y me percaté de cuan bella era, aún en su lecho de muerte.

En uno de esos días llegué bien temprano a la clínica para ayudar a cambiar la ropa de cama y asearla, y en sus delirios ella pedía agua, y la enfermera se la llevaba, pero ella no la quería. Salí entonces a la calle a buscar agua de coco, pues ella hace tiempo había sustituido el agua normal por el agua de coco, y logré convencer a la enfermera de que se la diera. Al probarla, en su dolor sonrió, y me miró, ya lúcida, y con dificultad me alcanzó a decir con una sonrisa, "Gracias, mi amor. Tú eres mi niño. Te quiero mucho". Esa fue nuestra última conversación, y como pocas veces la escuché llamarme "mi niño", si no fuera por la enfermera que estaba presente juraría que me lo soñé. 

Yo también te quiero, y te amaré siempre, Abuelelisa.

lunes, 11 de abril de 2016

Cancionero Traumático

Hace ya casi dieciocho años que tuve el privilegio de ser tío y poder participar del mágico momento de dormir a un bebé. Con aquel bebito amado recostado sobre mi pecho empecé a cantar la misma canción de cuna que me cantaban a mí: "Linda palomita, la que yo adoré, le nacieron alas y voló y se fue". Y de repente paré la canción en seco, porque aquello me daba tristeza, Traté en vano de buscar en mi mente alguna canción apropiada para la ocasión y acabé cantando "You'll be in my Heart", de Phil Collins, la cual estaba de moda en el momento y resumía muy bien mis sentimientos por mi sobrino Jean Paul.  
Al nacer mi segunda sobrina, Isabelle, las veces que me toco dormirla yo aprovechaba para repasar mis lecciones de italiano, contando los números en ese idioma, y ya como por el settantadue había caído redonda con la monotonía a la que había sido sometida la pobrecita.

Así me tocó ver crecer en las últimas dos décadas cinco sobrinos que nos han hecho ver desde Barney hasta Peppa la Puerca, pasando claro está por los detestables Teletubbies y algunas otras aberraciones, cada uno de ellos con cancioncitas estúpidas que hubo que tararear en su momento. Sin embargo, con el tiempo he llegado a pensar que es preferible el cancionero moderno y no el arsenal de tristeza y pesimismo en el que consiste el cancionero tradicional con el que fui criado.

Hace tiempo hice un análisis de por qué mi generación es tan dramática y cursi (ver la entrada de este blog "¿Cursi Yooooo?").  Pero yéndonos un poco hacia atrás, entenderemos muchos aspectos del comportamiento y las actitudes de nuestra generación, si le ponemos atención a las canciones infantiles con las que crecimos. Freud se daría gusto buscándole el sentido a muchas de las “inocentes” y entretenidas cancioncitas con las que crecimos. Yo haré lo que pueda en las siguientes lineas para abrirles los ojos a mis lectores.

Por ejemplo, mientras “Mi Escuelita” nos motivaba a cumplir con el deber y saludar a la maestra temprano, “A la Rueda Rueda” nos decía “A la rueda rueda, de pan y canela, dame un besito y vete pa’la escuela, si no quieres ir, acuéstate a dormir”. O sea, pongámonos de acuerdo, ¿Quiere decir que ir a la escuela es opcional? La chancleta de mami no pensaba lo mismo. Yo solo seguía lo que mi subconsciente aprendía en las canciones. Menos mal que "Pajarito vino hoy y me dijo al despertar, ¿no te vas a levantar?", yo he saltado y corrido de la cama desde aquel entonces hasta el día de hoy.

Y siguiendo con el tema de la vagancia, “brinca la tablita, ya yo la brinqué, bríncala tú ahora, que yo me cansé”, nos muestra cómo el tema de la excesiva delegación de tareas ha estado presente desde siempre. Yo no tengo quien brinque la tablita por mí en el trabajo, una lástima. Ni tampoco he encontrado para casarme una viudita de la capital, como el demandante y quisquilloso “Arroz con leche” que en estresante obsesión quiere que sepa coser, bordar y poner la aguja en su mismo lugar.

Luego resulta que nuestra generación abrazó el sadismo en su máxima expresión con inocentes cancioncillas como “Yo tiré mi gato al agua, pero el gato no se ahogó”. Doña Juana, que observaba la escena impávida, es cómplice de tal atrocidad. Pero deja tú el gato, no hay cosa más bella que “Me casé con un enano para poderme reír”, dale con el matrimonio feliz y la esposa sádica. Y para rematar, los maderos de San Juan, que “piden queso y piden pan, y no le dan”, no tiene nada de gracioso. ¿O acaso era yo el único niño preocupado por esos maderos? De igual manera, es muy probable que yo fuera era el único niño que consideraba la desagradable consecuencia de Pin Pon (que era muy guapo y de cartón) lavándose la cara con agua y jabón, y me lo imaginaba desfigurado al pobre como consecuencia de su afán por la higiene.

¿Y qué decir  del pesimismo enraizándose en nuestro interior desde temprano?: La cucaracha ya no puede caminar, el barquito no podía navegar, al alimón que se rompió la fuente, la muñeca la saqué a paseo y se me constipó, en el bosque de la china la chinita se perdió, y pulgarcito se subió a un avión que se le acabó la gasolina. ¿Quiere decir que no se puede ni caminar, ni pasear, ni viajar, ni explorar, ni navegar? Pero qué va, si podemos jugar en el bosque "mientras el lobo no está", o irnos a la playa sin temor a "la víbora, víbora de la mar".

Pero si a pesimismo vamos, todo eso es solo un ensayo comparado con la maravillosa letra de “Mambrú se fue a la guerra”, toda una historia trágica donde las haya. No se sabía cuando venía, y tras una angustiante espera llegaron los soldados a traer la noticia, y resulta que Mambrú regresó con los pies para adelante en una hermosa caja de oro y cristal.
Pero nada como la pesimista y trágica historia que recoge una serie de eventos desafortunados al cantar que “yo tenía diez perritos, uno se perdió en la nieve, nada más me quedan nueve”, y así sucesivamente hasta aniquilar irresponsablemente a toda la población canina. Con razón después de que se murió mi perro Pixie, nunca volví a tener uno, no fuera cosa.

Nada como una cancioncita infantil para que el niño vaya aprendiendo desde temprano los efectos de la crisis: Los pollitos tienen hambre y tienen frio, el chorrito de la fuente se hace chiquito, y el ratoncito Miguel nos recuerda que “la cosa está que horripila y mete miedo de verdad, y usted verá como de hambre un ratón se morirá”. Hermosas letras, solo comparables a las de La Patita que se ha quejado de lo caro que está todo en el mercado. Disfuncional la familia palmípeda, pues su esposo es un pato haragán y perezoso que no da nada para comer, pero la muy despiadada pata, cuando le pidan, contestará, al mejor estilo de María Antonieta, “coman mosquitos”. Qué madre tan cruel.

El indiscutible galardón se lo lleva la canción que me aterrorizó durante mi infancia y que me hizo respetar hasta el día de hoy a mi madre. Fue una bella historia que me contaron en pre-primario, y se trataba de un cuento amenizado con cantos, ¡qué hermoso! No tanto si les digo que el cuentecito iba sobre un niño que obediente fue a buscar higos por encargo de su mamá y al traer uno de menos, ella lo enterró vivo. Pero caballero, ¿cómo le van a decir esas cosas a uno? ¿Será que a Stephen King le cantaban eso de niño? En el lugar donde fue enterrado el carajito nació irónicamente una mata de higo, y el hermanito sobreviviente, cada vez que iba a jalar un higo de la mata, ésta le cantaba “Hermanito, hermanito, no me jales los cabellos, que mi madre me ha enterrado por un higo que ha faltado”. Tan solo de recordarlo se me vuelve a erizar la piel.

Sé que se me quedan muchas, pero la idea está clara. Pesimismo, sadismo, mal ejemplo, crueldad, tristeza, y así crecimos y nos convertimos en los adultos que somos. Es por eso que aprovecho este medio para hacer un llamado a los tíos y tías, madres y padres modernos, para que sigan dándose su alienante dosis de Discovery Kids con gusto, y para que disfruten mucho al dinosaurio púrpura afeminado y sus canciones gangosas (si es que todavía existe), pues a fin de cuentas, por más que le he buscado la vuelta no he podido hallarle nada de malo a “Te quiero yo, y tú a  mí”

sábado, 26 de marzo de 2016

Frente a la Cruz en Silencio

He regresado hoy después de cuatro días de retiro en silencio en la casa de retiro jesuita Montserrat, aquí en Dallas.

Mucha gente se sorprende cada vez que hago un retiro de silencio, porque toda la vida he sido locuaz, parlanchín, y hasta de chiquito en la escuela a mis padres les mandaban a decir que yo hablaba mucho en clase. Ya hay otras entradas de años anteriores en este blog sobre mi experiencia en el silencio.

Pero el silencio es para mí como la fortaleza de Supermán, que va a encontrarse con su padre y busca fuerzas en un mundo lleno de kriptonita, es uno de mis refugios, y en el silencio Dios es muy elocuente.  Setenta y dos horas de silencio, sólo interrumpidas por las charlas de quince minutos tres veces al día, y con la oportunidad de una conversación privada con un sacerdote. Hablar con un jesuita es siempre una bendición, y yo ansiaba la oportunidad de hablar con el padre Ron, por eso me apunté temprano en su lista.

«Voy a hablarle de mi temor sobre el futuro», me dije, y en la segunda charla ese fue precisamente el tema que él trató. «Pues entonces, voy a hablarle de la soledad», y sí, la siguiente charla trató ese tema, parecía como si Dios me estuviera leyendo la mente y el corazón (y así era). Cuando me tocó mi audiencia privada, el zángano que iba antes que yo se extendió en su tiempo y yo me quedé sin poder hablar. Y es que ya nada había que hablar. Sólo escuchar.

El Jueves Santo en la noche, mientras todos dormían, sólo yo me quedé a observar la luna, aquella hostia gigante que me recordaba a mi abuela cuando visitábamos los altares y a la inolvidable misa de mi querido padre Dubert. Y un peso muy grande apretaba mi pecho, pensando en dónde he estado y dónde estoy en mi vida. Ese peso me duró hasta que me fui a hacer una oración privada en la capilla, y allí me encontré con la oración de Thomas Merton:

"Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy.No veo el camino delante de mí.  No puedo saber con certeza dónde terminará.  Tampoco me conozco realmente, y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo.  Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho te agrada.  Y espero tener ese deseo en todo lo que haga.  Espero que nunca haga algo apartado de ese deseo.  Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no me de cuenta de ello.  Por lo tanto, confiaré en ti aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte.  No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.  Amén" (Thomas Merton)


El Viernes Santo, ya con un camino interior recorrido, en el momento en que exponen la Cruz, tuve otro momento de encuentro con Dios.
Yo vi en esa Cruz mucha gente querida, y mucha gente a quienes he crucificado o he dejado que crucifiquen.
Y entre lágrimas, en el silencio de aquella tarde solemne, en aquel lugar paradisíaco, esto fue lo que el Espíritu me inspiró, lo comparto con temor, pero para que sirva de inspiración, motivación, o gracia para otros:


Como la mujer de Lot
silente y petrificada
en vez de mirar al frente
miraba cosas pasadas.

Y cambié, como Esaú,
mi herencia por casi nada
Tú, Señor, me hiciste libre
mientras yo me esclavizaba.

Cómo Josué sin trompetas,
cómo Moisés sin su vara,
Tú me tocaste los labios
y yo callé mis palabras.

Tú, Señor, me diste todo
y yo no conservé nada;
hoy solamente me quedan
treinta monedas de plata

Yo en Getsemaní durmiendo
mientras que Tú agonizabas:
Yo a ti te negué tres veces,
Tú nunca diste la espalda.

Por eso al pie de tu cruz
y agachando la mirada
no vengo a pedir por mí,
porque no merezco nada.

Pero te pido por otros
a quienes guardo en mi alma,
que por tu misericordia
sean tocados por tu gracia.

Por todo aquel que he ofendido
con mi orgullo y mi arrogancia,
con una palabra hiriente
o alguna ofensa causada.

Por todo el que no ayudé
cuando me necesitaba,
por cada ocasión perdida
de llevarles tu palabra.

Por no ser imagen tuya
en la calle y en la casa
y no reflejar tu rostro
a las personas que amaba.

Todo el tiempo que he perdido,
mi vida desperdiciada,
los tropiezos del camino
y mi falta de esperanza.

A tus pies aquí te traigo
esta carga tan pesada;
bájate Tú de esa cruz
y déjame allí clavarla.

Yo quiero matar mis muertes,
en tu cruz crucificarlas,
sólo así podré seguirte
y mirarte cara a cara.

«No es necesario», me dices
con tu voz dulce y cansada
«yo ya he pagado tus cuentas,
puedes soltar esa carga.

Con el precio de tres clavos
tus deudas quedan saldadas,
al morir en esta Cruz
yo ya he salvado tu alma.

Ahora vete a hacer el bien,
ahora regresa a tu casa,
vuelve por otro camino
y recobra la esperanza.

En la casa de mi padre
hay muchísimas estancias
y a tu corazón contrito
le reservaré una plaza.

No existe Gloria sin cruz
ni hay brillo sin una llama,
ni resurrección sin muerte,
ni Victoria sin batalla.

Y yo venceré la muerte,
se cumplirá la Palabra:
mira que si el grano muere
da fruto y en abundancia»

Casa de Retiro Jesuita Montserrat
Dallas, Viernes Santo 2016

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Memorias del Boot Camp

Cuando yo era niño la preocupación principal de mi madre y mi abuela era que yo no engordaba. Me daban unos batidos de proteínas Gevral para compensar la falta de cuchara que era tan notoria en mi cuerpecito tan esbelto. Lo cuento y no me lo creo. Cuando saqué mi cédula a los 16 años apenas pesaba 105 libras - el caballero de la triste figura - y ya en la universidad como que agarré unas libritas que me hacían ser menos flaco.

El problema es que seguí agarrando libritas, hasta el día de hoy. Y entre el trabajo sedentario, el poder adquisitivo, la vida de soltero y la edad, el resultado ha sido que ahora no hay cómo sacarse el lastre y aligerar el vuelo.
Como tantos otros, he empezado y acabado dietas de todo tipo, he nadado, corrido, brincado y pataleado, y al final las libras emigradas regresan a su patria.

De igual manera regreso yo cada año a mi casa, para las fiestas de Navidad, y básicamente la agenda se divide en cuatro partes, distribuidas cronológicamente de esta manera:
1. Llegó Simón, vamos a prepararle comidas para celebrar.
2. Llegó la Navidad, comamos.
3. Feliz año nuevo, ¡A comer!
4. Se va Simón, hay que prepararle comidas para despedirlo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que al regreso, una decena de libras más tarde, me esperaba un crudo invierno en el que las ganas de hacer ejercicio se vuelven nulas. Por eso arranqué el primer Boot Camp. Por eso y un maldito Groupon que enseña gente linda y feliz y con cuadritos en su publicidad. Yo, entre culpable y esperanzado, decidí rebajar previamente lo que más tarde engordaría y me inscribí en el dichoso Boot Camp.

Al empezar a llevar cuentas de tal experiencia, entre broma y seriedad, en mi muro de Facebook, empezó lo que sería una blog-novela o reality en línea. Muy terapéutico, sobre todo por los comentarios, que lamentablemente no puedo compartir por aquí.

A petición de los "amigos" que, ya por burla o por empatía, devoraban con ansiedad estas publicaciones (como devoro yo los pasteles en hoja), he aquí una compilación de cuando yo traté de perder peso y lo que perdí fue la verguenza y la salud mental:













 Luego, como si todo esto hubiera sido poco, el masoquismo se apoderó de mí al año siguiente, o como dicen en el campo, "la Virgen me pasó el manto" y se me olvidaron los dolores de parto. Quizás pensarán algunos me sentí esperanzado una vez más de que finalmente podía ver cuadritos en mi abdomen (cuando me quitara la ropa, que los tengo con ella puesta)... Nada de eso, fue que empezaron a armarse los planes de Navidad y me di cuenta de que como siempre, iba a ser un festín de comida. Así que me decidí de nuevo, y aunque esta vez no llevé al detalle la vivencia, algunas de las reflexiones las comparto aquí:







Obviamente, al recuperar la cordura ya no regresé. Lo único que me ha funcionado para perder peso de manera efectiva es el mal de amores, así que no más Boot Camp.

A veces al salir de la oficina me los encuentro corriendo en una esquina, a los campistas me refiero, y los veo sudando mientras el instructor les grita, y entonces volteo la cara, subo el volumen del radio y pongo música navideña: ♪♪Yo traigo la salsa para tu lechón♫

No hombre no, a mí quiéranme gordito, que ya yo fui flaco...

lunes, 24 de agosto de 2015

Adiós Malala

Hoy murió Malala.

Desde el día mismo que uno emigra, ya sabe que va a extrañar muchas cosas, pero en secreto uno piensa, entre las mil cosas que pasan por la mente al tomar la decisión de partir, en la muerte. Uno se plantea el escenario, morboso si se quiere, de qué se va a hacer cuando alguien cercano parta. Esto solo lo entiende quien ha estado lejos de su patria.

Es una gran ironía que la muerte lo ate a uno tanto. La vida transcurre, y uno la ve pasar, pero la muerte es un evento puntual que requiere de nosotros respuestas.  La respuesta en mi cultura, es el duelo expresado abiertamente, convertido en lágrimas, sin estoicismo, sin retener nada. Y con el tiempo se va uno acostumbrando a los rituales funerarios, y entendiendo su importancia, mas allá de lo social, cultural, o tradicional. Y es que el duelo hay que vivirlo, y en compañía.

Sin embargo, hay muertes que no nos permiten dar esa respuesta desde otra cultura. Y la pregunta entonces es: ¿Cuál es el mérito de la persona que ha partido para que uno se movilice? ¿Es una tía más que un amigo? ¿Es un vecino más que un compañero de trabajo? Es una pregunta injusta, cargada de dolor, pues el corazón es quien decide. Hoy mi corazón decide que quiere montarse en un avión, y no puede.

De nuevo, uno se plantea el escenario insoportable de esa llamada a mitad de noche, dando una noticia terrible que va a requerir movilizarse de vuelta a la patria, a la ineludible y necesaria cita de la despedida. Sin embargo, la llamada de hoy vino a media mañana, en plena faena laboral, y me dejó el alma partida en dos. Mi jefe me encontró en la oficina con los ojos rojos del llanto, y le expliqué que había muerto una sobrina mía. No estaba muy lejos de la verdad. Quienes me conocen de cerca saben quién era esta personita en la vida mía y de mucha gente cercana, y no faltó quien me llamara para darme el pésame, como si mi duelo fuera particular, y no el de muchos.

En presencia es tan fácil dar un abrazo callado, y que éste exprese lo que uno no quiere o sabe decir. Pero cuando se está lejos hay que verbalizar las palabras de pésame, y encontrar la manera de expresar el sentimiento en voz o en el teclado. Es una tarea ingrata, y no consuela ni libera con la misma efectividad, pero en este momento de impotencia es lo único que me sirve de consuelo, inmortalizar mi recuerdo de Malala en estas líneas. 

Hace ya diez años y ocho meses vino al mundo Maria Laura Concepción Ramos, un milagro que esperábamos con ansias después de mucho tiempo esperando que mis amigos Jennifer y Cesar fueran padres. Para la familia, los amigos y hermanos de comunidad, su llegada fue un evento memorable. La alegría era contagiosa en aquel diciembre en el que Dios nos bendijo con aquella bebita hermosa.

Con el paso de los meses fue evidente que Malala, como cariñosamente la apodamos, iba a tener muchos retos en su vida en el plano de la salud. Su desarrollo psicomotor no era normal. Con el tiempo pudimos finalmente ponerle un nombre al enemigo: Hipotonía, un término médico que indica disminución del tono muscular. Esto hacia que nuestra beba tuviera muchos problemas de movilidad, de deglución, de expectoración, etc. Así fue que, si ya estábamos cerca, nos acercamos más, y si ya la queríamos, la quisimos mucho más.

 Jennifer y Cesar se empeñaron en que Malala no se quedara recluida en la casa, y convirtieron a Malala en la acompañante, amuleto, chaperona, y mascota de cada actividad. Sobraban brazos para cargarla, y aunque ella no podía hablar, su sonrisa bastaba para conquistar al alma del más frio mortal. Alguien en una ocasión la describió como un angelito, y nadie lo vio como cliché, pues en efecto su presencia era causa de paz, y su enfermedad nos hacía unirnos en oración.

Su primera gran crisis fue en su tercer cumpleaños. Aquella vez  casi se nos va. Inundamos el hospital con nuestra presencia, como si fuera una gran red donde pudieran caer sus padres cuando lo peor pasara. Pero después de muchos días de tensión, finalmente pudo vencer a la muerte y regresar a su casa. Por supuesto, hubo nuevas crisis, y tras cada una regresaba a casa con un nuevo medicamento, un nuevo tubo, una nueva terapia. Aunque cada nueva crisis traía una preocupación o una complicación más que la anterior, también traía indefectiblemente el llamado, cada vez más fuerte, a que nos uniéramos como amigos y nos pusiéramos en oración. En algún momento, de llamarle angelito y princesa empezamos a llamarle guerrera y luchadora, y con sobrada razón.

 En sus diez años de vida, que fueron diez años de lucha sin cuartel, Malala conoció neumólogos, infectólogos, cardiólogos, pediatras, ortopedas, neurólogos, hematólogos, cirujanos, anestesiólogos, especialistas en Miami y en Dominicana, enfermeras, terapeutas del habla, terapeutas de movilidad, psicólogos, ambulancias, aviones-ambulancia, y la larga lista sigue sin que yo pueda enumerarla completa. Pero también conoció mucha gente que la acompañó, le oró, le cantó, la bendijo, le impuso las manos, le sonrió,  la acarició, y como yo, la amó. 

Con el tiempo y contra todo pronóstico, se hizo tan grande ante nuestros ojos incrédulos, que ya no podíamos cargarla. La singular sonrisa y la mirada elocuente a la que nos tenía acostumbrados se hicieron más esporádicas, pero cuando afloraban todo el mundo era tocado por el amor silencioso de Maria Laura. Le pedíamos a Dios respuestas, pero al mirar sus ojos observándonos desde la cama ya no recordábamos las preguntas.

Hoy murió Malala, la niña tan querida que sin abrir la boca evangelizó a mucha gente. Nos reflejó el rostro de un Dios diferente, un Dios de ojos grandes y pelo negro grueso, con cara de niña que quiere ser amada y que pide oración. Malala catequizó sobre fuerza y fe, sobre paciencia y perseverancia, y todo sin una sola palabra. Nos enseñó singularidad, confianza, aceptación, entrega, sobre el regalo de la vida, sobre el amor. Y nos hizo querer y admirar más a sus padres. Su mamá Jennifer, que ya se había robado mi corazón varios años atrás al elegirme como hermano, nos ensenó lecciones incontables sobre el amor de una madre decidida a darlo todo, sin perder la alegría ni la esperanza. Su papá César fue probado en el fuego, y descubrió una resistencia que ignoraba poseer, y es que Malala nos sacaba lo mejor de cada uno, y nos hacía unirnos más, y sin mover un dedo.

Esta es mi manera de vivir un duelo sin abrazos. Al escribir sobre Malala, saco todo el dolor de mi alma hacia mis dedos, y busco como siempre poder visitarme a mí mismo en el futuro y recordarme el privilegio y la bendición de haberla conocido y amado.

Hoy quiero dar gracias a Dios por la vida, breve y difícil, pero bendecida y fructífera, de nuestra querida Malala que finalmente puede correr y jugar y cantar como la vi tantas veces en mis sueños. Le doy gracias a Dios por haberla rescatado de la muerte, tantas veces que perdimos la cuenta. 
Pedíamos un milagro grande, y se nos perdían de vista los milagros pequeños que se nos concedían tan a menudo.
Y dentro de mi dolor, le doy gracias por llevarla finalmente a su lado, aunque en realidad siempre estuvo cerca de El.

Hasta siempre, niña amada. 
Dios te bendiga, niña hermosa.
Adiós, Malala.

lunes, 29 de junio de 2015

El Hijo Mayor - O Cómo Alegrarse con el Bien Ajeno


He esperado varios días para emitir mi opinión sobre la decisión de la Suprema Corte en USA sobre el matrimonio homosexual. Y es que me enseñaron hace tiempo que es sabio poner espacio entre el estímulo y la respuesta. Pues esta es mi respuesta, cuatro días más tarde, sobre los sucesos históricos de la semana pasada.

A raíz de un acto de apoyo tan sencillo como vestir mi perfil de Facebook con la bandera del arco iris, he tenido un fin de semana de lo más interesante, al observar muestras de amor y odio, ambos igualmente fuertes. En lo particular, me sorprendieron las muestras de amor de gente que ni me imaginaba, pero he hecho una breve y masoquista navegación y he observado escandalizado como se han escandalizado algunos, y como sus reacciones, en vez de ser de sana disensión, han sido de franco repudio.

Mi expresión y opinión sobre este tema, que no debe sorprender a nadie, servirá como “auto filtro” para aquellas famosas limpiezas de contactos que tanto anuncio y nunca hago, porque esta vez ni tendré que borrar a nadie, sino que va a limpiarse solito mi Facebook. Lamentable o afortunadamente en este despertar veré irse a mucha gente que creía amorosas, respetuosas, e inteligentes y que en realidad prefieren ver su verdad como la verdad.

Haters beware, no sigan leyendo y aprovechen esta pausa para salir de esta página, regresar a Facebook y borrarme ahora (o callen para siempre)…

(Pausa…musiquita… espera por los haters para que me borren).

Ahora, si decidiste quedarte y seguir leyendo, para luego contradecirme en mi propio blog o en mi muro, que sepas que no estoy buscando con esta publicación ningún tipo de discusión, sino de expresión, y que no te quiero imponer mi criterio y por lo tanto no me trates de imponer el tuyo.

Pues lo dicho, que a mí me parece estupendo que las parejas gay se puedan casar, por la misma razón que me hubiera parecido estupendo si hubiera vivido en aquella época el sufragio femenino, la abolición de la esclavitud o el fin de la inquisición. Porque se trata de igualdad, de un triunfo del civismo y de los derechos humanos. El título de esta entrada lo explica. Hay que alegrarse cuando al otro le pasa algo bueno. Si no le pasa eso a usted, entonces tiene problemas serios.

Aprovecho este espacio público para educar un poco a mucha gente que opina sin tomarse ni siquiera el tiempo de investigar sobre aquello que opina. Según pude averiguar en Google, algunos de los beneficios que se obtuvieron la semana pasada incluyen:

· Visitas hospitalarias. Las parejas casadas tienen derecho a visitarse mutuamente en centros hospitalarios y hacer decisiones médicas en nombre del cónyuge en casos de emergencia. Si te parece poco dedica unos minutos a ver este video de alguien a quien le negaron ese simple derecho: https://www.youtube.com/watch?v=k2CdX_y9L9w

· Beneficios conyugales de Seguro Social. Si uno de los cónyuges fallece, sus beneficios corresponden al cónyuge vivo. Como debe ser. Como esperas que pase con tu pareja que ha trabajado contigo y ha vivido contigo a través de los años. Explícale que no estás de acuerdo a esta pareja que tiene 54 años juntos:
http://www.huffingtonpost.com/2015/06/29/first-same-sex-couple-dallas-jack-evans-george-harris_n_7684464.html

· Inmigración y residencia legal. Los gay casados con extranjeros ahora pueden ayudar a su cónyuge a tramitar un visado de reunificación familiar para obtener la residencia y evitar que su pareja sea deportada. Yo conozco personalmente una pareja que lloró de emoción debido a este punto precisamente. Ahora pueden seguir juntos en USA, no con miedo a la separación inminente que les quitaba el sueño.

· Seguro médico. El simple derecho de incluir a tu pareja en tu seguro, como que parece muy lógico y sin embargo no todas las empresas apoyaban esta iniciativa, en algunos casos por intereses económicos más que morales o religiosos.

· Licencia familiar de días laborables. Las parejas gay casadas ahora tienen igual derecho que los heterosexuales a solicitar permisos de ausencia prolongada en sus lugares de trabajo para cuidar a un cónyuge convaleciente sin perder su empleo. Esta es para mí una de las mayores victorias obtenidas.

Hay otras ventajas como el no tener que pagar impuesto de herencia o sucesión, o como poder planear vivir juntos en un hogar de ancianos, y muchas otras ventajas, no cruciales como las que he mencionado, pero que siguen representando igualdad de derechos. Ah, pero es que la igualdad de DEBERES nunca ha sido debatida, ¡En eso estamos todos de acuerdo!

Ahora bien, si usted considera que esos derechos solo le corresponden a aquellas personas que tienen la suerte de ser heterosexuales, pues revise sus creencias sobre el amor y no se escude en su religión cuando usted sabe muy bien que se trata de asuntos legales.

Cuando digo “la suerte” de ser heterosexual quiero hacer un alto para que se entienda. Usted tiene suerte de amar sin ser señalado, de ser usted mismo sin tener que dar explicaciones. Usted tiene suerte de no ser discriminado, acusado, o hasta repudiado. Usted tiene suerte de poder procrear de manera natural como biológicamente puede hacerlo una pareja heterosexual. Usted y yo somos producto de un espermatozoide y un óvulo, en muchos casos fruto del amor, y esto es algo bello que me encantaría que todo el mundo pudiera tener, pero no es tan sencillo. La capacidad de procreación nos fue dada casi a todos, pero no así la capacidad de acceder a ella a través del amor. Y en esto no hay ley ni Suprema Corte que pueda otorgar la bendición divina de convertir el amor en vida.

Una persona inteligente no elige ese destino para sí. Yo opino que hay que ser muy bruto para ELEGIR un camino tan difícil. ¿Cuándo eligió usted ser heterosexual? ¿Cuándo se dio cuenta que lo era? Y es que el tema de la discusión de toda la vida es que no existe tal cosa como “preferencia” sexual. Se prefiere un sabor de helado o un color de ropa, pero se nace con una orientación sexual, es parte de la creación. Que una persona elija “ejercer” o no su orientación no lo exime de seguir siendo homosexual. Este es un tema que puede tardarse décadas en el debate, pero solo se entiende con ojos y corazón abierto. Hay personas que no son como tú, ni aunque quisieran serlo lo podrán ser. Supéralo, porque ellos probablemente ya lo superaron y no le dan tantas vueltas al asunto como tú.

Finalmente, debe entenderse que con esta conquista de los derechos humanos no peligra el sacramento del matrimonio, al cual defiendo a capa y espada. Tampoco hay que temer un resquebrajamiento de la sociedad establecida, como algunos apocalípticos insisten en anunciar. La ley que aprueba el matrimonio gay, así como NO promueve la homosexualidad, tampoco evita que esta ocurra. En otras palabras, si la ley no se hubiera aprobado, seguirían amándose personas del mismo sexo. Se amarían sin derechos, pero se amarían.

Yo soy católico, y tuve una educación (privilegiada, estupenda) basada en el temor de un Dios exigente y severo, un juez implacable, castigador, terrible. Y muchos años después alguien me hablo de un Dios que ni siquiera es amoroso, sino que es amor, es EL amor. El Dios del perdón, de la libertad, de la vida. No todos tienen la dicha de revisitar su fe como lo pude hacer yo. Y por eso decidí seguir siendo católico, y lo seguiré siendo a pesar del repudio de muchos “hermanos” que entienden que lo que está ocurriendo con esta aprobación es, cito, “asqueroso”, “abominable” y otros adjetivos cuyo uso implica odio, oscuridad del alma y falta de amor. Ellos no conocen al Dios que yo conozco, pero no por eso dejo de amarlos (aunque puedo amarlos desde lejos, fuera de mi muro).

Como dice una amiga mía, querida, católica también, informada, culta, y sobre todo llena de amor, en referencia a este hecho y poniendo como comparación la parábola del hijo pródigo:
“Esta es la historia del hijo mayor incapaz de alegrarse porque su hermano ha vuelto y que le hagan una fiesta”.

Alégrate, hermano, seas cristiano o no, porque a otros hermanos tuyos, hijos del mismo Dios, les han “hecho una fiesta”. Al alegrarte por un cambio en las leyes - que a ti no te quita pero al otro le pone - no estás cambiando tu parecer, ni tu creencia, ni estás promoviendo algo con lo que no estás de acuerdo. Tú seguirás contando con el amor del Padre, con la protección de las leyes, pero deja que tu hermano también la disfrute, aunque no estés de acuerdo con su vida.

En eso consiste el amor, en dar y recibir con libertad, en respetar y acoger, en amar la vida y el amor en todas sus manifestaciones, sean compatibles con tu tipo de amor o no.

lunes, 1 de junio de 2015

Eliseo Nunca Muere

Cuando estrenábamos la década de los 90, estábamos un grupo de amigos de excursión en el Pico Duarte. Después de un largo día bajando a pie la montaña de la Pelona, llegamos hasta el Valle de Bao exhaustos. Más tarde llegarían los guías en los mulos con las provisiones y las casas de campaña. De lejos veíamos cuando se acercaban al campamento, y entre ellos el papá de mi amigo, y el jefe de la excursión, el Ingeniero Luis Veras. Escuchábamos mientras gritaba de lejos “¡Eliseo nunca muere!”
Perplejos escuchamos la frase repetida como grito de guerra hasta que lo vimos llegar con el rostro lleno de sangre. Una rama le había golpeado severamente encima del ojo, pero el hombre seguía sonriendo mientras bajaba del mulo, lo limpiaban y le daban los primeros auxilios. Llevaba un par de horas sangrando, y repetía su grito victorioso mientras le daban varios puntos en la herida.
Más tarde nos explicaría el significado de la expresión, que adopté como lema ante la adversidad hasta el día de hoy.


Pero hay que volver atrás en la historia, exactamente cinco años atrás hasta llegar al día en que lo conocí, para empezar a entender a este personaje tan pintoresco al que con cariño llamamos “Luivera”. No Don Luis, no Ingeniero Veras, simplemente Luivera. Así le llamamos sus hijos biológicos y postizos y sus amigos cercanos.
Tenía yo quince años y él más o menos la edad que yo tengo ahora (aunque él insiste en que aún no llega a los 20 pues cumple años solo los 29 de febrero), y yo empezaba a entablar una amistad con mi compañero de clases Luima. No sospechábamos entonces que seguiríamos amigos con upgrade a compadres hasta el día de hoy. Era la primera vez que iba a su casa y teníamos al día siguiente examen de historia. Las horas fueron pasando y llegó la noche. 
- Mami, mi amigo me invitó a cenar aquí.
- Está bien mijo. Avisas para pasar a recogerte.
- (Más tarde) Mami, que si me puedo quedar a dormir aquí. 
- Déjame hablar con la mamá de tu amigo. Ta bien mijo.
Compramos un cepillo de dientes en el colmado de doña Roma y mi amigo me prestó el uniforme para ir al colegio el día siguiente. Nos dieron las quinientas y acabamos acostados en sendos sleeping bags en la sala de su casa. El papá de mi amigo llegaría mucho más tarde.


Al amanecer, siento que me dan una patada entre las costillas y abro los ojos. Con las manos en la cintura y una mirada inquisitiva el papá de mi amigo, que está de pie observándonos, me da los buenos días de esta manera:
- ¿Quién carajo eres tú y qué haces durmiendo en mi casa?
Tierra trágame, No sabía yo entonces nada del humor tan particular de este hombre.
- Mi nombre es Simón De Castro
- Y a mí que me importa, párese de ahí ahora mismo.
Cuando me llamaron a la mesa a desayunar, el hombre volvió a arremeter:
- Ah, porque también piensas comerte la comida de mi casa y yo ni te conozco
- Ya le dije que mi nombre era…
- ¡Cállese y coma!
Yo miré angustiado a mi amigo como buscando ayuda y él me dijo muy tranquilo: “No le hagas caso, Luivera es así”.

Tardé un tiempo en volver a pisar la casa, hasta el día que Luivera me mandó a llamar, que quería hablar conmigo. Yo llevaba preparado un discurso de disculpas y tal, y este hombre me manda a llamar a su habitación. Me hace seña que me siente a su lado mientras veía televisión y me dice “ráscame ahí”, señalándome un pie. Sin palabras ni explicaciones empezamos la relación más sui generis que yo haya tenido con una persona de otra generación.
Hago la historia porque es importante entender lo formal y circunspecto que era yo, y lo relajado y dicharachero  que era este señor, y cómo por los siguientes treinta años he seguido aprendiendo de él a tratar de no tomarme ni tomar las cosas tan en serio.


Mi relación con mi amigo se extendió al resto de la familia: Su hermana y su hermano son como tales para mí también. Su papá y su mamá por igual. Era normal para mí llegar a la casa sin anunciarme ni sin preguntar quién estaba allí o no, daba igual, era mi casa. Eso fue lo que Luivera me hizo saber poco a poco, ya fuera con algún gesto sencillo, o con mensajes mucho más directos cómo “Mira tú, a ti hay que llevarte a demasiados sitios en el vehículo de aquí, ponte a lavarlo ahí”, y de repente estaba yo trapo y manguera en mano lavando con mi amigo Luima la famosa Vanette que tantos tumbos dio con nosotros.


El escape por excelencia era irnos a su finca de Los Montones. Allí me enseñó a jugar dominó de verdad debajo de la mata de mango, me prestó su colección de libros de la Era de Trujillo, y en más de una ocasión se sentó conmigo en privado a preguntarme por mi vida. Era raro que diera consejo, pero escuchaba sin juzgar, algo que para mí era tan importante en ese momento como lo es ahora. Hasta el sol de hoy me llama, me busca, me sigue escuchando y haciéndome sentir querido, nunca juzgado (y mira que sabe mucho sobre mi vida como para hacerlo).


Luivera se hizo siempre amigo de los amigos de sus hijos, y nunca nos hizo sentir la diferencia de edad (de hecho, quizás en alguna ocasión el adulto era uno). En un momento dado me pidió que lo saludara de beso en la mejilla, como los hijos a sus padres, y así lo hice y lo sigo haciendo, e incluso le pido la bendición. Si mi papá fuera otra persona se habría sentido celoso por esta relación, pero si fue así nunca lo expresó, más bien se sentía cómodo con que yo anduviera en tan buena compañía.


Ha cometido errores, pequeños y grandes, y tiene tantos defectos como el que más, saca de quicio a cualquiera cuando se lo propone; Ha fumado, bebido, comido, andado y tropezado más que muchos mortales…  Y sin embargo, ¿Qué tiene este hombre que me hace admirarlo y quererlo tanto? Simplemente me quiere y me lo hace saber y sentir en todo momento.
No es un hombre pretencioso, por el contrario le atrae lo sencillo, disfruta con poca cosa, y yo trato de aprender esto de él. No se jacta, no se engríe, aún pudiendo hacerlo si quisiera. Es un hombre amoroso, le da a la familia y la amistad unas dimensiones extraordinarias. Es la mejor combinación de amigo y padre que he podido hallar en una persona, y simplemente lo quiero.


Con el paso de los años Luivera sobrevivió una leucemia, un cáncer de próstata y una operación de corazón abierto. “Eliseo nunca muere”, repite fielmente ante cada una de estas pruebas. Un día le pregunté de qué se trataba la frase de marras.
Resulta que cuando era joven, en la escuela de Bella Vista hicieron una obra de teatro en la que su amigo Eliseo T. era un espadachín que, en un duelo a muerte, debía caer al suelo de un sablazo mientras su adversario decía “¡Muere, Eliseo!”. Todo iba bien en los ensayos hasta que llegó el día de la obra, a casa llena, con familiares y amigos. Cuando llegó el momento, “¡Muere, Eliseo!”, el tipo se envalentonó y respondió “¡Eliseo nunca muere!”, ante el aplauso de la concurrencia enardecida. Varias veces trataron de infructuosamente de matar a Eliseo en aquella obra extendida, y su valiente batalla queda en la memoria de todos a través de las generaciones.


Hace unos meses su corazón ha empezado a fallar, y Luivera, igual que aquel Eliseo, pierde fuerzas y vuelve a ganarlas en una batalla diaria contra sí mismo. Caminar unos pasos, comer una comida completa, o entablar una conversación larga, son actividades que lo dejan extenuado.
Es por eso que, en este momento en que mi querido Luivera trata de buscar ánimo dentro de su enfermedad, yo escribo esto para que él lo lea en su tableta (a la que llama “Dios”, porque todo lo sabe y lo puede según él).

Se lo quise decir en persona hace apenas unas semanas y solo atiné a agarrar su mano y sonreir con él, pero ahora se lo digo mucho mas claro : Luivera, su cuerpo estará cansado, pero su espíritu se mantiene firme, usted tiene la capacidad de sonreír con una buena noticia y llorar con la llegada de un amigo a su puerta. Su mente sigue pendiente de todos nosotros, y tratando de resolver todos los problemas del país desde su cama. Su corazón sigue latiendo, mandándonos amor a sus hijos y nietos, cercanos y lejanos.

No se rinda, Luivera... Porque hoy igual que entonces, una vez más se levanta cada mañana y ya ha ganado la batalla, y en su mente resonará, esta vez en un gran coro compuesto por las voces de todos los que lo queremos, nuestra frase de guerra:
¡Eliseo nunca muere!

jueves, 19 de marzo de 2015

La Caja Negra

Debo contarme todo esto a mí mismo para que no se me olvide, para que la memoria del corazón se mantenga ejercitada, y para que la gratitud no se desvanezca con el paso de los meses.
De una vida plena en lo social, espiritual, familiar y cultural, había decidido  empezar de nuevo a mis 40 años en otro trabajo, en otra ciudad, en otro país.


Era un día como hoy, 19 de marzo, y era sábado.
Me sentía extenuado entre mudanzas agotadoras y despedidas lacrimógenas. De repente todo el mundo se había propuesto hacerme llorar esa semana, y mi corazón ya llegó un momento en que ansiaba ya fuera irme o quedarme, pero terminar aquella difícil transición.
Con dos maletas enormes me dirigí al aeropuerto, haciéndome el fuerte para que mis padres no me vieran llorar.


Cuando aterricé en Dallas aquella noche de súper luna, me esperaba mi amigo Manuel, quien me llevó a mi nuevo domicilio. Me entregó las tres cosas que para él eran indispensables en mi nueva vida: Una orquídea, una greca, y un GPS.


Yo caí rendido, pero al despertar tuve esa sensación extraña de ver un techo desconocido y por unos segundos no saber dónde estaba ni qué día era.
No deshice las maletas, sino que solo saqué un par de mudas de ropa, como si al evitar asentarme me estuviera convenciendo de que ya pronto me regresaba, mecanismos de defensa de esta mente loca que tengo como yo.
La mañana siguiente, arrancando la primavera, fui a hacer mis primeras compras en el supermercado. La cajera, en un arranque inusual de entrometimiento para el estándar americano, me dijo “cambia esa cara, todo va a estar bien”. Yo me dí cuenta entonces de que llevaba el ceño fruncido desde hacía más de 48 horas.


En la Misa de aquel domingo tuve la primera respuesta a preguntas que no alcanzaba a definir bien en mi corazón. Era la primera lectura, tomada de Génesis 12:
Yavé dijo a Abram: «Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación y te bendeciré; voy a engrandecer tu nombre, y tú serás una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.”
Yo he visitado esa lectura en muchas ocasiones en mi corazón, y cobra nuevo sentido cada vez que la reviso contra las situaciones por las que me ha tocado pasar. Como la situación que atravieso ahora, justo en mi cuarto aniversario de esta aventura. Sé que esa promesa fue para mí, y que quienes ahora tratan de dañarme tendrán que vérselas con el director de mi película, mi Padre con P mayúscula.


Mi primer día de trabajo no fue agradable. Entre el choque cultural, la soledad, la nostalgia, el exceso de información recibida, los cambios que empezaron a suceder ese mismo día en la empresa, la sorpresa de que las cosas no eran como me las habían pintado, y el no saber dónde ir ni cómo andar, yo me sentía confundido, sin rumbo.  
Cuando llegué a la casa la primera noche, me decidí a desempacar y empecé a organizar algunas de las cosas que me había traído en la maleta. Fue entonces cuando “descubrí” la caja negra.


Justo una semana antes había participado por última vez en la Comunidad a la cual pertenecí y que formó parte importante de mi vida durante más de una década. Al final de la reunión de aquel lunes me entregaron una caja (negra) y yo que me imaginaba de qué se trataba, quedé sin habla entre la sorpresa y la congoja. Yo atiné a abrir la caja momentáneamente para encontrar que tenía cartas de mis hermanos y amigos, la mayoría de ellas manuscritas. Aquella familia tan especial que Dios había elegido para mí y que estaba hecha a mi medida había decidido hacerme el mejor regalo que hasta hoy he recibido: poner su amor en una caja negra.


Abrí la caja con cuidado al sacarla de la maleta, como si fuera frágil su contenido. Saqué la primera carta, y arranqué a llorar en la primera línea. Yo lloro feísimo, y por una condición de mis ojos produzco pocas lágrimas, pero lloro a menudo, como catarsis o como reacción espontánea ante alegría o tristeza. En esta ocasión eran ambas cosas. Cada noche durante esa semana sacaba una carta de mi caja negra y me sentía acompañado por esa persona, que me “declaraba” su amor en un papel y me daba ánimo para seguir.


Al cabo de varios días agotadores y noches cargadas de llanto, entendí que el ejercicio era algo masoquista, y ese domingo me senté con una caja de Kleenex a devorar el contenido de mi caja negra. Cincuenta cartas me estrujaron el corazón. Aquello era un inventario de abrazos y 'tequieros', un terrorismo afectivo que marcó mi existencia con la certeza de saber que el camino andado había valido la pena, y que bien podía seguir caminando hacia el futuro con la convicción de que nuevos ángeles serían puestos en mi camino disfrazados de amigos (y así ha sido). Después de todo, el tema de este blog lleva la frase de Soren Kierkegaard: "La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, mas solo puede ser vivida mirando hacia adelante”.  Mi caja negra me ayudaba a comprender y a vivir.


Al cerrar la caja decidí ponerle un letrero invisible “En caso de emergencia rompa el cristal” y acceder a ella solo cuando me hiciera falta un empujón o una palanca que me levante y me impulse, que me haga sonreír y sentirme querido. Así lo he hecho, y cual sorteo millonario, meto la mano y saco al azar una carta “premiada”. Últimamente, dadas las circunstancias, me ha tocado abrirla en más de una ocasión.
Por ejemplo, en lo que va de año, Roberto me llamó hermano y ángel, Ambar me recordó que soy transparente y sincero, Gilda me señaló que es válido tener temor y sufrir caídas pero que no estoy solo, y Rosa Julia me repitió que me quiere, y mucho.  He aprovechado con el paso de los meses para añadir nuevos tesoros a mi caja negra, como por ejemplo las cartas de mi mamá, siempre atinadas y emotivas.


Al abrir la caja, cobra nueva vida aquel Simón que llegó aquí pleno y feliz. Al cerrar la caja nuevamente, el Simón de hoy tiene fuerzas renovadas, sigue feliz, y tiene la capacidad de responder con fe los retos del presente, y de mirar al futuro con confianza. A veces pago de vuelta algunos de estos mensajes con otro mensaje o una llamada. Otras veces me entra la onda del “pay it forward” y el recipiente de mi gratitud es alguien de mi entorno, alguno de mis nuevos amigos quienes no tienen idea de mi inventario de amor y bendiciones, pero con quienes construyo nuevos amores.


Sabemos que la caja negra de un avión almacena datos que, en caso de un accidente, permitan analizar lo ocurrido. Si algo me ocurriera, quienes registren mis pertenencias podrán facilmente analizar lo que ha ocurrido en mi vida a través de mi caja negra.
Y lo que ha ocurrido es el amor, mucho, puro y bueno.

sábado, 7 de marzo de 2015

Del Sol y su Llegada

En los países del Caribe, a uno le enseñan en la escuela las cuatro estaciones y luego uno sale a la calle para darse cuenta de que todo eso solo existe en los libros, porque el clima prácticamente permanece invariable todo el año. Nos hicieron aprender (hasta el día de hoy) las doce estrofas del poema de Salomé Ureña "La llegada del invierno", sin comprender la belleza con que la poetisa dominicana hacía saber en sus versos que tal cosa no existía en nuestra tierra. Yo no lo entendí hasta muchos años más tarde.
Tampoco me era fácil entender que mis amigos americanos siempre me preguntaban por el clima. ¡Qué obsesión con el tema!

Obviamente, todo eso ha cambiado desde que hace cuatro años me mudé a Dallas. Ya expresé en una ocasión que aquí no solo hay que ver el pronóstico del tiempo diariamente, sino que a veces hay que verlo más de una vez. "¿No te gusta el clima ahora? Pues espérate una hora" fue el consejo que recibí al llegar.

El caso es que me han tocado ya cuatro inviernos en estas tierras, y he tenido que adaptarme a la temperatura y a los fenómenos que trae cada estación. La primavera, que en libros solía ser de pajaritos y florecitas y demás clichés, ahora es para mí la época de los tornados y las alergias. El otoño que significaba en papeles cambio de colores y tal, ahora significa barrer más hojas y nuevas alergias. El verano siempre ha sido mi estación preferida: shorts y sandalias, escotes y descamisados, barbecues y piscinas, cenas al aire libre, y sobre todo el calor del sol.

Resulta que este último invierno ha sido el más crudo que me ha tocado en esta ciudad, y justo cuando pensé que ya llegaba a su final, pasó algo que no esperaba: siete días sin sol. No se trataba ya de adaptarse a la temperatura, del hielo y la nieve, sino de la ausencia del astro rey. Guardé mis gafas hasta nuevo aviso y entonces entendí lo que en verdad significa ser caribeño y haber sido criado debajo de un sol candente. Este clima tiene su nombre que aquí llaman 'dreadry' y cuya traducción sería aburrido, triste y sin vida; deprimente, monótono, sin interés, plano, y tedioso. Y claro, así mismo se le pone a uno el alma.

Fue por eso que al final del castigo de estos siete días publiqué algo en Facebook sobre la aparición del astro rey que alguien sugirió que siguiera y ampliara. Yo me dije que era una buena oportunidad para hacer el ejercicio de creatividad y desempolvar el blog.
Lo publico en ocasión del inicio del "daylight savings" que nos hará ver más luz del sol (ver la entrada de este blog "Spring ahead, fall behind".

Acompaño esta entrada con la foto de una de mis puestas de sol favoritas de todos los tiempos, captada por mi celular en Bellingham, una ciudad a una hora de Seatte, un lugar donde hay muchos días "dreary" al año pero que este día en particular me brindó un atardecer inolvidable.

Por un momento me pareció cursi este romance mío con el sol, pero luego recordé muchas canciones bonitas que han nacido con la misma inspiración, así que ahí va,

Insolación

Levántame temprano, levántame sin prisa,
avanza sigiloso, despiértame a la vida,
llégate hasta mi almohada, devuélveme la vista,
bésame las pestañas, achica mis pupilas,
que mis ojos abiertos te den la bienvenida.

Estrenemos el día tomados de la mano,
que se inunde la casa con toda tu presencia.
Llega con el recuerdo de amor apresurado,
de olor a desayuno, de sonido de greca,
de pregón matutino, de calle que despierta.

Ven, que haces mucha falta, que la tierra esta fría,
que mi piel necesita tu caricia ardorosa,
trae calor, luz y brillo, irradia tu energía,
dibuja los contornos, pon color a las cosas,
da vida a nuestro entorno, haz las sombras más cortas.

Camina por el cielo con tu blonda melena,
coquetea con las nubes, juega a las escondidas,
diviértete en tu paso, disfruta la faena
y deja que aquí abajo, mientras bailas arriba,
recibamos tu fuerza y transcurra la vida.

¡Oh, señor majestuoso de dorada sonrisa!,
si en un momento débil te tapo con el dedo,
si yo me polarizo en mi punto de vista,
si evita mi mirada tu mirada de fuego,
no lo tengas en cuenta, es solo un devaneo.

Dentro de algunas horas terminará su giro
el planeta que cuidas con tanto ardor y celo.
Despídete del día con arte y con estilo,
haznos que devolvamos la mirada hacia el cielo
y con broche de oro muéstranos tu talento.

Una veta amarilla, un brochazo naranja,
tonos de luces blancas en este enorme lienzo,
un leve rayo verde, una dorada franja,
violeta, azul, castaño, un color rojo fuego
y matices de rosa que se funden en negro.

Descansa, hasta mañana, duerme con las estrellas,
que en las horas que faltan para ver tu sonrisa
reflejará la luna de tu paso la huella,
hasta que en unas horas, tu cálida caricia
me levante temprano, me levante sin prisa.