miércoles 28 de octubre de 2009

Palabras

Hay que entender la satisfacción que se siente al parir un texto y poder expresar una idea o un sentimiento en palabras, para saber también la impotencia que se siente cuando uno se sienta frente al teclado y no poder tocarlo siquiera, porque se rompió el hilo invisible que conecta el cerebro (o el corazón) con los dedos, para conocer la frustración de pensar que te quedaste ya sin nada que decir, aunque dentro haya una ebullición de recuerdos, emociones y pensamientos.

Esto es lo que me ha pasado noche tras noche durante varias semanas, y no hallo la manera de romper el hechizo. Me tomo el café sentado, me organizo, me programo, y nada. Que las musas no existen, dice mi profe Chascas, y si contamos con ellas dejamos de escribir.

Mientras voy buscando la cura a este maleficio en mis sueños y en los universos paralelos en los que transito, me dedico a honrar a los que han podido superarlo, y leo.
Y es en las páginas de Sputnik, Mi Amor, de Haruki Murakami, que encuentro este texto:

“Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escribir. Como un granero atestado de cualquier manera (…) Imágenes, escenas, retazos de palabras, figuras humanas... Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores, y oigo como gritan: ¡Escribe!
Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlo en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos, y yo no llego a ninguna parte.”

Da coraje que hasta para decir que no puedo escribir, ya alguien lo escribió (Borges sostenía que ya todo estaba escrito, lo demás es hipertexto).

Lo mío son las palabras: habladas, escritas, leídas, cantadas, recitadas, pensadas, inventadas, rezadas, memorizadas. Sin ellas no puedo vivir, desde que imité por primera vez las que les escuchaba decir a mis hermanas y padres, desde que mi hermana Mónica me enseño a leer PAPA en mayúsculas, desde que descubrí que puedo expresar con ellas el más profundo sentimiento, describir la belleza y el dolor, convencer, enamorar, crear, destruir.

Amo las palabras, incluso las que todavía no conozco, y las amo tanto que hablo mientras duermo, y escribo en el aire con el índice en medio de reuniones, y converso con mis plantas, no para darles terapia sino para dármela a mí.

Amo las palabras, y en este momento no puedo hacer nada con ellas. Algunas las respeto, las guardo y nunca más las vuelvo a mencionar ni a teclear, como para poder así exorcisar su poder. Otras las repito incesantemente hasta que se conviertan en parte de mi boca y me hagan ser mejor persona. Algunas las combino para que formen otras nuevas, o me las invento para que existan más. Las palabras me abren puertas a un mundo nuestro, donde solo existimos ellas y yo. Me meten en problemas, me acompañan en mi soledad, me señalan el camino, se me atoran en la garganta… pero ahora se quedan colgadas en mis dedos y por más que sacudo las manos no llegan al teclado.

Amo las palabras, las que están en mis paredes, en mi pantalla, en la calle, en la boca de mis amigos, en las páginas de mis libros, en mis sueños, en mis ojos… y ahora están al borde de la muerte. Si así fuera, yo moriría con ellas, sin poder usarlas para describir esta impotencia y este dolor de que me den la espalda justo cuando más las necesito.

domingo 13 de septiembre de 2009

Sigue

Inolvidable el día en el que coincidimos
en tiempo y en espacio, y que por unas horas
pudimos escaparnos del azar y el destino
y no entender de pronto cómo es que hay gente sola

Glorioso fue el momento en el que tú me cambiaste
píxeles por pigmentos y pulsos por presencia
y ante mi enorme asombro te materializaste
y cambiaste de pronto kilobytes por fonemas,

y los fuiste juntando, construyendo palabras
que con gran puntería, paciencia y sutileza
cada una buscó un sitio en donde se alojaba
para quedarse siempre dentro de mi cabeza.

Memorable la noche en que nos convertimos
en sus cómplices mudos, para que no se fuera;
sin negras intenciones y con negros vestidos
nos burlamos del tiempo y la prisa traicionera

Bendita fue la hora, genial fue aquel momento
en que ya no eras ojos, sino mirada buena
que luego acompañaste con sonrisas y gestos
que repito en mi mente cada vez que yo quiera.

Eterno aquel instante en el que se rompiera
el muro de cristal tras el que te veía
y con todas tus tropas cruzaste la frontera
conquistando el espacio de tu boca a la mía

Sigue adelante, sigue, y toca tus trompetas
vas a ver poco a poco derribarse otros muros
no te detengas, sigue, ten la bandera enhiesta,
que yo te doy permiso, aunque no estoy seguro
de que quieras volver cuando cruces la puerta
de que quieras quedarte, de que exista el futuro
que aunque ya tienes nombre, y tu existencia es cierta,
no así lo que ha nacido en mi interior oscuro.

martes 18 de agosto de 2009

Es Más



Y ya que hemos llegado hasta aquí
no voy a oponer resistencia,
pues no quiero que te vayas
sin un premio de consuelo
o un recuerdo al que aferrarte
cuando suba la marea de la soledad.

Para que veas que no miento,
te permito usar mis manos,
te sugiero que las guíes con las tuyas,
a tu paso, a tu manera.
Llévalas donde haga falta,
imagina que te acarician
y que tienen interés en recorrer tu cuerpo.

Mis besos, te los alquilo,
has de saber que son ajenos
y que mientras no sean reclamados
puedes guardarlos en tu boca
para que no mueran en la mía,
pero no busques aprendértelos
porque son irrepetibles,
ni trates de adivinar su sabor,
porque la apatía no sabe a nada.

Para ocasiones como ésta
tengo a la mano algunas palabras útiles,
que aunque gastadas a fuerza de repetición,
todavía conservan su dulzura original
y que puede que funcionen
si se alojan en tu oído.
Tengo también disponibles
un par de sentimientos que no uso
y que pueden servir de algo en este momento.
Por ejemplo, no sé qué opinas:
¿Te parece bien que desempolve mi ternura?

Si quieres, puedes tenderte de aquel lado de la cama,
aunque también es ajeno.
No sé si te has dado cuenta,
pero lo conservo intacto,
por si el amor me visita.
Pero en lo que llega el día, te lo presto
con cuidado de no marcar tu silueta
ni de dejar colgados en él tus sueños,
porque cuando amanezca te los devolveré,
que aquí hace tiempo que no se sueña
y no me gusta guardar cosas que no necesito.

No te sientas mal,
pero es que este no soy yo,
por eso no importa si tomas el resto de este cuerpo.
Eso sí, si tus caricias no logran despertarlo
no te lo tomes de manera personal;
es que yo ya me he ido,
es que hace tiempo que no estoy.

Si es tan importante para ti
mostraré mi mejor cara,
fingiré estar interesado,
y ya que me lo pides, me voy a sonreir.
Fíjate bien que no he dicho que "te voy a sonreir",
pero te prestaré mi sonrisa
y así tal vez surja la tuya.

Después de todo,
no puede ser tan malo,
puede que hasta me acostumbre a ti,
puede que hasta sea real.

Es más, te voy a querer.

lunes 10 de agosto de 2009

Despedida

Mis manos aún son traviesas, guardan miles de caricias,
quieren explorar tus manos, quieren jugar con la brisa,
en cambio mira las tuyas, se cierran sobre sí mismas,
no tienen nada que darme, están inertes y frías.

Mis ojos nunca se cierran en su elocuencia infinita
absorben toda belleza, y al verte es cuando más brillan
y no son como los tuyos, que no miran, no me miran,
solo miran hacia adentro, y al resto del mundo evitan.

Mi piel es calor y vida, es un lienzo en el que un día,
dibujaste con tus dedos, con sutileza y sin prisa,
el mapa que hacia el futuro feliz nos conduciría,
pero eso fue en otro tiempo, cuando tu piel no era fría,
cuando era una piel bronceada, no esta membrana ceniza.

Mi boca recita y canta, del aire besos fabrica,
se llena de carcajadas, sabe cantarle a la vida,
y aún se acuerda de tus labios, de cuando ellos sonreían,
de tus gemidos ahogados, del néctar de tu saliva,
y esa boca ya no existe, esa boca que era mía,
ahora solo queda un rictus, una mueca deslucida.

Mi memoria está repleta de imágenes tan bonitas:
todas las cosas pasadas, todas las cosas vividas,
y a diferencia del tuyo, mi corazón aún palpita
y no lo ha contaminado tu indiferencia maldita,
en cambio tú no recuerdas, en el mundo en el que habitas
sabe Dios qué cosas piensas, si es que piensas o dormitas.

No me diste explicaciones, no quisiste despedida
y aquí estoy delante tuyo con mi dignidad vencida.
Aunque estés tan elegante, en tu sobriedad tranquila
de tu encierro satinado te suplico, sal, mi vida.
No me importa que me ignores, tampoco tu alexitimia,
ni este olor a crisantemos que me cansa y que me asfixia.
Vuelve a mirarme, te ruego, como en una letanía,
"Thalita Kumi" susurro, "Thalita Kumi", alma mía.

jueves 30 de julio de 2009

Spanglish

Después del éxito de Oscar Wow todo se vale en materia de lenguaje. No es de extrañar de parte de Junot Díaz, que ha masticado desde chiquito cultura DoYo. Tampoco es raro es que un carajito cualquiera de hoy, aún sin haber estudiado en un colegio Saint Someone, te hable en un Spanglish malo o quizás un Inglañol mediocre, ya no con anglicismos como lo podría hacer yo, sino con frases construidas tipo: "So, ¿y entonces? ¿Vamos a ir al party? Yo pienso ir como a la midnight, a esa hora es que se pone cool, you know?"

En mi trabajo, por ejemplo, estamos hablando en Spanglish constantemente, con el agravante de que lo hacemos mezclando acrónimos en inglés: "Cuando acabe con lo del BCP me voy a poner a trabajar en el PDP, así que espero que me dé tiempo a revisar un par de SOPs para poder ir a la reunión de EHS". Lo grave del caso es que todos te entienden. Allí palabras como Rolear, Alocar y hasta Esquechulear son aceptadas como buenas y válidas en vez de desplegar, distribuir y programar. Parece divertido, como si fuera un idioma particular.

Mi amigo Pepe, dominicano y cibaeño como el que más, desplegó sus velas hace años y se ubicó en los Estados Unidos. El tenía la molesta particularidad de responder en inglés a mis preguntas en español, vez tras vez, en una misma conversación. No es gran cosa, pero imagínense ustedes nuestras largas conversaciones, yo en español y él en inglés. Aquello agotaba. Entiendo que Pepe empezó a desapegarse de nuestro idioma como estrategia de supervivencia, pero ya no solo habla, sino que piensa en perfecto inglés. Al menos eso tiene más mérito que el Spanglish.

En fin, toda esta perorata es para justify el escrito a continuación, a propósito del post anterior sobre el privilegio y la happiness de vivir en este país. Aquí les entrego una Tenth, o más bien una décima, hope you guys like it, pero debo advertir con sadness que a pesar de su actualidad, fue escrita back in 1997. Dedicado a mi amiga Pik@, para que lo coja "Al Paso". Here it is:

La vida aquí está tan hard
y está tan mal el país
que ni el médico chinese
esto lo puede salvar.
Ya here no se puede estar
pues la piña está muy sour,
por eso no veo la hour
de yo poder run away.
Desde que encuentre una way
yo me voy con to'los power.

Le diré adiós a mis fellas
y me marcharé forever
a un sitio donde más never
tenga que light up con velas,
comeré rice y habichuelas
y de postre un apple pie,
gozaré fourth of July
y también el day de Duarte,
no estaré en ninguna parte,
y en ambas at the same time.

Aquí live uno matao
all the day cogiendo pique,
yo sacaré un one way ticket
y así me voy a get out.
My country, tan maltratao
lo voy a miss it de lejos.
I'm not gonna be pendejo
y en lo que dice eggplant
desarrollaré my plan
de irme pa' one place bien lejos





miércoles 22 de julio de 2009

Felicidad Inagotable

Mis ojos no daban crédito a lo que decía el periódico ese día:
"La organización británica The New Economics Foundation hizo público un índice de felicidad, según el cual la República Dominicana es el segundo país más feliz del mundo"
http://www.diariolibre.com/noticias_det.php?id=206387


Me detuve a pensar seriamente: ¿Sería que aquello era parte de una campaña de expectativa publicitaria o acaso una broma del diario para equilibrar un poco el resto de las pesadas noticias de la semana?

Y no. La vaina era en serio.

Dejé de reírme y me sentí culpable de no hacerlo. ¿Sería que yo era el único que no se había dado cuenta del paraíso en el que vivo?

Varias horas de felicidad más adelante, y pasadas ya las seis de la tarde, saqué unos minutos para tomarme unas pastillitas de Ubicatex 500 mg y me di a la tarea de darme un Wiki-baño y encontrar otras estadísticas no publicadas:

  • La R.D. ocupa el puesto 91 del Indice de Desarrollo Humano según la PNUD, bajando 12 puntos del 2007
  • R.D. tiene mundialmente el puesto # 74 en PIB
  • Mi país ocupa el puesto # 119 en esperanza de vida
  • Más recientemente una amiga periodista me ubicó con el dato de que somos el sexto país en la escala mundial en la tasa de feminicidios

Ya no me dio el tiempo para averiguar índice de mortalidad infantil, tasa de alfabetización, presupuesto dedicado a la salud y educación versus obras lujosas y medalaganarias, índice de criminalidad y muertes violentas, inflación, corrupción...

Ah bueeeeno... entonces tiene que haber otra explicación.

Y me llegó a la cabeza el dicho famoso americano: "Ignorance is bliss" (La ignorancia es felicidad). Me imaginé a Freddy en la esquina famosa de la comedia "La política es un arte", y preguntándole al primer transeúnte que pasaba (llámese Cuquín Victoria): "Caballero, ¿qué usted cree del dicho "La ignorancia es felicidad?" Y el susodicho le contestaría: "No sé lo que significa, pero me siento muy contento".

Y en ese momento me reí de mi propia ocurrencia. Al darme cuenta de que me había reído par de veces en el día con tan dudoso estímulo, entendí que era parte de un país de gente que decidía ser feliz, no "gracias a " todo, sino "a pesar de" todo. Ahí sí hay que darnos un premio, por ponerles nombres graciosos a las gripes, por salir corriendo de un maremoto ficticio, por celebrar la Navidad tras el paso de las tormentas Noel y Olga, por beber para olvidar, por bailar en la calle, por aplaudir cuando el avión aterriza... Pero no es lo mismo ni es igual a ser denominado el segundo país más feliz del mundo, que tener la gente más aferrada a la felicidad aún cuando se la está llevando el diablo. Es la diferencia entre ser violado a la fuerza o disfrutar la violación.

Mientras iba de vuelta a mi casa por una calle oscura y llena de hoyos, me llegó a la mente el slogan publicitario que tanto se pegó: "República Dominicana: Inagotable". Y me moví a la página de la RAE para entenderlo:

Inagotable = que no se puede agotar

Agotar = 1. Extraer todo el líquido que hay en una capacidad cualquiera. 2. Gastar del todo, consumir (Agotar el caudal, las provisiones, el ingenio, la paciencia). 3. Cansar extremadamente.

De repente todo tuvo sentido. Inagotable nuestro bolsillo que sigue sacando para pagarle los sueldos a cientos de miles de botellas del gobierno, inagotable nuestra paciencia cuando nos suben la energía sin razón y nos dan ocho horas de apagón, inagotable la esperanza de que en las próximas elecciones la cosa va a cambiar, inagotable nuestro estoicismo rayando en pendejismo.

¿No sería que el publicista se equivocó por tres letras y en realidad quiso decir "República Dominicana: Inaguantable"?

Y claro, me volví a reír. La verdad es que me he reído mucho hoy.

¡Aaaaah, qué feliz soy!

miércoles 8 de julio de 2009

Como el Café

Fragante, como tu cuello
caliente, como tu piel
dulce, como tus palabras
exquisito, como tú

Escaso, como tus besos
líquido, como mi anhelo
oscuro, como tus planes
fuerte, como lo eres tú


Como al café, yo te busco
en mi rito matinal
y tu aroma me convida
dándome la bienvenida
a la vida
soy mortal

Como el café, vas subiendo
fruto de la ebullición
y siento que va creciendo
todo lo que llevas dentro
mi sustento
mi adicción

Como el café, me estimulas
cuando mi boca humedeces
me aceleras y me excitas
me despiertas, me aterrizas
me energizas
me enloqueces

Como el café, me provocas
y me empapas la ansiedad
te sujeto entre mis manos
y con los ojos cerrados
yo te aferro
no te irás

Como el café, te consumo,
lento y sin apresurar
mis labios ya sin estorbo
disfrutan de cada sorbo
quiero todo
quiero más

martes 16 de junio de 2009

Sueño de Una Noche de Verano

Con afecto para Pandora, que sueña su vida y vive sus sueños...

Soñé que estábamos solos
en una sala vacía,
que aunque estaba oscura y fría
cada vez que sonreías,
tu calidez se sentía
y se iluminaba todo

Soñé que me divertía
y que estábamos sentados
codo a codo, lado a lado
y que en un momento dado
mil palomas emigraron
de tus manos a las mías

Soñé que estaba en un viaje
y tú en otro diferente,
pero en medio de la gente
me apareciste sonriente
sin pasaporte vigente,
ni billete ni equipaje

Luego soñé con tus brazos
y que te salieron alas,
y que había un circo de hadas
en el medio de la sala.
La distancia se hizo nada
y parimos un abrazo

Llegué a mi casa pensando
que mientras más yo te veo,
tanto más yo me recreo,
y me abracé con Morfeo,
que entendió que mi deseo
era seguirte soñando.

domingo 14 de junio de 2009

Como Inflar Un Globo

En el taller de escritura creativa nos leyeron algunos escritos del "Manual de Instrucciones" de papá Cortazar. De ahí sale este ejercicio, emulando al maestro con mucha malicia, dedicado con mala fe a mi querida EC, para que vea que de todo se puede escribir...

Instrucciones para Inflar Un Globo

Conozca primero las partes del globo, a las que nos referiremos en lo adelante llamándoles cuerpo, cuello y boca.
Boca es el orificio del globo, cuerpo es la parte mayor, usualmente en forma ovalada o circular, y cuello es el conducto que une las dos anteriores.

1. De una mano elegida por usted, pónganse el índice y el pulgar en el cuello con levedad. Luego coloque los labios en la boca, y con la mano libre agárrese el cuerpo.

2. Apriete con sus labios la boca, y con sus dedos, estire el cuello para prepararlo para la transferencia de aire.

3. A seguidas inspire el aire a través de la nariz y expúlselo desde sus pulmones hasta la boca, mientras su pulgar y su índice liberan el cuello, sin soltarlo del todo, para que a través del mismo pueda llegar el aire al cuerpo y la transferencia se complete. Solo entonces debe usted apretar el cuello para que el aire no se le salga. Con la otra mano agárrese el cuerpo, el cual irá creciendo a medida que el aire penetra.

4. Repita este procedimiento varias veces, hasta que el cuerpo haya alcanzado la forma y tamaño deseados. Después de cada transferencia, es importante tantear el cuerpo con las yemas de los dedos, como comprobación de que no está muy dilatado. Usualmente tras la quinta o sexta transferencia, es momento de parar.

5. Finalmente, amarre el cuello en un nudo, de manera que a través de la boca ya no pueda entrar más aire al cuerpo.

6. Cierre la boca (la suya). Afloje el cuello (el suyo). Dele descanso al cuerpo (al suyo).

domingo 31 de mayo de 2009

De Niños y Dinosaurios

Del Taller de Escritura Creativa con José Ignacio Valenzuela que tomamos este fin de semana, un ejercicio basado en el cuento más corto del mundo, de Augusto Monterroso: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Con Philip Glass de fondo, esto fue lo que surgió en los siguientes cinco minutos:

Abrió los ojos y lo buscó. De alguna manera esperaba ver al dinosaurio, como cada mañana, al lado de su cama, solo que esta vez no tenía miedo. En vez de gritar auxilio y esperar a que su madre acudiera a salvarlo como siempre, esta vez se paró en la cama, con las manos en la cintura y un gesto rudo en su cara, copiado de su héroe favorito de la televisión.

Lo señaló con firmeza, y el dinosaurio empezó a achicarse. Sonrió levemente, sabiendo que finalmente le ganaba la batalla al monstruo. El dinosaurio fue cambiando de color, dejó de ser verde y pasó por diferentes tonalidades grisáceas hasta que finalmente llegó a ser marrón. El niño, en cambio, se fue haciendo gris.

Por un momento le dio miedo, pero ya no podía echar atrás. Con horror se dio cuenta de que no era el dinosaurio que se achicaba, sino él quien crecía.
Quiso gritar con todas sus fuerzas, pero en ese momento se oyó otro grito. Cuando se abrió la puerta, ya no fue su madre quien entró, sino un niño muy parecido a él, que corrió hacia donde estaba y lo abrazó por la cintura mientras lloraba de miedo.

El dinosaurio, obviamente, ya se había ido.

domingo 24 de mayo de 2009

Como el Aguacero

A propósito de seis días de lluvia furiosa e ininterrumpida, de filtraciones nuevas, de los entaponamientos de siempre, de planes aguados, de hoyos en la calle que se agrandan, de carros siempre sucios, y muy lamentablemente, también de damnificados... rescato y reedito este poema que hace un tiempo, al igual que el aguacero, vino con fuerza y no hizo ningún bien.
Lo recibió alguien que llevaba capota impermeable y paraguas, o sea que no llegó a empaparse, o sea que no le pertenece a nadie, o sea que es mío. Y ahora de ustedes. Chopló, chopló...

COMO EL AGUACERO

Haces tuya mi morada,
te vas metiendo en silencio,
poco a poco, persistente,
eres como el aguacero.
Te conviertes en torrente
dentro de mí, muy adentro,
cualquier barrera que exista,
la derribas con tus besos.
Tu sudor y tu saliva
humedecen mi desierto,
arrasan todo a su paso
y dejan el campo abierto.
Y las lágrimas caídas
lavan dudas, penas, miedos,
para que surja con fuerza
nueva vida, brotes nuevos.
Yo soy el campo reseco
y tu amor el aguacero.

Pero todo tiene un punto
y se anega el sentimiento
y el espíritu se cansa
de ver el cielo tan negro,
y me inundan las promesas
pero no llueven los hechos,
y se filtran las palabras
pero no moja el empeño,
y lo que era brisa suave
se convierte en viento fiero.

Soy la tierra saturada,
soy el sol buscando cielo,
soy la presa rebosada
y tu amor el aguacero





lunes 18 de mayo de 2009

Dicen que se nos fue Mario

Dicen que murió el domingo y yo me he venido a enterar el lunes a las 11 y 11. Y mira que yo hoy escuché la radio, leí el periódico, conversé con amigos, y no vi ni escuché la noticia. De hecho, Awilda no me ha llamado para compartir el dolor, o sea que seguro que no es cierto.

Dicen que mi amigo uruguayo se ha ido. El hombre que me ha acompañado en mis amores, el compañero que ha dicho lo que yo no he podido decir, el poeta que me ha robado las palabras para expresar mi sentir sobre el amor, el desamor, la pasión y la vida, el que ha marcado mis derrotas sentimentales y mis aciertos afectivos con sus poemas. Y aún en los períodos de apatía, cuando el amor parece ya una cosa lejana, me resuena en la cabeza su voz que me dice “No te Salves”. Son suyas esas tres simples palabras que me han metido en deliciosos problemas y han llenado mi vida de capítulos dolorosos y dulces, y que indefectiblemente lo volverán a hacer.

No puede haberse ido, si hace poco estuvo aquí. Hace tiempo que está aquí. Lo estoy viendo desde pequeño en uno que otro libro en casa de tío Jorge y tía Grecia, aunque entonces todavía no lo conocía. Lo estoy oyendo desde mi adolescencia en canciones basadas en sus poemas, que originalmente cantaba Nacha Guevara y luego en mi país Sonia Silvestre. Desde ese entonces me aprendí Todavía y Mucho más que Dos, entre otros. Busqué más de él y encontré Hagamos un Trato, y con mi mejor caligrafía lo transcribí en un papelito a uno de mis primeros y fallidos amores.

Hace más de 20 años que Mónica mi hermana me regaló dos libros suyos de cuentos (entre ellos "La Muerte y Otras Sopresas", mira tú) , y fue asombroso entender que Mario tenía la misma destreza para mover los hilos de mi mente y de mi corazón tanto en verso como en prosa. Luego leí su novela La Tregua y ya entendí que él no era normal. No conozco otro caso de alguien que domine con éxito los géneros de poesía, cuento y novela con tanta maestría, que hable sobre sentimientos y sobre política con tanta naturalidad, que verbalice lo cotidiano y lo trascendente con igual fluidez. Por cierto, releí La Tregua hace varios años y volví a sonreír y a sentir el mismo nudo en la garganta que sentí la primera vez.

Hace ya catorce años que Marcela, sabiendo lo mucho que disfrutaba sus poemas, me regaló una breve compilación de los más populares, y desde entonces ese libro me ha acompañado en seis mudanzas y otros tantos intentos de hallar el amor. Cuando finalmente lo hallé (de la mano de sus poemas, claro), ese alguien que sabía lo mucho que yo amaba esos poemas, utilizó uno de mis preferidos para asestarme un golpe mortal y socavar los cimientos de mi alma. El antídoto a tan mortal veneno fue tan genial como encontrar otro poema del mismo Mario que contrarrestó los efectos del primero.

Dicen que tenía 88 años, pero se me hace difícil creerlo. Alguien que sabe tanto de amor no envejece. Dicen que murió, pero en esta habitación resuenan sus poemas, de su propia voz y de la mía, a veces en libros, a veces en CD, y siempre en las paredes azules que tenían sus trozos de poemas escritos, y que ni dos manos de pintura lograron borrar de mi mente.

Dice el escrito que leí: “Fallece el poeta Mario Benedetti a los 88 años”, y de repente mi mente hierve, y de un salto me paro y voy al librero, y hojeo de nuevo “El Amor, las Mujeres y la Vida”, y leo un fragmento de un poema suyo:
“Hay días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo el indócil personal a mis órdenes”

Dice el artículo: “Fallece el poeta Mario Benedetti a los 88 años”, y de repente mi corazón arde, y de un brinco me paro y corro de nuevo al librero, y hojeo de nuevo las páginas ya marrones de “La Tregua” y ahí está la ironía, con sus propias palabras:
“Quizás hagan bien en decir falleció, porque eso suena tan ridículo, tan fino, tan lejos de Avellaneda que no puede herirla, no puede destruirla. (…) Murió. Avellaneda murió, porque murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo".

Dicen que Mario murió.
Y si acaso fuese cierto,
como quiera sus palabras no están muertas ni perdidas,
están vivas en mis ojos,
y viven en los oídos de mis pasados amores,
y también en los oídos de otros amores futuros,
y en los oídos de todos los amantes que algún día
se han nutrido y nutrirán
con el lenguaje más bello:
el lenguaje del amor.

Dicen que falleció, que murió Mario Benedetti. Solo puedo terminar con las palabras que empieza uno de sus poemas que más aprecio:
No lo creo todavía.

martes 28 de abril de 2009

Llorando por ella... La más bella

A continuación una pequeña locura, manchando una historia casi sagrada en mi memoria, porque este blog aguanta de todo...


“Diantre, pero es de verdad que se fue y me dejó solo”, dijo el más viejo del grupo antes de beberse el fondito de la quinta cerveza de la noche. Lo dijo para sí mismo, pero su compañero del lado lo escuchó y se hizo eco del lamento, casi en forma de gruñido: “No se puede creer en las mujeres, son todas iguales” mientras se dirigía a la nevera a buscar más cervezas.


“Yo pienso que ella vuelve, amigo”, le dijo el que estaba sentado en el fondo, viendo por la ventana el cielo nocturno con un aire medio de poeta, medio de tonto.


El que estaba al lado de la nevera destapó otra fría para sí y una para su compañero de la izquierda, solo para darse cuenta que éste se había dormido encima de la mesa.


“Ah caray, este pendejo se volvió a dormir, no sé qué maldito cansancio es que tiene siempre. Toma tú, bébetela”, le dijo al único que tenía la gorra puesta a esa hora de la noche. El interpelado estornudó y se sacudió la nariz con un pañuelo. 


“Ah no, echa para allá, mocoso de porra”


"Mire, mocoso es usted, la verdad es que no hay vaina más arrogante que un hombre chiquito", le respondió con voz gangosa camuflajeda por el pañuelo.


“¡Carajo, quién me acompaña a beber!” insistió con la misma rabia. “Tú, siéntate aquí y acompáñame”.


“¿Quién, yo?” preguntó con más miedo que vergüenza el que estaba sentado aparte, en la esquina.


“Sí, tú mismo, ven”. Se acercó tímidamente y tomó la cerveza, esperando a que el primero tomara de la suya para él hacer lo mismo.

“¡Ay, se me fue, ay, ella era la única que me entendía!” su expresión de rabia cambiaba a tristeza de una manera súbita cada vez que se despegaba de la botella. En ese momento se abrió la puerta y entró el que faltaba:

“Saludos, linda noche, ¿no?” dijo con una sonrisa que contrastaba con el ambiente sombrío que reinaba allí.


“Cierra esa puerta, que me entra una brisa fría y eso es lo que me tiene malo”, dijo el de la gorra antes de estornudar de nuevo.


“Hermano, eso es alergia, pero usted verá como se sana pronto”, dijo el recién llegado para animarlo.


“Si ella estuviera aquí me habría hecho un té de esos que ella me sabía hacer”, le respondió el otro.


“En verdad que damos pena, un grupo de hombres solos, llorando por la falta de una mujer”, dijo el más viejo mientras despellejaba la etiqueta de la botella vacía que tenía ante sí. 


“Y pensar que se fue con ese tipo, y delante de mis ojos”, decía el más rabioso entre reproche y lamento, mientras le echaba el brazo al del lado que se quedaba inmóvil y retraído.


“Habla bajito que vas a despertar a este”, dijo el que había llegado de último, y prosiguió: “Bueno, señores, yo me voy a acostar, mañana va a ser un mejor día”.


“Yo también me voy a dormir, esta medicina para la gripe me tiene con un sueño del carajo. ¡Camina tú, deja de estar pensando en pajaritos preñados!”, le dijo al de la ventana, quien acto seguido abandonó su sitio y les siguió. Se despidieron los tres, dejando al resto en el mismo estado lamentable en el que habían pasado el resto del día.


“Yo lo que más extraño de ella era su manera de ser, tan alegre, tan cariñosa”. Quien hablaba así era el más viejo. 


“Tú lo que querías era quien te hiciera los oficios de la casa, buen pendejo”, le decía con un tono irritado su compañero, “yo la extraño porque la quería de verdad, y ella era linda”. Al oír estas palabras, el que estaba a su lado suspiró y se ruborizó, y rompiendo su silencio dijo en voz baja mientras miraba sus zapatos: “Con su permiso, me van a disculpar, pero yo me debo ir a acostar”.  


Cuando hubo cerrado la puerta, los que quedaban se miraron con ojos de pena, comprendiendo la tristeza del otro. Llorar por una mujer era algo que los unía... aún cuando ésta fuera la misma mujer. De repente se oyó un ronquido y se acordaron de la presencia del que se había quedado dormido.


“Salud, carajo”, dijo casi llorando el quejoso, que seguía bebiendo sin parar. “Salud por nosotros, y por la mujer más bella que existe, coño”


El viejo le dio unas palmadas en el hombro: “Amigo, debes parar de beber ya”, y finalmente, en una voz estropajosa y ahogada, el tipo ya no se quejó más, sino que arrancó a llorar, y con mucha rabia casi gritó: 

“¡¡Ay Dio’ Blancanieve’ tú sí que me hace' falta!!”


domingo 12 de abril de 2009

Resurrección en Las Cañitas

Me tomó trabajo decidirme, pero lo hice 24 horas antes de la fecha. Nunca antes había dudado tanto.
Si se ve bien, era fácil decidir: de un lado tenía descanso asegurado, comida de la que me gusta, sueño reparador que mucha falta me hace, paseos con mis viejos, juntarme con mis sobrinos, cuatro días de total relax. Del otro lado: trabajo extenuante, incomodidades, inseguridad, sol, polvo y sudor, mal dormir, fregar, cocinar, caminar, limpiar inodoros, bañarse con cubetas...
Además, brincar de Canada a la Cañada en menos de una semana me afectó el juicio y nubló mi capacidad de decisión.

Y sin embargo, algo me picaba por dentro. Ese algo que me decía que no he hecho lo suficiente, que no me puedo colocar del lado de los que se quejan y no hacen, o acaso del lado de los que ignoran y voltean la cara. No podía estar tranquilo cuando hace tiempo todo se trata de mí, de mi carrera, de mi cuerpo, de mis finanzas, de mis sentimientos... Ese algo que me picaba tiene una voz preciosa que yo hace meses he obviado, y que finalmente se sobrepuso a mi sordera. No sé cómo, pero me hizo decidirme por ir a misionar al barrio de Las Cañitas.

Anteriormente ya había hecho misiones en la sierra y en los bateyes, pero nunca en un barrio marginado. Y confieso que la idea me asustaba, porque tenía (y tiene) tintes de locura. Pero 35 personas en las que confío no pueden sufrir de locura colectiva, así que me fui sin entender por qué. Pero qué bueno que lo hice.

Nos alojamos en una escuela del lugar, y como siempre sacamos los pupitres de algunas aulas e instalamos colchonetas en ellos. Y nos preparamos para salir al día siguiente a cuatro áreas del barrio: Pituca Flores, Muñeco, La Matica, y la Plazoleta de Luisa y Rodolfo, en este último me tocó misionar con mi grupo.

Más de cuatrocientos niños pobres fueron a nuestro encuentro este Jueves Santo. Salieron probablemente de abajo de las piedras, pues al llegar a la plazoleta en cuestión (un espacio de 2 x 10 metros "al tetero del sol"), no había ni uno. Poco a poco fueron llegando. El primer día con cara de asustados, preguntando qué les iban a dar. Uno en particular me llamó la atención porque no se sonreía ni con las canciones ni los juegos que hacíamos. El viernes ya nos estaban esperando desde temprano, con bulla, y uno que otro abrazo. Nos dimos cuenta de que las demostraciones de afecto son particularmente escasas en esta zona dominada por la violencia y la pobreza. Les hablamos de Jesús, de los derechos del niño, nos reímos juntos, dibujamos, corrimos, y cantamos. El sábado nos dio brega quitárnoslos de encima para poder irnos de allí, pero tampoco queríamos despegarnos nosotros.

Con los adultos también pasó algo similar. Desde el recelo incial, pasando por un inolvidable y emocionante lavatorio de pies, hasta el sábado en el que nos recibieron en cada una de sus casas, algo fue cambiando en su interior y en el nuestro. Y finalmente el sábado a la medianoche, entendimos que era el paso de la muerte interior a la vida plena.

Me pregunta un amigo a mi llegada, que cómo es posible que esa gente crea en Dios si viven en la pobreza. La genial respuesta la tiene un mensaje de hace un mes de mi amiga Yro, la directora de estas misiones:
"Porque el amor dignifica. Cuando uno se siente amado, nos vemos como persona, y nuestra vida se ilumina. Quien es objeto del amor de Dios, ¿No se sentirá valioso e importante?"
Pero eso lo comprobé cuando llegamos a la última casa que visitamos Karina y yo ese sábado en la tarde que no olvidaré. Nos recibió una señora llamada Ana Felicia, en una minúscula casa que pasaba desapercibida en medio del callejón, pero los pasos nos fueron llevando hasta allí. Cuando le hablamos del amor de Dios para ella en particular, su ceño fruncido fue dando paso poco a poco a un rostro compungido, y luego alegre, con unas lágrimas que brotaban sin cesar. Dios llegó al callejón. Ella lo esperaba hace tiempo. Y aunque siempre estuvo allí, ella no lo había sentido. Confieso que yo tampoco, hacía un buen tiempo, hasta ese día.

Todo esto suena lindo, pero estamos hablando de una zona que hasta hace poco era campo de guerra a plena luz del día. Una noche, mientras nos preparábamos para la oración, fuimos testigos desde la ventana de un pleito entre dos mujeres, cuchillo en mano. Pan de cada día en un área donde reina el reggaeton y los puntos de venta de droga (nos tocó ver un par), donde los disparos y las pedradas son parte de su cotidianidad, donde los taxistas no querían entrar. Llama la atención que el Via Crucis del Viernes Santo llegó hasta zonas donde "nunca había llegado la cruz", según una lugareña que nos salió a nuestro paso llena de alegría. No había llegado la cruz, ni mucha gente de allí mismo que no se atrevía a pasar por ahí. Un poco de ignorancia y mucho de fe nos hizo llegar a nosotros, y hoy gracias a Dios lo contamos con gozo, pero reconocemos que estuvimos en peligro.

En medio del morboso conteo de muertos y heridos de la Semana Santa, estos titulares nunca verán la luz:
"35 Jóvenes de la capital se mudan a las Cañitas por cinco días"
"Via Crucis con Escolta Policial hace Historia en el barrio Pituca Flores"
"Anciana de Las Cañitas dice: Jesús vino a visitarme"
"Jóvenes evangelizan casa por casa en medio de un pleito de pedradas"
"Más de 400 niños hacen via crucis infantil"
"Realizan lavatorio de pies en la Plazoleta de Luisa, en Las Cañitas"


Escribió Mu-Kien San Beng el 4 de abril en el periódico Hoy:
"El trabajo silencioso de la gente comprometida con el futuro, apenas es difundido. Porque no es noticia trabajar ardua, comprometida y tesoneramente por la educación del pueblo. Porque no es noticia enseñar a las jóvenes generaciones sus deberes y derechos ciudadanos. Porque no es noticia inculcar a la niñez la responsabilidad social y personal. Como tampoco es noticia los miles de seres que viven honradamente de su trabajo sin estridencias y sin aspiraciones mundanas."

Se lo decía a mis hermanos misioneros: la delincuencia tiene rostro y nombre propio de ahora en adelante. El futuro me duele desde ya. Yo no quiero que Pamela se prostituya, ni que David venda drogas, ni que Starling sea abatido a tiros, ni que violen a Luisanny, ni que Rocky Angel mate por dinero. Hay 120 nombres propios de niños de la Plazoleta de Luisa, en el barrio de Las Cañitas, que merecen estar en una lista de graduandos, en una nómina de una empresa, en un acta de matrimonio. Ellos quieren crecer y vivir, y sonreír en el futuro como lo hicieron en estos días.

Me escribo y les escribo todo esto para que la memoria no nos traicione, para que sea más fácil tomar la decisión de ir la próxima vez, para que esa vez sea pronto.

Hoy es domingo de resurrección. Cristo está vivo. La vida venció a la muerte. La luz venció a la oscuridad. Y eso ocurrió, porque yo fui testigo, en los callejones de Las Cañitas.

jueves 2 de abril de 2009

Nada

Finalmente volví a la piscina. Hace doce libras que no iba. Y a pesar de que logré a duras penas y con muchos descansos completar los mil quinientos metros, la distancia que recorrí en mi mente mientras estaba en el agua fue mucho mayor.

Mientras daba las primeras brazadas, recordé mi primer semestre en la piscina olímpica de la universidad, bajo la tutela de Cochón (ver la entrada "Veinte veinticinco" en este blog). También recordé, apenas cinco años atrás, mi retorno poco elegante a esa misma piscina en Santiago. Sandro, quien fuera mi entrenador entonces, me hizo una prueba y al final de los 100 metros me dijo "muy bien, vas a estar en el grupo de los máster". Me henchí de orgullo y le comenté a todo el mundo que yo pertenecía a los masters de la piscina, imaginándome, por lógica, que máster es mucho más que un título, es un logro adicional. Hasta que encontré la definición en la web:

"La Natación Másters está orientada a aquellos que dejaron de competir por su edad, para los que hace unos años no tenia demasiado sentido la práctica deportiva o para los que piensan que nunca es demasiado tarde para hacer deporte".

Oh, cruel destino. Hasta en eso nos apartan por la edad. Lo peor es que ahora ni siquiera puedo pertenecer al grupo máster de aquí, pues ellos nos llevan literalmente la milla en cuanto a práctica y destreza se refiere. Pero no hay bronca, sigo nadando cada vez que puedo y con eso me creo que estoy vivo. Creo que ya completé 500 metros.

Ahora me toca hacer patadas con la tabla. Un ejercicio para que los brazos se queden inmóviles y las piernas sean las que trabajen. Y pienso en mis brazos, y en todo de lo que me habría perdido de no tenerlos, y hasta oro y doy gracias. Sin mis brazos no hubiera podido dormir a Jean Paul recién nacido, no hubiera podido teclear mis locuras, ni pasar las páginas de los libros, ni escribir en la pizarra. No hubiera podido llegar nadando hasta los "cabezos" de Sosúa, ni aplaudir en el concierto de Pedro Guerra, ni cargar mi maleta en los viajes, ni persignarme... ¡ni abrazar!
Gracias, Señor, por mis brazos...

Ya llevo mil metros, al menos eso creo, me quito las chapaletas y dejo la tabla. Ahora voy a hacer pull y paddle, o sea que me voy a colocar unas paletas en las manos para mejor propulsión y voy a colocar entre mis rodillas un "pull" para que las piernas queden inmovilizadas.
Mis piernas, ¿qué hubiera hecho sin ellas? No hubiera podido subir al Pico Duarte, bailar en el baile de la promoción del colegio, subir hasta el Coliseo Romano, ni sentir la arena de Sosúa bajo mis pies. No hubiera podido jugar al pañuelo, aceptar el reto de subirme a la mata de javilla más alta, o correr despavorido cuando se soltaba la perra de Don Negro en el vecindario cuando era niño. Sin ellas no hubiera sido posible hacer el via crucis en el cañaveral, llegar hasta la Acrópolis, moverme en el escenario llamado "salón de clase", ni robarme la bicicleta Chopper de mi hermana.
Te doy gracias, Dios mío, por mis canillas que tan buenas me han salido.

Me imagino que completé 1,500 mts, pero se sienten como 10,000. Pausa. Burbujas. Gatorade. ¡Aire! Ahora me toca un poco de nado de espaldas, para el que no soy bueno, así que me volteo boca arriba y un sol abrasador me obliga a cerrar los ojos pues los googles no me protegen. Mis ojos, que tantas veces se han visto en peligro, y que ya tienen su capacidad muy disminuida, me han permitido ver el atardecer en el Gran Cañón, la sonrisa de mis sobrinos, el amanecer en el Santo Cerro, los libros que me han marcado, las películas que me han emocionado, la Palabra que me ha hecho crecer, los números con los que me gano la comida. Gracias, Señor, por mis ojos, por todo lo que han visto, por todo lo que falta por ver con ellos.

Acaba la faena, estoy molido, y a fin de cuentas perdí la cuenta. Digamos que nadé dos mil metros, o quizás fueron solo la mitad. O tal vez no nadé nada, y me quedé en la orilla pensando. No importa, porque tengo una sonrisita de pendejo que nadie entiende. Quizás Rosa, que nada a mi lado, y que tiene la habilidad de comprender las cosas que digo cuando no digo NADA.

lunes 16 de marzo de 2009

Carnaval

Un mes y medio sin bloguear... imagínense cómo está el resto de mi vida... Pues aunque este post esté atrasado, preferí publicarlo ahora en vez de esperar al año próximo. Aquí va esta rabieta escrita en Carnaval.
Saludos,
SDC

No sé si es que al terminar los breves días de fresco que aquí insistimos en llamar invierno, a mí me entra la primavera muy rápido al corazón, o tal vez es que el sol de los domingos en las mañanas de febrero brilla más radiante aún y hace que uno vea todo con más color e intensidad.

El caso es que me dejo llevar, y a pesar de que siempre digo que ya no más, que prefiero trancarme en casa, que por alguna razón no me gusta que la gente use disfraces, siempre acabo siguiéndoles el rastro y rindiéndome ante sus encantos. Pero este año lo decidí, no quiero carnaval. No me gusta el carnaval.

Me gustan las fiestas de disfraces, okey, pero detesto el caos patrocinado y el folclor como huida. Y qué sé yo por qué, pero el asunto es que el carnaval no me gusta. Reconozco que soy un bicho raro en un país tropical que desde que quita el arbolito desempolva las caretas.

Pero el carnaval vino a mí. Quizás fui yo que me puse en el medio. Para los fines de lugar es lo mismo, pues me doy cuenta que hace rato estoy metido en él y que todo es parte de un gran montaje y resulta que la vida es un carnaval, como decía doña Celia, y de repente me veo frente a una cantidad de participantes en esta barata escena que creía conocer...

Encantado. Mucho gusto. Es un placer conocerte.
Aquí está mi tarjetica. Yo no tengo, mala suerte.
Me caes bien. Digo lo mismo. ¿Y cuándo volveré a verte?

Desfilan ante mis ojos, mostrando una cara ajena.
Quieren que les haga caso,
que siga sus movimientos
y es verdad que me seducen con sus ritmos y sus danzas
pero de pronto me encuentro
solo en medio de la calle, frente a frente con el diablo
y siento sus latigazos y sus golpes que me duelen.

Qué bueno volver a verte. Eso digo yo, qué bueno.
Qué bueno encontrar personas que se parecen a uno.
Qué curioso que lo digas, porque yo pienso lo mismo.
Si supieras que yo estaba por llamarte hace unos días.
Dame tu mail, toma el mío, y así me agregas al Féisbuc.
Hasta pronto. Que así sea, esperaré tu llamada.

Desfilan ante mis ojos, exhibiendo con orgullo
vestimentas adornadas,
tratando de cualquier forma
que salga de mi apatía y les ponga el ojo encima.
Y es verdad que me hipnotizan sus colores y sus formas
y el son de sus cascabeles.
Pero si miro sus rostros, sus sardónicas sonrisas
me dan miedo, me repelen,
y me hacen sentir extraño
en mi insolente deseo de ser común y corriente.

Juntémonos esta noche. Claro, vamos a hacer algo.
Muchas gracias por la cena. Qué bien que te haya gustado.
Dime, ¿Te gusta mi casa? Por supuesto, me ha encantado.
Dame un beso. Dame otro. Mejor vayamos al cuarto.

Desfilan siguiendo un orden, o al menos eso parece,
pero qué va, reina el caos
y en el fondo lo prefieren
Todos buscan destacarse, pero andan siempre en manada
lechones, diablos, guloyas,
que aparecen de la nada,
unas vestidas de muerte, otros vestidos de guardia,
(al final todo es lo mismo).

Quédate así para siempre, no te vayas de mi lado.
¿Y cómo podría dejarte? Hace tiempo te he esperado.
¿Sabes que te pienso mucho? Igual yo, me has hechizado.
No quiero sufrir. Yo menos, y me estoy enamorando.
No te preocupes, es mutuo; confía en mí. Eso hago.

Gente de todos los tipos, gente de todas las razas,
blancos, negros, amarillos, morenas, indias, mulatas,
y en el fondo de la calle, con caras pintarrajeadas,
mamarrachos que se han dado
a sí mismos el permiso para exhibirse a sus anchas,
todos quieren ser distintos, pero todos en comparsa.

Te he dejado mil mensajes. No seas tan exagerado.
Desde aquella vez, ¿te acuerdas? hace ya varias semanas.
Nunca llamaste. Lo siento, mi vida se ha complicado.
El problema es que me gustas, pero no puedo hacer nada
porque mi novio es celoso. ¿Que no te habías enterado?

Todos celebran ser libres,
sin embargo se protegen tras antifaces y capas.
Ya estoy cansado de todo, tanta bulla, tanta lata,
solo quiero encontrar alguien que pueda mostrar su cara,
que no necesite ruido, que no ande siempre en comparsa,
que no tenga maquillaje, que no me envuelva en su danza
y que si es menester me ayude,
porque también me hace falta
abandonar el desfile
y poder mostrarle al mundo
menos máscara y más cara.

Aaaaaay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval...

sábado 31 de enero de 2009

De Vuelta a Casa

Hoy cumplí cuatro años viviendo en Santo Domingo, y para celebrarlo decidí salir de allí y volver a casa. Preparo mi maletica y enfilo los cañones a la Autopista Duarte rumbo al norte. Pasando el kilómetro nueve empiezo a hacer un inventario de las cosas que me gustan de vivir en la capital, al menos las tangibles: La Zona Colonial, el mar, la actividad artística... y de repente me pongo a resabiar repasando la cantaleta de algunos de mis compueblanos que me dicen "ya tú estás 'capitaleñizado', renegaste de tu pueblo". Son los reproches de aquellos que no vienen de visita ni amarrados, de los que se imaginan que uno se pasa todo el tiempo infeliz porque salió de su ciudad natal, de los que probablemente tienen el síndrome de Estocolmo. No son más duros que los reproches de algunos de mis amigos de Santo Domingo, que me dicen "tú y tu Santiago, nunca acabas de aterrizar aquí". Considero unos y otros como halagos disfrazados que me dicen que les hago falta a ambos, y con el ego inflado llego hasta el peaje.

Este camino al Cibao es maravilloso: amapolas, bambúes, naranjas, coníferas, flamboyanes, arrozales, y por supuesto los desayunos y comidas en la Miguelina, en el Típico o en Jacaranda. Pero sobre todo, pienso que lo mejor es que me lleva de vuelta a casa. En ese momento repaso las palabras que inconscientemente utilizo para diferenciar dónde resido y dónde vivo. Digo "mi apartamento" cuando hablo de mi lugar de descanso, mi hábitat, mi centro de operaciones, mi inversión, mi sitio de trabajo o de ocio, mi lugar de encuentro con los amigos. Pero sin darme cuenta hablo de "mi casa" cuando me refiero al lugar de partida y de llegada, al hogar acogedor, al centro de gravedad de mi familia y al escenario donde ha transcurrido la mayor parte de mi historia.

"Mi casa" es un lugar que cambia, pero en el que he vivido al menos tres veces:
La primera vez, mi casa quedaba en la Restauración 160, luego en la calle 7 de los Jardines y finalmente en la avenida Mirador de los Cerros. Desde mi nacimiento hasta los veinticinco años estuve viviendo con mis padres y mis hermanas, primero dos de ellas, luego fueron tres, luego de nuevo dos y finalmente una sola. Fue una época feliz y despreocupada que abarcó niñez, adolescencia y adultez. Todo estaba listo, puesto, fácil. No sé de dónde salía todo, pero mi papá y mi mamá lo hacían tan bien que no me interesaba saberlo tampoco. Llegó la tan ansiada oportunidad de concursar por beca para estudiar fuera, y así acabó este maravilloso período. Despedirme de mi familia era despedirme también del niño que vivía protegido y feliz para dar paso al loco aventurero que quería conocer el mundo.

La segunda vez que viví en mi casa, me tocó vivir en los Cerros, luego en Gurabo y de nuevo en los Cerros. Esta vez regresé con una mano alante y la otra atrás, sin una mota en los bolsillos, ni vehículo, ni trabajo. Volví con la mente abierta y el corazón cerrado, la personalidad fuerte y definida y con el sabor delicioso de la independencia, y por eso regresar a 'someterme' a las reglas de mis padres fue un desastre. Los conflictos no se hicieron esperar. Lo que antes nos unía, ahora era precisamente punto de choque. Desde que conseguí empleo quise mudarme, pero esperé el momento propicio para hacerlo con la bendición de ellos.

La tercera vez que viví en casa fue por un breve período que se inició en la medianoche del domingo 23 de septiembre del 2003, minutos después de que el terremoto me hiciera salir despavorido de mi apartamento en la cuarta planta. Por instinto, la casa de mis padres (mi casa) era el lugar a dónde ir, era un refugio excelente. Pasaron los días y se fueron normalizando los temblores, pero papi siempre buscaba una excusa para alargar la estadía: "Bueno, ya hoy es viernes, igual quédate el fin de semana y te vas el lunes", y el lunes me decía "pero apenas comienza la semana, cógelo suave, si aquí estás bien". El niño que hay en mí se sentía alegre y protegido de nuevo. La presencia de mis padres era más fuerte que cualquier terremoto, pero había que ser un hombrecito y volver al apartamento.

Finalmente, recién mudado a Santo Domingo, me tocó volver a casa cada fin de semana del primer semestre del 2005, en una etapa de la familia muy crítica, con mi papá en una larga y dolorosa recuperación, y mi mamá haciendo la función de diez mujeres juntas. Poco a poco las cosas tomaron su rumbo, con la gracia de Dios, y empecé a ir quincenalmente. Hoy en día lo hago (casi) mensualmente, y aunque pareciera que lo evito, me muero de ganas por ir siempre a mi casa.

Un sábado cualquiera llego, me encuentro en el frente de la casa con Don José, nuestro jardinero de hace treinta y pico de años, que ya casi acaba su labor y se va sin comer la comida que le han guardado. Está agachado desyerbando y fuma un cigarro que creo que es el mismo de la primera vez, porque siempre está chiquito y nunca se consume, igual que el mismo Don José. Al cruzar la puerta está Consuelo recibiéndome con los "titulares" sociales y familiares de la semana, más una radiografía rápida con la cual diagnostica sin filtro si estoy más flaco, más calvo, o tal vez estrenándome un 'polochecito' que no había visto.

Es hora de comer y los viejos ya están hambrientos y desesperados porque yo no llegaba y es tarde. El menú puede ser sencillo pero hecho a mi gusto, y sabe a gloria, y las porciones que me sirve Altagracia son dignas del más panzudo de los camioneros. Entre bocados nos ponemos al día, y después de comida, me premio con la proverbial siesta en MI cuarto, pues todavía lo es, aunque ya no tenga los posters ni los libros que antes tenía.

Papi que hace dulces de cualquier fruta que se le cruce por el medio. Mami que imprime en la computadora alguna carta que hay que entregar. Papi que lee los periódicos en la terraza frente al inmenso patio. Mami que habla por el teléfono, lee una novelita o teje. Papi que le pide un café a Consuelo, mami que le pide un café a Consuelo. Consuelo que nos trae café a los tres. El timbre que suena, Raquel que entra, Esther que sale, los niños que suben y bajan las escaleras. Todo es tan diferente de mi apartamento donde les hablo a mis plantas.

Pero de pronto ya es domingo en la tarde y hay que regresar. Me llevo conmigo un trozo de pastelón, acaso una funda de naranjas o tal vez un poco del dulce que papi ha cocinado. No hay pena, pues voy a volver pronto, y además por la salud mental de todos debo regresar a mi mundo antes de que el hechizo se rompa.

Esa es mi casa, donde las palabras "papi" y "mami" en la boca de un casi cuarentón no suenan ridículas. Donde cada rincón guarda un recuerdo, se van construyendo nuevos, y la historia familiar sigue su curso con nuevos seres diminutos que pueblan la casa de juguetes, regueros, y gritos.

Mientras voy saliendo de la ciudad, mi pensamiento me lleva muy lejos, y me imagino que al morir y llegar a los brazos del Padre, la sensación que se siente es como la de estar llegando a casa, al lugar donde siempre se es niño y donde siempre se está seguro, donde siempre se es querido y esperado.

lunes 12 de enero de 2009

Cosecha ajena (remanentes del 2008)

Insisto en el disclaimer de uno de los posts anteriores. Esto hay que sacarlo del cuadernito para que no se pierda, porque modestia aparte me quedó bonito. Pertenece a mi etapa despechada (soooo 2008!).
Lo que viene en lo adelante es diferente, ¡lo prometo!



Yo regué con mis besos
la tierra endurecida
y donde había maleza
y faltaba belleza
ahora es área florida.

A tu zona más yerma
mi savia transferida
consiguió que se hiciera
parcela verdadera,
tierra reverdecida.

Y logró tu semilla
sentirse enriquecida
al volvernos conjunto
y despertamos juntos
celebrando la vida.

Donde había un cauce seco
logré que al fin brotara
un manantial fecundo
y todo un nuevo mundo
de risas y algazaras.

Donde te habían sembrado
yerbas envenenadas
mis palabras pacientes
con ternura insistente
fueron como una azada.

De aquel desierto triste
ahora no queda nada
pues sin pausa y sin prisa
yo cambié por sonrisas
tus lágrimas pasadas

Yo cultivé esa tierra,
fui yo quien preparara
una cosecha buena,
una vendimia ajena
que otro más disfrutara.

Pero no me arrepiento
porque valió la pena
haber tomado el tiempo
y con detenimiento
disfrutar la faena,

de conocer tus lagos
y tu gran cordillera
recorrerte en detalle
transitando tus valles
tus surcos y tus sendas.

Yo conocí la historia
de tu largo pasado,
él conoce el presente,
te cree probablemente
producto terminado

Yo sé de dónde viene
este fruto 'maduro'
y no creo que él entienda,
ni sospecha que tenga
de su interior tan duro.

El reconoce apenas
la superficie arada,
el verano caliente
y la nueva simiente
de tu tierra abonada.

Pero no tiene idea,
no puede saber nada
de cómo hacerle frente
a la sequía inclemente
y a futuras heladas.

lunes 29 de diciembre de 2008

Carta Pública a DMO

Tal vez estás esperando que voy a aprovechar este foro cibernético para humillarte en público y enumerar todas las cosas malas que tienes (que son muchas, es verdad). Quizás piensas que voy a desahogarme ante tanta gente que te conoce y que tiene una impresión tuya diferente a la que dejaste en mí.

Qué pena si es así. Significaría que de verdad crees que me hiciste tanto daño como para cambiar mi forma de ser. Y no. Yo habré sido golpeado por ti en muchas maneras, pero por alguna razón me dejaste vivo, y aquí estoy de frente a ti, delante de todos, aprovechando estos días para agradecerte en vez de reprocharte, y haciéndolo a tiempo, pues ambos sabemos que te queda poco de vida.

Recuerdo cuando llegaste a mí, como todo lo nuevo yo me entusiasmé e hice muchos planes contigo. Recuerdo como te veía, con tanta ilusión, pensando en todo lo que podíamos hacer juntos. Pero contigo, nunca se sabía. Algunos planes se dieron, es verdad, y probablemente a pesar de ti, no gracias a ti, pero se dieron. A veces me prestaste cosas, en otros casos me despojaste de cosas, y al final el balance resultó positivo y el recuerdo que voy a conservar de ti va a ser bueno, así lo decidí.

¡Cuántas vivencias contigo! ¡Cuántas sorpresas, cuántos regalos! Me hiciste vivir un verano inolvidable, y aunque te ensañaste conmigo en el otoño, entendí finalmente que era tu manera (cruel pero efectiva) de ayudarme a crecer. Y ya ves, así fue: Yo sigo siendo, sino el mismo, probablemente otro hombre con más determinación y equilibrio. Me da pena ver que en cambio tú terminas esta relación andando con los pies pesados, presa del cansancio, sin esperanza de futuro.

Pero yo creí en ti, y muy a pesar mío todavía creo en ti. Aunque tu muerte se acerca, no te enfoques en eso, pues todavía te quedan cosas que dar, y lo sabes. Que no te duela si hablan mal de ti, hiciste lo que pudiste, nadie te lo debe reprochar. Que no te sientas mal si te echan a un lado, sino que sepas que fuiste y eres muy valioso para mí y para mucha gente que supo ver tu belleza a pesar de todo.

Ahora que empiezo una relación nueva con DMN, tendré que evitar las tediosas comparaciones, pero sí voy a mirar atrás y veré lo nuestro como un lindo recuerdo, como un hermoso aprendizaje que la vida me regaló contigo. Sin embargo, me voy a enfocar en lo que tengo ahora entre manos, en lo que puedo lograr de ahora en adelante con la promesa de volver a empezar.

Si notas que me alejo, no te confundas, porque en realidad nunca te podré olvidar. Descansa en paz, dos mil ocho.

domingo 21 de diciembre de 2008

Harto

Disclaimer: En su última visita, la Musa se pasó varios meses en mi apartamento, esa desgraciada. De su estadía queda medio pote de Absolut, cuatro pantalones a los que hubo que achicarles la cintura, un candado que no se cierra en mi cara, y sobre todo un cuaderno lleno de cabo a rabo, con muchas líneas, tachones y garabatos. De ese cuaderno de la catarsis queda todavía mucho material para transcribir y compartir, para que no se diluya en el tiempo.
Dicho esto, pido que no se asocie el ánimo del post del momento con el posible ánimo actual, porque aún queda mucha malcriadeza pendiente por publicar. Esta es la última del 2008...

Harto de tanta mentira,
harto de cosas mundanas,
harto de falsos profetas
y sus promesas baratas,
harto de los buhoneros
que se instalan en la Duarte,
en mi casa y en mi mente
insistiendo hasta cansarte
con su pregón repetido,
vendiendo la misma mierda,
como si fuera a comprarles.

Harto de tantos Mandrakes,
que se creen la maravilla,
que quieren impresionarme
con trucos de pacotilla,
que ya me sé de memoria,
que es un sueño repetido:
desaparecen de pronto
y quieren ser aplaudidos.

Harto del chiste tan malo
de que "no eres tú, soy yo"
y de sentirme burlado
por piratas del amor
que quieren saquear tesoros
y arrasar todo a su paso
y reducir a cenizas
los destrozos que han dejado.

Cansado de las personas
que no quieren compromiso,
que no reconocen cuánto
la intimidad les aterra,
que en la cama hacen la guerra,
y el amor de vez en cuando.
Harto de poner el alma
en la mesita de noche
para que un amor fantoche
la esconda bajo la cama.

Harto del falso cariño,
de tomar besos prestados,
de sentirme enajenado
por amores enfermizos.
Harto de tirarme al piso
pateado por egoísmos,
harto de abrazar erizos,
harto de pedir permiso
para poder ser yo mismo.

Hastiado de la violencia,
harto de tanto pecado
de pensamiento, palabra,
de obra y hasta de omisión,
de cantar esta canción
que nadie nunca ha escuchado.
Harto de que cambie el mundo,
de que la gente no cambie,
de que cambie quien no debe,
y de que quieran cambiarme.

Harto ya de que me violen,
de que de mí se aprovechen,
harto de tantas preguntas,
harto de que me etiqueten
y de que quieran juzgarme.
Harto de que me señalen,
harto de que me critiquen,
harto de justificarme,
de esconder mis sentimientos,
del "no pase", del "no fume"
del "prohibido estacionarse".

Harto de comer sin hambre,
de las dietas balanceadas
del café, la nicotina,
de la sed que no se apaga,
de vivir la vida a medias,
de no vivirla del todo,
de vivirla de rodillas
y de no querer vivirla,
de anestesia, de morfina
y de tantas pesadillas.

De la hartura ya estoy harto.
Harto de estar harto estoy:
que si soy, que si no soy
que si vengo, que si voy,
que si dejé para luego
lo que no pude hacer hoy.

Harto de la rima exacta,
de la métrica cuadrada.
por eso de ahora en adelante
voy a escribir como me salga a la primera
y voy a desatar esta sicorrigidez poética de tantos años
y a dejar de filtrar los contenidos y las formas
porque total, nadie va a decir nada
y si lo dicen no me importa tampoco
porque como quiera estoy harto.

"¿Doctora, ya tiene un diagnóstico para esto que tengo?"

martes 16 de diciembre de 2008

Por Qué Puse el Arbolito

"Simón está pensando seriamente si va a poner el arbolito", escribí en mi Facebook hace un par de semanas. No había necesidad de hacerlo. Este año el niño se había marchado (¿muerto?) y en su lugar había un adulto, casi un viejo. Un tipo seco, duro, áspero. Uno que dice que la Navidad ya no es lo que era, que todo es un pretexto comercial, que la gente solo piensa en "que le den lo suyo" y que ojalá que enero llegara pronto para acabar con este maldito 2008.

En el trabajo ni siquiera hicimos angelito, lo vi como un alivio aún cuando antes había sido el más dispuesto de todos, el más "maldaoso". Los villancicos me sabían a lo mismo. Ni siquiera sintonicé "Cima Sabor Navideño". De casualidad puse un adorno en la puerta, por si a la que me lo regaló se le ocurría llegar de visita. "Navidad de qué, eso es para los niños y yo ya no soy uno", pensé muy a lo Scrooge.

Como líder forzado del Equipo de Acciones Comunitarias de la compañía, me tocó embarcarme en un par de proyectos para cerrar el año: la remodelación de la estancia infantil de Pueblo Nuevo y el aguinaldo navideño del leprocomio de Nigua. Qué pesadez, con todo el trabajo que tenemos encima. Y llegó el miércoles 10, sin saber yo que aquel día me tocaría mi propio Tiny Tim y el Espíritu de las Navidades pasadas y futuras me iban a mover el tapete.

Cuando llegamos a la recién remozada estancia infantil, juguetes en mano, me acerqué al fondo del patio para ver cómo había quedado instalado el nuevo columpio. Mientras observaba la fila de niños felices, sentí que me halaban los pantalones. Cuando bajé la mirada, allí estaba un niño de 3 años, quien luego supe que se llamaba Omaily o algo así. "Tío, cálgame", me dijo con una sonrisa. Y ahí estaba yo, de alcahuete, cargando a mi nuevo amiguito. "Tío tiene bigote", me decía mientras me acariciaba la cara. Cuando no pude más con él, lo regresé al suelo solo para escuchar una nueva petición mientras me agarraba las dos manos: "Tío, blíncame", y ahí estaba de nuevo yo, el cascarrabias, brincando a mi recién estrenado sobrino, sentándome con él para abrir su nuevo juguete, y finalmente, antes de irnos, me dijo: "Tío, vuelve, ¿tú oye?". Punto en boca.

Regresé a mi oficina canturreando, contento de estar en el dichoso equipo, contento de que al menos me bajé de mi propio pedestal y pude sentir un airecito navideño. Pero cuatro horas más tarde me tocó volver a la faena. Cargamos la compra que le llevamos a los ancianos del leprocomio en dos carros, pues era mucho. Pasamos las de Caín para cruzar la aduana del Parque Industrial, y finalmente con mucho retraso llegamos al lugar, donde ya estaba tocando el peri-combo que habíamos contratado. Una vez descargada la compra, y al son de "A las Arandelas", nos dirigimos al comedor, donde se habían congregado la mayoría de ellos, los que podían salir de sus camas. Viejitos en sillas de ruedas, en una gran mayoría. Saludamos, cantamos con ellos y armamos el aguinaldo con más miedo que verguenza.

Cuando me puse a repartir bolsitas llenas de chocolates, me tocó entregarle una a una monja en silla de ruedas, que debe rondar los ochenta seguro. Sor Consuelo, así se llamaba, me dijo en voz muy baja cuando recibió su fundita: "Gracias por darme, ahora ya yo tengo para dar". Acto seguido empezó a llamar a los viejitos por su nombre: "Fulano, toma, feliz Navidad", les decía mientras les repartía los chocolates a los que ya tenían.

Y como dicen en los comerciales, "por si todo esto fuera poco"... Una señora a mi lado se me presenta. "Yo soy Ramona Cáceres, de los de Moca, secos, sacudíos, y medíos por buen cajón. tengo ocho hijos y dieciséis nietos". Luego me hace señas para que le llame a Hugo, un compañero de trabajo. "Gordito, ven acá", le dice. Hugo se le acerca y ella le (nos) lanza el siguiente trabucazo: "Gordito, tú tienes la cara muy seria, como triste. Alégrate, mijo, mírame a mí que no tengo un ojo, no tengo manos y no tengo pies y estoy en esta silla de ruedas. Y estoy feliz de estar viva por la gracia de Dios".

De más está decir que tanto el gordito como yo quedamos con los ojos aguados. Me sonreí, y doña Ramona me dijo "Así me gusta, hay que ser feliz. Chócala ahí". Cuando vi que de su mano la lepra había dado buena cuenta, no entendí cómo iba a "chocarle", así que ella me dijo "te engañé, yo no puedo chocar, ¡machuca!" y "machucamos" nuestros puños en señal de complicidad. Antes de despedirnos me dijo: "Yo lo único que lamento es estar en silla de ruedas porque tenía ganas de bailar con ustedes", y desde su silla se empezó a mover con buen ritmo, y yo con ella, mientras escuchaba que en la pobreza de su repertorio, el conjuntico de marras repetía "A las Arandelas".

Antes de irme vi a Sor Consuelo repartiendo el último de sus chocolates y ella se percató de que la estaba viendo. Entonces se me acercó en su silla y me golpeó suavemente con la siguiente frase, terriblemente certera: "Qué sabrosos estaban esos chocolates". ¡Monja terrorista!

Cuando salí de allí ya yo estaba cambiado, completamente convencido de que la Navidad existe, aunque a veces entre el ruido y la prisa de la mal llamada civilización se nos olvida que hay niños de todas las edades que la siguen viviendo, y que hay que buscarlos, dentro o fuera, para poder recordar de qué se trata todo esto.

Al día siguiente, en la cena con mis compañeros de la certificación en coaching, hicimos una dinámica en la que recordamos nuestra mejor Navidad y el mejor regalo que hayamos recibido, navideño o no. Yo me remonté al año 79 por allá, recordando con una sonrisa aquella navidad de mi niñez con mis abuelos vivos y la familia viviendo en una sola casa, y con otra sonrisa regresé al 2007 recordando una caja que me llegó por correo y que todavía conservo, una caja llena de detalles que me iluminaron la vida porque la enviaba alguien que era un niño en ese momento. Me sorprendí a mí mismo diciendo estas palabras: "No dejamos de sentir la Navidad cuando nos ponemos viejos, sino que nos ponemos viejos cuando dejamos de sentir la Navidad" (modestia aparte, me quedó bonita).


Esa misma noche llegué a casa y puse el arbolito. El niño me estaba esperando, hacía tiempo que no lo veía y se puso feliz al verme, y yo al reencontrarlo. Mientras colocaba las bolas en cada rama, recordaba a Omaily, a doña Ramona, y a Sor Consuelo. Me senté a ver el resultado final, con luces y todo, y fui interrumpido porque tocaron a la puerta. Me asusté porque me imaginé que me iba a encontrar a una señora embarazada, montada en un burro y con su esposo al lado. Aunque no eran ellos, si se les ocurriera llegar, los estoy esperando para ofrecerles posada en mi casa.

Navidad
NaviDAD
NaVIDAd

sábado 6 de diciembre de 2008

La Calle Está Dura


Fantasmas de hielo y sombra
animados y sin alma
me cercan por todas partes
adondequiera que vaya.
Me cercan y me persiguen,
pero nunca me acobardan,
porque al hielo que me oponen
les opongo fuego o llama.
Con ellos estoy en duelo,
en duelo que no se acaba

(Concha Méndez, "Fantasmas de hielo y sombra")


Voy por la calle con prisa y tu sonrisa me atraca.
De repente en la calzada tu mirada que me viola.
Doblando por una esquina me asesinas con tu beso.
Pasando por un colmado, me ha golpeado tu caricia.

Asesinado, violado, atracado y malogrado
voy a poner la querella,
porque esto así no se queda.
Pongo la direccional, cambio al carril de doblar,
y llego al destacamento subiendo por la Bolívar.

El sargento Restituyo, usando sólo dos dedos
y sin levantar la vista de su vieja Smith Corona
me dice como de vaina, como en un ritual gastado,
que yo no soy el primero,
y el último mucho menos,
de los casos que han llegado de víctimas voluntarias.
Y como ese es su trabajo, me pregunta por si acaso
si tengo alguna evidencia.

"Si, sargento, tengo varias",
le digo con voz de niño que recita de memoria:
"Su caricia terrorista, su sonrisa molotov,
su mirada carterista y su beso matador".

Con un papel en la mano salgo del destacamento
sonriente, porque ha quedado
escrito para la historia (y también para la histeria)
este caso tan extraño de delincuencia afectiva
y repito como un mantra, como una poesía coreada,
sin saber ni lo que digo:

"Su sonrisa me miró,
su mirada me besó,
su caricia me sonrió,
y su beso me tocó".

Hay que andarse con cuidado, porque la calle está dura.

lunes 1 de diciembre de 2008

Día Mundial del Sida

Cuando tenía diez años fui por primera vez de viaje, y lo hice con mi papá. Aquel viaje a NY, por motives médicos, fue un sueño que todavía recuerdo con una sonrisa en la cara, porque fue todo lo que un niño puede pedir (y mucho más, como dicen los comerciales).

Ese verano conocí a tío Guillermo, primo de papi, y él se encargó de que nuestra estadía en la gran manzana fuera provechosa, entretenida, inolvidable, vamos.
Tío Guillermo redefinió el concepto de tío que hasta entonces tenía. Era cortés y amable, era divertido y siempre estaba sonriente, y cuidaba con igual importancia la conversación con los adultos como con los niños. Recuerdo que fuimos a visitar el apartamento que compartía con su novia, una escritora y periodista cubana, y se me quedó grabado en la memoria aquel ambiente bohemio, lleno de libros y cuadros.

En los años siguientes, las visitas de tío Guillermo en el verano eran muy esperadas, no sólo porque llegaba cargado de regalos para todos, como buen Dominican York, sino que su presencia era motivo de alegría en casa. Pasó el tiempo, fuimos creciendo, los años ochenta fueron quedando atrás, y cada vez sabíamos menos de tío Guillermo. Un buen día nos llegó la noticia, medio vedada, de que tío Guillermo había fallecido. No sé en qué momento nos dijeron que había muerto de sida. El caso es que mi tío era homosexual, cosa que mantuvo en absoluto secreto, y contrajo una enfermedad de la que muy poco se sabía en ese entonces y que aparte de lo terrible que era, acarreaba un estigma mayúsculo, de modo que guardó silencio al respecto y sólo nos enteramos de todo tiempo después de su muerte.

El año pasado, cuando ya habían pasado muchísimos años de su muerte, averigüé el nombre de aquella supuesta novia, la escritora cubana que le sirvió de tapadera en aquel verano que le visitamos. Tras mucho buscar en Internet en una labor casi detectivesca, finalmente di con su paradero y la contacté, para saber sobre mi tío, y cómo había vivido su final, o finalizado su vida para el caso. De aquella joven rubia, dicharachera e interesante, no quedaba mucho. Al otro lado de la línea me respondía la voz de una mujer vieja, su voz estaba cansada, quebrada. Le expliqué quién yo era, y pareció no entender.

Me preguntó qué yo quería saber, y le dije que me contara todo lo que ella recordaba.
Me habló con lujo de detalles de cuando conoció a mi tío a través de su hermano, con quien él trabajaba, de lo apuesto que se veía de uniforme, pues había llegado de la guerra de Corea y se había radicado en New York en esos tiempos. Disfruté mucho conociendo aspectos de su vida como ese, que me eran desconocidos. Luego hizo comentarios de desaprobación con respecto a cómo vivía, de un novio que tuvo, etc., y sentí un cierto celo en su voz, pero tal vez era mi imaginación solamente.

Finalmente llegó la parte más fuerte de su relato, después que mi tío supo de su contagio del virus del VIH. Tío Guillermo insistía en que su familia no supiera nada, y por eso cuando se fue agravando, le tocó estar mucho tiempo sólo en camas de hospital a las que unos pocos y fieles amigos le iban a visitar. Cuando ya se acercaba el final, rogó para que le dejaran ir a su casa, y lo logró, pues ya estaba desahuciado. Su amiga cubana le acompañaba, y narró con lujo de detalles lo despacio y delicado que fue el traslado, y lo contento que él estaba de haber vuelto a su hogar. Cuando le acostaron en la cama y lo arroparon, pocos instantes después murió.
Su relato entonces dio un brusco giro, y la señora se dedicó a dar consejos de que hay que tener cuidado, de que esa enfermedad es un castigo, y un largo etcétera que me sirvió para secar mis lágrimas y componerme del otro lado de la línea. Finalmente me despedí, dándole las gracias y prometiéndole que iba a leer una de sus obras más famosas, lo cual aún no he hecho.

El estigma del Sida hizo que tío Guillermo se aislara, supongo que por temor al desprecio de su gente querida, y que sufriera sólo el dolor de irse consumiendo poco a poco e irremediablemente. Me pregunto que habría pasado de haberlo sabido toda la familia. Claro, la idea de que el Guillermo tan querido era homosexual era mucho más de lo que muchos podían soportar, y aún hoy no se menciona su nombre ni su caso, como si le diéramos la razón después de todo.

Las estadísticas son espeluznantes, pero nuestra capacidad de asombro ha desaparecido: 33 millones de personas viven con HIV, 6,000 son infectados cada día, y de éstos, más de la mitad son mujeres y niñas. Muchos millones más han sucumbido ante este terrible mal. Ahora mismo no conozco a nadie HIV-positivo, pero en este día mundial del Sida, quiero llamar a la reflexión de los que pensamos que “eso le pasa a los demás”, de los que cierran sus ojos ante la idea de que en su familia pueda llegar la "maldición", de los que temen la ignominia y le dan importancia al "qué-dirán" más que a la tristeza y el dolor de sus seres queridos, de los que asocian el Sida a la inmoralidad exclusivamente, y ¿por qué no? De los que ven la homosexualidad como un castigo tan grande como el mismo Sida.

Y es que a veces, el temor a que a nuestros seres queridos les hagan daño puede traducirse precisamente en hacerles daño. Cuando alguien cercano le teme tanto a nuestro dedo acusador y a nuestro juicio severo, que prefiere morir en soledad antes que enfrentar nuestro implacable reproche, entonces algo anda realmente mal.

No es justo, no es necesario hacernos cómplices de la epidemia, o que nos hagamos los ciegos y sordos ante el acto de estigmatizar y segregar. Sólo hay que buscar las lecturas bíblicas en las que se mencione la lepra, y cambiar la palabra por Sida, y ahí veremos el ejemplo de acogida por excelencia que nos da Jesús, sin mucho más que agregar.

Hoy quiero recordar a mi querido tío Guillermo, ya que ni la fecha exacta de su muerte tengo, y recordar a todos los ‘tío-Guillermos’ que por ignorancia, por miedo, por debilidad o por falta de cariño, han sufrido en carne viva no solo la enfermedad, sino la soledad.

E.P.D. Guillermo Núñez

sábado 22 de noviembre de 2008

Decibeles

El camión descargando hierros en el taller de al lado, el platanero con su pregón, la vecina que le vocea al guachi para que le bote la basura, gente que habla durísimo en las escaleras, la avioneta que pasa volando bajito, dos obreros discutiendo en creole, el radio, el celular y el despertador en un solo coro… arranca el día.

Los bocinazos que vienen de adelante, de atrás, de todas partes, mi propia bocina para no atropellar a un motorista, la sirena de la ambulancia, el dominican que va con la música tan alta que retumba, el colmadón de la esquina con una bachata altísima que suena kunkinkun kinkun kinkun, el AMET que le pita a un conductor, el obrero que taladra en la acera, el verdulero que ofrece sus productos en un altoparlante … avanza el día.

Los perros del apartamento 401, el motorista que pasa sin muffler a las 11 y 11, los carros que echan carreras en la Churchill, el bar de la otra cuadra lleno de jevitos sordos, el vecino que clava en la pared, el trueno de la tormenta que viene, la tele, el iPod, el teléfono… termina el día.

¡Ay ya cállense, cállense, cállense que me desesperan!

Y a lo lejos se oye una frase como esa ensayada de los que trabajan en la central telefónica. Es la voz de Dios que dice bajito:
“Aunque no me escuche, estoy con usted”.

martes 11 de noviembre de 2008

Marathon Man

Escribo esto corriendo, porque apenas he acabado de preparar el reporte de la visita de la semana pasada y debo acostarme para estar listo temprano para la auditoría de mañana. Corriendo, porque quiero tener aunque sea cinco minutos para leer un libro, o para que el libro me lea a mí como pasa últimamente.

Corriendo, y no sé cómo fue que mi vida, de un paseo plácido, de repente se volvió a convertir en un maratón desafiante y exigente, un maratón para el que no he entrenado, pero que nadie lo puede correr por mí.

Corriendo, porque mi trabajo que me convierte a veces en un juglar haciendo malabares con siete bolas a la vez, está en una etapa muy demandante, incluyendo los viajes cada tanto (y la acumulación de trabajo pre y post viaje). Pero por si acaso la agenda no se llena completamente de 8 a 6, me he puesto a dirigir el comité de acciones comunitarias, como trabajo pro bono, (no debe confundirse con trabajo por bono como el resto de lo que hago). Al final de un agotador día está la casa, que si el súper, que si la doña, que si junta de vecinos, que si preparar la comida de mañana, corre, corre.

Luego debo ir corriendo a la comunidad, a la terapia, a la guía espiritual, al yoga, al gimnasio, y me faltan horas para hacer corriendo todo lo que quiero, pues no hay suficiente tiempo.
Encima me he puesto a dar clases sabatinas, y claro, hay que preparar las clases corriendo, pero no hay tiempo. Entonces en un ataque de locura sin precedentes, me inscribo en la certificación en coaching que dura nueve meses, y al final será un parto con las tareas y las lecturas que me tocan, porque no hay tiempo, porque ando corriendo.
Para acabar de rematar esta alocada carrera, me pongo a ayudar a preparar un retiro, con todas las reuniones que implica, y además me ofrezco a preparar charlas dominicales para los jóvenes de los bateyes de San Pedro. Hoy preparamos Víctor y yo el próximo tema, y lo hicimos corriendo.

Al final, la agenda se llena sola. Y bueno, ya se entiende por qué nunca hay tiempo de sentarse a escribir en el blog, o acaso hacerlo corriendo, como ahora. Pero este desastre organizado no es casualidad, es buscado y creado por mí. Reconozco que en un principio lo hice como escape, siguiendo el consejo de un amigo que se llena de actividades para no pensar. Yo hice la deducción en mi mente: "el que está ocupado no piensa, y el que no piensa no siente, y el que no siente no sufre". Interesante enfoque, pero erróneo, según he comprobado. Todo lo contrario: Mis problemas yo los enfrento con la decisión de hacerme útil, de dar más de mí, de no quedarme tirado como lo estaba hasta hace poco, sino de echarme a andar, quiero decir a correr.

Uno de mis modelos, el desaparecido y nunca olvidado Dubert, decía que para que asegurarse de que algo se hiciera, uno debería dárselo a un hombre ocupado. El mismo hombre que para descansar del trabajo, buscaba otro trabajo (aunque nunca habló de hacerlo con esta velocidad). Pienso en sus palabras y recuerdo los momentos más ocupados de mi vida: primavera de 1987, verano del 2002 y este otoño del 2008, y tienen algo en común: el estar enfocado, el sentirme útil, y el no darme cuenta de que el tiempo ha pasado. Esto último es particularmente importante, pues caigo rendido en mi cama y cuando vengo a ver ya estoy de nuevo en la calle, ocupado, atareado, y algo estresado. Caigo rendido de nuevo, para así vencer al insomnio que me ha mortificado durante un tiempo, y a veces me levanto cansado, agobiado por una terrible pesadilla que mi mente creó especialmente para mí. Y suena Carmen Imbert en la radio, y me levanto corriendo para volver a la calle. Y vuelvo a caer cansado en la cama. Y entonces llega el sueño repetido...

La carrera sigue, y los kilómetros que quedan detrás son tantos que perdí la cuenta. Y cuántos quedan delante no lo sé, porque no me dieron por escrito la fecha de caducidad de esta vida que me han prestado para vivirla a plenitud. Pero sigo corriendo. De pronto me doy cuenta de que alguien viene en la misma carrera, detrás de mí todo el tiempo, y la sensación de sentirme perseguido me causa desasosiego. Acelero el paso, pues este tipo no me va a alcanzar, pero él parece ser tan persistente como yo, y viene decidido a pasarme.

Sudo a mares, pero corro sin mirar atrás. Y vuelvo adelante, y luego me caigo, y me levanto. Corre, corre, corre. No veo la meta cerca, no tengo idea de cómo es, pero me espera, y mucha gente por la que corro me anima desde detrás de una barda en la acera, algunas caras me son desconocidas pero sé que están allí por mí. Algunos vitorean al hombre que he dejado atrás, pero que se empeña en llegar hasta mí. Respiro acompasadamente, pues mi cuerpo necesita oxígeno, y en cada bocanada entra el oxígeno del amor recibido, que se mezcla con el oxígeno del amor que llevo dentro.

Volteo, el tipo viene cerca, y entonces me caigo estrepitosamente en la calle. Se escucha el clamor de decepción del público. Sudo, sangro, lloro, y de repente el hombre se me acerca y me hala con fuerza, arrastrándome hacia atrás. Uno que otro le aplaude, lo cual me desconcierta. No me puedo parar, no puedo respirar, el corazón me late deprisa. Y entonces me doy cuenta de que soy yo mismo, otro yo, el que me arrastra con una mirada inexpresiva, como un hombre gris que no piensa ni siente nada. Trato de zafarme, no puedo.

Y de repente otro hombre, mucho más fuerte, me agarra por un brazo y me levanta del suelo. Me incorporo y lo veo. Soy yo, otro yo que sonríe, que me anima a seguir la carrera. Corro con él, conmigo, o mejor dicho troto, en un paso rítmico, decidido, firme. Ya no hay rostros en la acera, ya no hay bardas, ya no me persigue el Simón de atrás, tampoco está conmigo el otro Simón, me he convertido en él. Sigo corriendo y llego a la meta, donde nadie me espera. Estoy solo y no hay con quien disfrutar de este triunfo cuyo significado no entiendo.

De pronto se oye la voz de Carmen Imbert, su programa matutino ha comenzado en mi radio despertador. Se me ha hecho tarde. Debo bañarme corriendo, pues me espera otro día huyendo de mí hasta llegar corriendo a alcanzarme a mí.

viernes 24 de octubre de 2008

Baggage Claim

Sólo para gente inteligente que sabe ver las cosas en más de una dirección. Empieza a leer...

Aún sin saber cuándo, en lo más profundo de su ser ambos sabían que se volverían a ver.

Había llegado el momento de darse su "último primer beso", como decía la canción que tanto les gustaba.

Entre toda la gente del aeropuerto, ella se le acercó, con el corazón latiéndole fuertemente ahora que estar juntos era una cuestión de segundos. Se dirigió a donde él estaba y lo tomó por sorpresa. Le sonrió, con una sonrisa que ya él había soñado en su mente durante mucho tiempo.

Aunque era cierto que él estaba esperando a alguien que nunca llegó, al verla aproximarse se sintió dichoso. Cuando vio en los ojos de ella tan puro sentimiento, sus propios ojos se le aguaron, pues en ese momento su corazón que no sabía mentir le dijo que la quería.

Ella fue a recoger su equipaje, pero él lo tomó por ella. Aquel simple gesto tenía un significado especial para los dos.

“Nunca nadie me había sorprendido como lo has hecho tú”, le dijo él.

Se abrazaron largamente, él le decía que no se fuera más, aunque ella apenas estaba llegando a su vida. Luego, en el estacionamiento, se dieron un prolongado beso que fue interrumpido por las risas de los dos.

Esa noche tuvieron una cena inolvidable. El estaba cortés y amable como a ella le encantaba. Ella era cándida y genuina, tal como a él le gustaba. Estaban realmente enamorados y apostando a ese amor contra mil obstáculos.

Y entonces hablaron largamente, de cosas profundas, de cosas sin importancia, pero felices de estar juntos. Luego se fueron a la cama, se abrazaron una vez más, se miraron a los ojos e hicieron el amor con amor, con tanta ternura como si sus cuérpos fueran frágiles, como si se fuera a romper un hechizo, ese que los unía aún a través de los kilómetros y las semanas.

Y de repente el mundo dejó de girar, el tiempo se detuvo. Y pasaron esa noche muy unidos, sabiendo que siempre podría ser la última, y en consecuencia entregando todo lo que podían al otro y disfrutando de la compañía mutua, aún a pesar de las batallas internas que cada uno libraba.

Con paso del tiempo, la intensidad de él había ido bajando, y ella en cambio se había ido enamorando más y más. El bajo perfil que ella conservaba al principio había desaparecido, pero ahora él era quien había adoptado una posición más reservada en la relación.

El optó por callarse. No quería herirla más de lo que lo había hecho. Pero era precisamente esa lejanía la que la mataba lentamente.

“Necesito saber qué ha pasado, necesito respuestas”, le dijo ella con el corazón roto.

“¿Por qué simplemente no sueltas todo? Olvídame”, le expresó él con una dureza aparente que ella sabía que era parte real, parte mecanismo de defensa.

Después de un largo silencio, las palabras salieron ahogadas de su boca. “Probablemente traje mucho equipaje”, dijo ella, “No debí dejar que lo cargaras tú”.

El le lanzó la frase fría e inesperada antes de voltearle la cara: “Cuando llegaste, en realidad yo estaba esperando a otra persona”.

Sólo para gente inteligente que sabe ver las cosas en más de una dirección. Empieza a leer...

viernes 17 de octubre de 2008

Negación

Se me prohibió la dicha de nadar en sus ojos,
de sentir su mirada de tanta sutileza,
ese dulce remanso donde nunca hay enojo
y dice lo contrario a lo que su boca expresa.

Se me ha negado el premio, el dulce privilegio
de sentir su presencia que llena todo el cuarto
y que enciende una hoguera en mi vida de hielo,
que ilumina mis luces y espanta mis espantos.

Se me impidió el regalo de esa voz que es tan tierna
aún cuando no lo quiera, por la cual sus palabras,
triviales o profundas, en mi mente se siembran
y danzan en mi oído, y me abonan el alma.

Se me negó el acceso a su aroma de cielo,
a perderme en su beso y encontrarme en su abrazo,
a recorrer su espalda, a acariciar su pelo
y a hacer de nuestras manos una ofrenda y un lazo.

Y me ha sido vetada su sonrisa inocente,
que brota desde dentro y que no esconde nada,
esa que cuando surge tan espontáneamente,
hace que la luz llegue en el alma apagada

Me dijeron que todo ya quedaba olvidado,
que soltara ese mundo que habíamos construido
como si el amor nunca nos hubiese tocado
como si nuestras vidas no se hubieran fundido.

Me mudaron a un álbum de estampas olvidadas
guardado en una caja, en un rincón oscuro
y al exilio forzoso de las cosas pasadas
se enviaron las promesas y sueños de futuro.

He sido condenado al silencio y la ausencia,
a un olvido insensible, a un destierro obligado,
porque es mucho más fácil el negar mi existencia
que enfrentarse a la pena de no estar a mi lado.

Pero queda el consuelo, me dice la experiencia,
de que todo este embargo, tanta vida incautada,
en un desesperado afán de subsistencia
es sólo una estrategia, parte de una fachada.

Quizás porque mis ojos, mi voz y mi presencia,
mi aroma, mi sonrisa y también mis palabras,
en vez de molestarle o causarle dolencia,
surten el mismo efecto, y le roban la calma.

Porque aunque su recuerdo todavía me atormenta
mi recuerdo anda suelto, por más que se lo niegue,
y en una de estas noches sentirá mi presencia
en medio de sus sueños, cuando menos lo espere.

Y aunque suene arrogante, y quizás inconsciente,
que lo siga intentando, que nada se lo impide,
porque quien me conoce, difícil que se ausente;
porque quien llega a amarme, difícil que me olvide.

Nota del 10/20/08:
Me pregunta un amigo:
"¿Y por qué le pusiste ese nombre al poema?"
"Y bueno, porque me negaron esto, me negaron aquello..."
"Ah, yo pensaba que era por el mecanismo de negación"...
Y que de repente se me prende un bombillo. Y que me pongo a navegar en la web. Y que encuentro en un portal llamado grafoanalisis.com una respuesta plausible al misterio que me ha dejado tan traumado...
Es increíble que al soltar las preguntas lleguen solitas las respuestas... Increíble y muy triste a la vez:

La NEGACION puede definirse en la forma que sigue:
a) Afirmación de ideas contrarias al impulso del conflicto (odio, etc.), el cual se rechaza o no se activa su aceptación.
b) Táctica del avestruz (olvidos de hechos, datos, etc.) que evade la realidad mediante la ensoñación.
c) Autoprotección mediante la negación ante realidades desagradables y aspectos dolorosos, tanto de sí mismo como de los demás.
d) Negación del miedo (negación de la realidad) mediante el alarde fantasioso de fortaleza o de la realidad a través de la realización fantasiosa de deseos (neo-realidad).
e) Rechazo de lo dicho, pensamientos o sentimientos formulados o desmentidos, según la forma de decirlo (no es mentira consciente).
f) Reacción defensiva ante la información contrariante “objetos perseguidores” mediante la crítica o la transformación de los datos.
g) Auto-convencimiento de que el objeto de sus deseos “no merece la pena” como en el caso de la zorra y las uvas de Jean de la Fontaine: ....la zorra al no poder alcanzar las uvas, dice: “Bah, están verdes”.

RACIONALIZACIÓN
Es la búsqueda o invención de justificaciones incorrectas, aunque tranquilizadoras, de los deseos y afectos sin violentar los principios éticos morales para encubrir las verdaderas motivaciones de los mismos.
Es la negación, evitación o traslado mediante razones o argumentos (deformados) de los conflictos, frustraciones, fallos, interpretados con "lógica" y trasladados a la esfera intelectual-teórica para convencerse de que no se tiene la culpa por no percibir las verdaderas motivaciones. Se actúa por la necesidad de auto-convencerse mediante un "proceso de elevación de un motivo" como forma de justificar un cierto comportamiento o la comprensión objetiva de los elementos que hayan conducido al fracaso.

domingo 12 de octubre de 2008

Ítaca

A mi amiga Desirée le debo mi gusto por el poeta alejandrino Constantino Kavafis. Por ella conocí, sobre todo, el poema que más abajo transcribo y que se ha convertido en mi fuente de inspiración. Para poder disfrutarlo aún más, tuve que hacer todo el repaso de “La Odisea” de Homero, una obra que se puede calificar con muchos adjetivos, pero en este caso la consideraré como “mortificantemente deliciosa y fuñona”. Creo que La Odisea le deja al lector más tarea que mi profesor de álgebra del colegio.
Antes de leer el poema, y repasando la historia del libro, así más o menos va la cosa:

Este tipo que se llama Ulises, sale de la guerra de Troya y comienza el viaje de regreso a su patria Ítaca. Lo que el tiguere no sabe es que tardará en llegar a Ítaca más de veinte años, en los cuales recorre el Mediterráneo y vive todo tipo de aventuras, buenas y malas, difíciles de olvidar (¡me acabo de dar cuenta de que me pasó lo mismo en el crucero de hace dos años!).
Pero Ulises finalmente llega a Ítaca, tras el requetelargo viaje, y allí le esperan su esposa, la paciente Penélope (a quien le han cantado hasta en bachata), y su hijo Telémaco (el cual tuvo suficiente tiempo para cambiarse el nombre antes de que papi llegara).
Ítaca ha cambiado mucho en el tiempo que ha estado fuera, (yo hubiera querido decir lo mismo a mi regreso a Santiago después de la maestría) pero el propio Ulises también ha cambiado (al menos ahí sí puedo hablar con la boca llena).
Pero bueno, ya sin chistes, a mí me ha pegado muy fuerte la historia, y el poema, porque me veo reflejado en muchos de sus elementos:

Yo he sido Odiseo, el que se enmascara, el que de alguna forma no se reconoce a sí mismo.
Yo he sido Penélope, la paciente, la que espera por años por alguien que no tiene fecha de llegada. Penélope la fiel, la que teje de día y desteje de noche para que los demás sepan que su corazón está comprometido.
Yo he sido Ítaca, el punto de llegada de alguien que hizo un viaje para venir hasta mí y al llegar ya no reconocía esa tierra que le esperaba. Yo soy Ítaca, la que no tiene nada para ofrecer más que sí misma. Yo soy/fui/seré el punto de salida y el punto de llegada para alguien.
Yo he sido un navegante más, he perecido en el mar, he sucumbido al canto de las sirenas, he sido devorado por cíclopes y al final me he quedado a mitad de camino.

Pero sobre todo, hoy soy Ulises, el arrojado, el aventurero, el que quiere llegar a Ítaca, y a sí mismo, enfrentando toda clase de monstruos que lo quieren distraer o hacer fracasar. Llegar cuando me toque, sin prisa, disfrutando este camino y aprendiendo mientras lo recorro. Sin preocuparme de que hace mucho que salí, o de que falta mucho para llegar.

Aquí les va el hermoso poema de Kavafis:

ITACA

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción
que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre,
Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto,
con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

C. P. Kavafis

Ahora ven por qué, aunque en mi blog no suelo incluir trabajo ajeno, he querido compartir esta genial obra que me ha dado en el clavo casi un siglo después de haber sido creada.
Ítaca es la aventura de buscarse a sí mismo, de ser uno mismo, y no hay mejor momento para mí que éste para descubrir las maravillas y los peligros de este viaje…

Dijo Lewis Carroll que si uno no sabe a dónde va, cualquier camino lo llevará allí. Por eso me siento tranquilo, porque yo tengo clara cuál es mi Ítaca, pero no tengo idea de cómo ni cuándo llegaré allí. Por eso el camino a Ítaca es lo que me importa ahora, las posibilidades que me brinda, los peligros que me acechan, los maravillosos acontecimientos que me promete este viaje a lo largo de mi vida.

En ocasiones se me ha olvidado desde dónde salí, hacia dónde es que voy, y he navegado solamente por navegar. Otras veces izo mis velas y me entrego por completo a la aventura, con Ítaca firmemente plantada en mi cabeza, listo para enfrentar a mis monstruos, listo para encontrar mis tesoros. Todos ellos dentro mío, como dice Kavafis.

Y de vez en cuando, como ahora, me paro cansado sobre cubierta, solo, a ver el mar beberse el sol, y de repente llegan ellas, las preguntas, mis eternas acompañantes de este viaje, ya casi parte de la tripulación. Y me rodean los cuestionamientos, me asaltan las dudas, me atormentan ellas, las preguntas. Y me hacen pensar más de la cuenta…
Tal vez lo importante no es la meta, sino el camino hacia ella
Tal vez lo importante no es el camino, sino quien lo recorre
Tal vez lo importante no es quien lo recorre, sino por qué lo hace
Tal vez lo importante no es el porqué, sino la decisión de hacerlo
Tal vez lo importante no es decidirlo, sino hacerlo bien
Tal vez lo importante no es hacerlo bien, sino disfrutarlo
Tal vez lo importante no es disfrutarlo, sino enfocarse en la meta…

Entonces, justo en el instante final del atardecer, en el del rayo verde, me sacudo, ya cansado de sus insidiosas maquinaciones. Me decido y las agarro a todas, y las amarro y las lanzo fuera del barco.
Cuando escucho el sonido de aquel pesado fardo que ha caído al agua, me doy cuenta por fin de que la nave se aligera, y de que para que el viaje sea más satisfactorio, lo importante, lo realmente importante, es no seguir esperando las respuestas que no llegarán, sino finalmente olvidarme de las preguntas para así encontrar la paz y ser libre.

Miro entonces hacia el cielo y grito la útima pregunta que me queda: "¿Dime, voy bien?" Y en ese momento un viento cálido hace que las velas se inflen, como henchidas de orgullo.

Que no hay vuelta atrás. Que éste es MI viaje. Que el capitán de esta nave soy yo, he dicho.

sábado 27 de septiembre de 2008

En el Cementerio

Mini-Teorema para consolarse en el dolor: El amor no muere nunca
Demostración:
(1) "El amor es energía que lo abarca todo", según Brian Weiss, a quien nunca he leído ni pienso leer (pero una búsqueda en la web me arrojó que él había escrito eso, y yo lo creo).
(2) Un clásico enunciado de la física newtoniana (ley de la conservación de la energía) que aprendimos todos en la escuela dice que "La energía no puede crearse ni destruirse, sólo se puede cambiar de una forma a otra"
Conclusión:
Por (1) y (2) obtenemos que:
El amor no puede crearse ni destruirse, sólo puede cambiar de una forma a otra.
L.Q.Q.D.

Siendo esto así, y sabiendo que el amor viene de Dios, quiero pensar que todo lo que uno invierte en pos del amor no muere, sino que de alguna manera vuelve a El y El lo devuelve transformado en otra forma de amor, probablemente más puro. De otra manera, los heridos de amor tirarían la toalla y dejarían esta vaina para dedicarse a algo más productivo.

Este simple pensamiento me dio fuerzas, y quería compartirlo. Y como estoy en etapa poética, y hay que aguantarme así, publico aquí mis notas del momento en que empecé a pensar sobre ésta y otras cuestiones, en frente del cementerio de los jesuitas en Manresa. (La verdad es que cuando uno tiene la mente puesta en una cosa, la ve donde quiera, en este caso hasta en un cementerio).

Treinta y dos cruces pequeñas
plantadas sobre la tierra
y lucen como si hubieran
brotado realmente de ella,
me dicen, más bien me gritan
que el tiempo es corto aquí afuera.

En cada cruz hay un nombre,
y cada nombre recuerda
la vida y obra de alguien
que ya no está en esta tierra.
Una que otra cruz exhibe
un jarrón de flores frescas.
Otras se ven solitarias.
Esas, acaso más viejas,
lucen como si hace tiempo
visitas no recibieran.

Y yo me pregunto entonces
¿Por cuánto tiempo pudiera
ser un nombre recordado
después de que alguien partiera?
¿Acaso algo de nosotros
logrará pasar la prueba
del tiempo, que todo borra
hasta del amor su huella?
¿Qué cosas de las que hacemos
con tanta pasión y entrega
en el corazón del otro
llegarán a ser perpetuas?
¿Y quién irá a recordarnos?
¿Acaso habrá flores frescas
en la cruz del cementerio
del amor que una vez fuera?

Suspiro y vuelvo al presente:
Treinta y dos cruces pequeñas
encima del camposanto
me miran desde la tierra
En cada cruz hay un nombre,
escrito en pintura negra
y debajo de ese nombre
separadas hay dos fechas
por un guión tan pequeño
que es casi una incongruencia,
como si en esa rayita
abarcar se pretendiera
todo lo que en esta vida
a esa persona ocurriera.
En el guión se reducen
esperanzas y quimeras
amores, gratas memorias,
proyectos, planes, ideas,
y todo lo que acumula
el alma en esta existencia.

Una diminuta raya
que en su pequeñez revela
lo frágil y transitoria
que puede ser la existencia.
En ella también se guardan,
en un centímetro apenas,
los tropiezos, las caídas
y las heridas de guerra,
los fracasos, desaciertos,
miedos, errores, tristezas,
y todas aquellas faltas
que esa persona tuviera.

Y yo vuelvo a preguntarme:
¿Dónde se va, dónde queda
lo que uno le entrega al otro,
lo que el otro a uno le entrega?
¿Se olvidan las cosas malas
y permanecen las buenas?
¿Subsisten los sentimientos
y se olvidan las ofensas?
¿Dónde se van tantas cosas?
Lo vivido, ¿Dónde queda?
¿Y los amores que mueren
de súbito y a la fuerza,
quedan en un limbo eterno
como las almas en pena?
Si se entierran las personas,
¿el amor, dónde se entierra?

Detrás de este cementerio
donde ya no crece hierba
sólo se ve el horizonte,
y el mar que nunca se aquieta,
el mar repleto de vida
y también de cosas muertas
siempre igual, siempre distinto,
el mar que no se sosiega.
No lo entiendo, no es posible,
no me cabe en la cabeza:
Cómo existe tanta vida,
tanto amor, tanta belleza,
sepultados bajo el agua
y en el fondo de la tierra;
cómo existe tanta muerte,
tanto dolor, tanta pena.
sepultados bajo el agua
y en el fondo de la tierra

Tanta vida, tanta muerte.
Lo mismo ocurre allá afuera,
alrededor de nosotros,
como librando una guerra.
Tanta vida, tanta muerte,
dentro de nuestra existencia,
en cosas que cada día
nos matan y nos renuevan.
Tanta vida, tanta muerte,
como en una gran orquesta,
en el interior de alguien
que el corazón eligiera
para ser su acompañante,
como la persona cierta
con quien compartir la vida
hasta que la muerte venga.

Al fondo del cementerio
hay una cruz grande y recia,
al centro, como cubriendo
a las otras más pequeñas,
como quien acoge al otro
con las manos siempre abiertas,
como un faro que ilumina,
como un amigo que espera,
como un punto de partida,
y a la vez como una meta.
Por ella tiene sentido
todo el dolor de esta tierra,
por ella las otras cruces
adquieren su fortaleza.
A sus pies yo deposito
todo lo que ahora me aqueja
y me levanto triunfante
sabiendo que por su fuerza
la vida sigue viviendo
y la muerte ya está muerta.

viernes 19 de septiembre de 2008

Contemplación de la Piedra

Sí, lo sé, se supone que el tiempo de contemplación que viví haya servido para acercarme a Dios. El resultado está claramente influenciado por una situación que me mantenía la mente y el corazón nublados. Pero uno no debería aislarse de la realidad para escuchar Su voz, sino por el contrario, tratar de verlo y encontrarlo a través de las situaciones que nos ocurren, de las alegrías y las penas que nos ocupan a diario.

Precisamente eso fue lo que me ocurrió. Y la claridad de pensamiento que me fue regalada vino acompañada de lágrimas y finalmente de paz (creo que lo contrario de la tristeza no es la alegría, sino la paz).

Poco a poco voy entendiendo que todos estamos de paso en esta vida en un lento y largo aprendizaje sobre el amor. Y que la mayoría de las veces nuestras desolaciones vienen porque no pasamos un examen o no entendimos una clase. Pero las clases siguen, sólo que cambian los temas, o acaso los profesores. Y los alumnos seguimos cometiendo errores en nombre del amor.

La pregunta sería entonces, ¿Cómo saber si estoy aprendiendo a amar de verdad? La respuesta es sencilla, pero muy fuerte: Aprende a amar como El dueño de esta escuela de la vida. O sea...
El quiere siempre lo mejor para mí, pero a la vez me da la libertad para que sea yo mismo quien lo procure. Sabe que lo necesito, pero a la vez quiere que yo crezca, y me ayuda si se lo pido. En todo momento me ama, sin importarle mis imperfecciones ni mis errores. Y si me alejo de El, cuando regreso me sigue amando sin reproches ni exigencias. Sólo amor.

Por eso El quiere que crezcamos hacia adentro y que purifiquemos nuestra intención, para que podamos ver el reflejo de Su amor (ágape) en el rostro de un amigo o familiar (philos) o en el rostro de una persona en específico (eros). Siempre recordando que son reflejos, nunca la fuente original del amor.

¿Las dudas sobre esta clase que estoy tomando? Van desapareciendo poco a poco. ¿Mi nota en el examen? Sólo puedo decir que me guayé, y que aún me estoy sobando, porque duele. Pero es un dolor acompañado, y que adquiere sentido cuando se vive al lado del Matatán, ese que me está tendiendo Su mano para salir del atolladero...

Contemplación de la Piedra

No puedo cambiar la piedra,
seguirá siendo una piedra
de superficie rugosa
y de aristas imperfectas,
con un interior tan duro
como dura es su apariencia.

Sólo el paso de los años
con el viento y la marea
podrá lograr que se alise,
que se rompa o que se mueva,
pero quizás para entonces
no estaré yo para verla,
o simplemente en mi vida
existirán otras piedras.

No puedo entender la piedra
ni su corazón de piedra,
ni puedo hacerme de piedra
para entender a la piedra,
ni apartarla de su mundo
para dejar de ser piedra.

Sólo tengo que aceptarla
y asumirla como piedra:
dura, firme, seca, inmóvil,
igual que las otras piedras;
sin ver en ella un tropiezo,
ni utilidad, ni herramienta,
ni ornamento, ni tesoro,
ni una pared en potencia,
ni vestigios de montaña.
Es solamente una piedra.

No puedo cambiar la piedra.
No puedo entender la piedra.
Tan sólo debo aceptarla,
tan sólo puedo quererla.
Y tal vez así yo logre
desprenderme de la piedra,
de todos los sentimientos
que me produce la piedra,
de mi sueño, de mi idea
y mi concepto de piedra,
de pensar que acaso es mía
o que debo protegerla,
o esperar a que algún día
se convertirá en arena.

No puedo cambiar la piedra
ni puedo entender la piedra,
pero puedo amar la piedra
a pesar de que sea piedra,
o tal vez precisamente
debido a que es una piedra.

Así sabré finalmente
porque estoy ante esta piedra
y la veo tan fijamente
hasta que dejo de verla.
Entonces cierro los ojos
para que su imagen vuelva,
Los aprieto firmemente;
cuando los abro de vuelta
me doy cuenta de repente
que estoy dentro de la piedra.

lunes 15 de septiembre de 2008

Contemplación de la Nube

Meditando el Salmo 8 y el Principio y Fundamento de San Ignacio, entendí finalmente dónde estaba yo parado: Justo en el medio entre Dios y la creación que El hizo para mí. Me tomo el atrevimiento de parafrasear un extracto: "Las cosas son creadas para que le ayuden al hombre. De donde se sigue que el hombre ha de usar de ellas en cuanto le ayuden a su fin. Y ha de quitarse de ellas cuanto para el fin le impidan... Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas."

Y entonces empecé a ver claramente que, como todo aquel que ha experimentado una pérdida, estaba yo siendo preso de las cosas que en principio fueron puestas ahí para mí. Me estaba quedando en los objetos, refugiándome en ellos, y perdiendo la esencia. Y ya yo no era dueño de la flor, de la música, de la foto, de la botella de vino... en vez de pertenecerme, yo les pertenecía. Tenían dominio dobre mí, decidían la suerte de mi día sólo con aparecerse en el lugar y la hora correctas como para que yo me quedara allí colgado con ellas. Y no es verdad, porque yo estoy por encima de todo eso. Y por debajo de Dios.

Por eso, casi a manera de exorcismo, escribí estos versos destinados, como dice Serrat: "A ninguna parte, a ningún buzón". Ojalá que sirvan para aquellos de ustedes que se han quedado "enchivados", patinando en el recuerdo de las cosas y en vez de verlas con alegría, las ven todavía con añoranza (ignorancia). Este es el primer paso en la cicatrización de las heridas de aquellos que han visto partir a un ser querido.

Contemplación de la Nube

Hoy me he puesto a ver las nubes
como hacíamos tú y yo juntos
frente al lago, bajo el cielo, entre el verde y el azul.
(“Cirros, cúmulos, estratos,
no se olviden de los nimbos y demás combinaciones”
,
les explicaste a tus niños
mucho antes de que existieran nuestras sesiones de nubes).

No lo hice por masoquismo
ni para poder hallarte en sus formas y colores.
Lo hice porque quise hacerlo,
porque sentí que podía,
porque siempre existen nubes para poder contemplarlas,
porque no son nuestras nubes, ni tus nubes, ni mis nubes.

Al hacerlo me di cuenta
de que no estás en la nube
ni en mi percepción de nube
ni en mi recuerdo de nube.
Y descubrí que tampoco estás en todas las cosas
como hasta ayer yo pensaba.
No estás dentro de las fotos, ni en las cartas y canciones,
ni en el café matutino, ni en el jarrón con las flores,
ni en los aromas que guardo y repaso en mi memoria.

Todos ellos, como nubes, van cambiando poco a poco,
se mueven hacia otro cielo o se convierten en lluvia.
Son sólo la utilería para recrear una escena;
tú y yo somos los actores al final del primer acto.

Tú no estás en esas cosas que envejecen y se dañan.
Donde estás y estarás siempre
es en el centro del alma, del lado izquierdo del pecho,
donde plantaste tu tienda.

Allí no se oyen canciones, allí no llegan las cartas,
no hay aromas ni colores, ni flores que se marchitan,
ni café por las mañanas.

Allí sólo hay la certeza de una verdad revelada:
Un amor que no es de nube,
no se mueve ni se marcha,
porque no es amor humano,
es una llama sagrada que nunca podrá extinguirse.

Es allí donde tú habitas,
pero tampoco es tu espacio,
ese espacio tiene Dueño.
Tú y yo somos sólo leños
en este fuego bendito
que Dios ha puesto en mi alma.

domingo 14 de septiembre de 2008

Los Gritos del Silencio

Hace años, cuando era un imberbe que no sabía nada de la vida (como si ahora supera algo, vaya), los Hermanos de La Salle solían hacer retiros que incluían media hora de "desierto", invitando a un lugar de silencio y soledad para escuchar la voz de Dios. Aquella media hora me parecía un siglo, un desperdicio, sobre todo para una gente tan parlanchina y extrovertida como yo. Cabalmente cumplía con mi ejercicio, pero no creo que le sacara mayor provecho.

Ya de adulto opté por refugiarme en varias ocasiones en el Monasterio de los Monjes Cistercienses de Jarabacoa, pero aquello más era un descanso, un spa espiritual, sazonado por los cánticos de los monjes y su misticisimo. Fui sin ninguna necesidad, sin ninguna expectativa, y salí descansado, satisfecho y en paz, tanto que pienso volver por cuarta vez este año.

Sin embargo, este fin de semana fui invitado a un retiro de silencio, iniciación a los ejercicios espirituales de San Ignacio. Muy malo el timing, pensé yo, pues hay demasiadas cosas en mi cabeza y en mi corazón como para meterme en un retiro de silencio. Las últimas dos semanas he estado experimentando un dolor sin precedentes, una soledad desconocida, y me la he pasado en una montaña rusa emocional plagada de las emociones más variopintas: Tristeza, angustia, rabia, ansiedad, desilusión y otros sentimientos negativos. Me recetaron pastillas pero me negué a tomarlas, pensé que serían como los esteroides para los atletas, que les dan una fuerza aparente pero irreal.

Y hablando de atletas, me llamaba mucho la atención esto de los ejercicios ignacianos, pues una vez estuve en un grupo relacionado con ello y que lamentablemente tuve que abandonar por los afanes de la vida diaria. Para que un buen programa de ejercicios (físicos o espirituales) sea efectivo requiere práctica constante, buena alimentación, disciplina y en muchos casos un entrenador personal. Pero sobre todo requieren disposición, voluntad. Y de eso yo no he tenido mucho últimamente.

Pensé en irme a Santiago, allí me esperaba una oferta atractiva para ahogar mis penas en alcohol, nicotina, cafeína, música alta y otros pequeños diablitos que ayudan a la evasión. Y el día antes llamé al Padre Franchy, y le conté lo que me pasaba. Franchy, con su calma acostumbrada, me dijo que precisamente, si yo estaba como estaba, era presa fácil del "mal espíritu", que le diera una oportunidad al Espíritu de Dios a ver si podía hacer algo diferente en mí. En otros tiempos me hubiera reído de sus palabras, pero después de todo tenía razón, la idea del bien y el mal luchando dentro de una persona es tan antigua como la historia misma, y tan reciente como la tesis planteada en la última película de Batman. Y decidí que me iba a dar un chance. O que se lo iba a dar a Dios, con quien había tenido durante varios días unas conversaciones medio extrañas.

Me aparecí el viernes en Manresa Loyola con más miedo que vergüenza. Inmediatamente solicité ver a la persona que dirigía el retiro y me tranqué con ella en una oficina. "Mire, Clara, yo no debería estar aquí", le dije con voz firme. Con una dulce mirada y una voz tierna me preguntó por qué. Y yo le dije: "Porque..." y me eché a llorar ante aquella desconocida, sin saber por qué, y le confesé que tenía mucho miedo de la soledad. Clara me aceptó mi negociación de que me quedaría solamente esa noche y que decidiría en la mañana lo que iba a hacer. Esa bribona sabía muy bien lo que realmente ocurriría, sobre todo porque escribió en un papel que nos entregó antes de iniciar: "Vienes quizás como llegó San Ignacio a su casa después de la derrota de Pamplona: Herido y enfermo". Ahí me agarró.

Para hacer el asunto aún más extremo, en una casa de retiro para aproximadamente 100 personas, sólo habíamos cinco, contando a la guía. Una amiga de una amiga, con quien cada vez que me junto empezamos "tililá-tililá", una señora muy formal y muy buena que empezaba todas las frases diciendo "Por el poder de Dios" (hay que imaginarse aquello, "Por el poder de Dios me voy a ir a acostar", too much!), y una joven calladita de quien no conocí mucho. Tres de ellas eran educadoras, lo cual me llamó poderosamente la atención debido a los pensamientos que he ido desarrollando al respecto en los derroteros de mi mente en los últimos tiempos.
En fin, aquel lugar inmenso solo para nosotros cinco, con unos jardines hermosos frente al mar, me parecía una cárcel, y el fin de semana una penitencia por los errores cometidos. Este domingo en la tarde se me hacía muy lejano hace 48 horas.

La metodología era tal que sólo teníamos media hora de orientación en grupo, dividida en dos sesiones, y media hora de acompañamiento espiritual individual. El resto, incluyendo las comidas, era todo en silencio. Los ejercicios se dividían en dos partes: Una de meditación hasta el sábado en la tarde, y otra de contemplación, hasta el domingo en la tarde. De verdad que mete miedo. Pero por otro lado yo estaba cansado y herido, como decía el papel, e igual podría servirme de descanso aquel experimento.

No voy a entrar en detalle de cómo fue transcurriendo el proceso interno, pero puedo decir que fue doloroso, lento, lleno de lágrimas y desesperación al principio, pero poco a poco se fue transformando en una oportunidad para acallar tanto ruido que no me deja pensar claramente.
Lo primero fue que al leer la lectura del ciego de Jericó (Mc 10, 46-52), entré inmediatamente en un pleito con Dios. "¿Cómo se te ocurre seguir de largo si me ves tirado en el suelo y pidiendo ayuda? ¿Por qué quieres que te grite y que te insista? ¿Por qué me preguntas que qué quiero si lo sabes mejor que yo?" Fui buscando esas respuestas, con rabia y dolor, y las fui hallando, una a una, de una manera hermosa y sutil como sólo El puede hacerlo.

Esa noche, después de pedírselo mucho a Dios en oración, pude dormir ocho horas de corrido por primera vez en quince días, sin pesadillas y sin llanto. Me despertó, de hecho, mi propia risa, no el despertador (una clara prueba de que mi oración había sido escuchada). Durante el día en las sesiones de meditación tuve oportunidad de cambiar mi petición de "¡Señor, escúchame!" a "¡Señor, háblame!", y luego de más silencio y oración el ruego cambió de "¿Señor, qué quieres que haga?" a "¿Señor, qué quieres que sea?". Una evolución lenta, pero segura, hacia el lugar de encuentro con Dios.

Al día siguiente la batalla siguió. Y digo batalla porque cualquiera pensaría que uno en silencio está en paz. A la larga sí, pero no sin antes pasar por toda suerte de obstáculos. No fue un proceso fácil, luché contra mis demonios internos, contra mí mismo, y finalmente me cansé de luchar y me senté, vencido, en un banco frente a un cementerio. Ya para entonces llegó un momento en el que fui capaz de escuchar de dónde venía y a dónde iba el viento, pude distinguir el canto de al menos siete pájaros distintos, pude observar la trayectoria de una hormiga, pude seguir la mutación de una nube. Entonces, al cabo de un rato, el silencio empezó a gritar...

Entendí finalmente que buscar un momento para mí mismo, para mí solo, nunca será saludable, y con razón le tenía miedo, y con razón cada vez que me enfrentaba a esos momentos me auxiliaba del teclado, el control remoto, el IPod, el teléfono, y mil cosas más. Sin embargo, buscar una soledad habitada, un momento de intimidad con Dios, es lo que quiero y debo hacer para salvarme de morir en vida.

"Necesito un Salvador, y no soy yo mismo", decía uno de los breves textos que leí. Y por eso sé que cuando emerja de esta arena movediza, saldré con una fuerza nueva y mayor, que no viene de mí, sino de Otro que puede más, que lo puede todo. Y nadie podrá decir que soy un "self-made man", sino una obra de Dios. Por cierto, entendí que Dios no crea como lo hacemos en la fábrica, de la línea al almacén y de allí al cliente. En su caso somos un producto en proceso en todo momento, estamos siendo creados siempre. Por eso mi certeza de que puedo ser otra persona, una mejor persona, porque no depende sólo de mí.
Con respecto a los ejercicios de contemplación, ya habrá otras entradas en el blog.

Corro el riesgo se sonar a "convertío" al escribir esto (y me vale un cacahuate). Pero después de todo es mi blog, y en él vierto mis sentimientos, mis vivencias, mi sentir, qué carajo. (Y hasta puedo ser malcriado sin que nadie me corrija). No escribo con el ánimo de alardear sobre mi experiencia, sino para recordarme y recordar que el silencio es la patria de los fuertes, que el desierto es el lugar de encuentro con Dios, que cada vez más en esta sociedad y en esta época necesitamos sacar ese tiempo para El, nunca para nosotros solos. Y que donde quiera que me lleve el destino, tengo algo muy claro: Dios no es negociable, Dios no es postergable.

El dolor que me llevé el viernes lo traje conmigo de regreso, porque no fui a buscar soluciones mágicas. Pero esta vez me traje también la esperanza de que no estoy solo, mi Dios me acompaña en en todo momento y no me abandona. Es un Dios original y creativo, que en una ocasión me salvó a través del canto y los abrazos de un grupo de jóvenes locos y en esta ocasión se me hizo el encontradizo en la naturaleza, en el silencio, en mi propio interior. Es un Dios amantísimo al que le duele mi dolor y le alegra mi alegría.

Lo que se me ha revelado y lo que se me va a revelar me va a ayudar a salir adelante. Ya no estoy "sobreviviendo todo", ahora estoy, sobre todo, viviendo.

lunes 8 de septiembre de 2008

Temporada de Huracanes

De vez en cuando en nuestro interior empieza la temporada de huracanes. Y aunque pensemos que estamos preparados, y hagamos planes de contingencia, nada nos va a evitar la llegada de un temporal tan fuerte que ponga en peligro la patria del alma.

A veces lo que nos hace más daño es la ansiedad de pensar que se avecina la tormenta, y de que no sabemos con certeza cuándo entrará, cuánto durará y qué tanto daño hará. A veces es falsa alarma, y la espera desespera cuando nos obsesionamos con seguir la trayectoria de lo que nunca llegó, porque el amor de verdad alejó las bajas presiones que alimentan estos monstruos. A veces no es una sola tormenta, sino la suma de pequeñas tormentas a las que no dimos la importancia necesaria como para enfrentarlas y superarlas.

Vamos entonces aguantando las depresiones, tropicales o no, y la tierra del alma se va saturando poco a poco de toda el agua que traen y que corre a sus anchas por los surcos de nuestro rostro. Y viendo lloviendo, por fuera y por dentro, nos encerramos sin poder abrir puertas ni ventanas para sentirnos a salvo.

Y cuando viene finalmente el huracán, que usualmente tiene un nombre propio que se marca en la memoria para siempre, llega con tanta pasión y furia que convierte el agua que antes nos daba vida en lágrimas de muerte, y la brisa que usualmente nos acariciaba el rostro cada día, se transforma en un terrible viento que nos golpea con saña.

La esperanza y la alegría, que tercamente insisten en permanecer viviendo cerca del río de los sentimientos, tienen que ser desalojadas y refugiarse en donde puedan, hasta que la pase el ímpetu del fenómeno. Hay que protegerlas, teniendo especial cuidado con el engañoso corazón del huracán, y con el exagerado huracán del corazón.

Después llegan, en forma de amigos, los organismos de socorro: el comité de emergencias del alma, la defensa civil del espíritu, y sobre todo la cruz, roja o blanca, pero la cruz que nos habla de cómo del dolor puede renacer el amor.

Luego los ríos de la pasión vuelven a sus cauces. Y se reparan daños, y se reconstruyen los puentes rotos, y se limpian los caminos. La esperanza y la alegría, incorregibles y obstinadas, vuelven a ocupar sus viviendas. Y llega la calma, y sale el sol, un nuevo sol que brilla con más poderío en un cielo limpio que promete tiempos mejores.

Y aunque nada ni nadie nos quita que pueda volver otra depresión u otro ciclón, volvemos a tener fe en nosotros mismos, porque crecimos, porque fuimos capaces de sobrevivir y de salir adelante, más fuertes que antes.

De lo que sí tenemos que ocuparnos es de trabajar para detener el calentamiento global interno, porque los tiempos de locura en que vivimos nos hacen actuar egoístamente, sin pensar en el futuro, descuidando el equilibrio del sistema espiritual y malgastando recursos no renovables que tarde o temprano provocan el efecto invernadero en los corazones de los que amamos.

De vez en cuando en nuestro interior empieza la temporada de huracanes, pero es sólo una temporada, porque el alma siempre seguirá amando, cada vez con más peligros, pero cada vez con menos miedo.

lunes 25 de agosto de 2008

Explosión Para Dos - Ejercicio de Escritura

A veces, como ahora, la Musa se va con otro y me deja abandonado por mucho tiempo. Entonces retomo los ejercicios del Taller de Escritura. Aquí va uno...
Hacer un cuento corto que contenga las siguientes palabras:
pelotazo - transitorio - veloz - alegre - coche - rojo - sexual - bomba.
Y el resultado, un poco traído por los pelos, es este:

Explosión Para Dos

Mientras se aparcaba en la estrecha cochera y apretaba el botón que cerraba la puerta metálica, se preguntó si en realidad aquello no iba marchando a un ritmo muy veloz, si acaso no estaba dejándose llevar más por el instinto que por las ganas de acompañar su soledad. Tan solo de verla la primera vez había sentido como si le hubieran dado un pelotazo en la cabeza, estaba aturdido y sentía una gran ansiedad de estar con ella aunque aquello implicase todo el riesgo del mundo, sobre todo después de las alertas que había recibido últimamente.

Ella a su vez recordaba, mientras se bajaba del coche, que al verlo la primera vez de frente le habían temblado las rodillas, la voz y la voluntad, en ese orden, y supo desde ese instante que sería suya irremediablemente. La misión que le habían encomendado era otra, pero tuvo que dejar de lado los ideales políticos ante la presencia de aquel hombre que la hechizaba y la ofuscaba. Sabía dentro de sí que aquello no sería un deslumbramiento transitorio, sentía que tenía que entregarle su alma y su cuerpo, aunque esto le trajera problemas si se enteraban los del grupo.

Mientras sus mentes repasaban los eventos de la tarde anterior, sus miradas se cruzaron de nuevo y en ese momento el volvió a sentirse aturdido y ella temblorosa, pero esta vez también sentían algo más. En el aire había un aroma de aventura y complicidad, él estaba alegre y ella lo sabía. Ella estaba serena y decidida y él lo sabía.

El se despojó de su camisa, ella dejó caer al piso su vestido rojo. El se despojó de sus temores, ella dejó caer al piso su vergüenza. El cortejo se redujo a posar las miradas correctas en los lugares correctos y en el momento correcto, el silencio del ambiente tenía una enorme carga sexual, y así fue cómo las miradas luego pasaron a ser caricias y estas a su vez se convirtieron en gemidos.

Ya en posición horizontal supieron lo que anhelaban saber: El sentía que su soledad estaba acompañada, ella sentía que le podía entregar su alma a aquel hombre. Fueron uno solo, acompasados fueron de jadeo en jadeo in crescendo hasta que él sintió la explosión que lo consumía.

Al día siguiente se leyó en los diarios: "Muere en atentado el senador Gutiérrez tras explotar bomba en motel."

miércoles 13 de agosto de 2008

Indocumentado, o el poder de Fátima

Ministerio del Interior
Jefatura Superior de Policía de Barcelona
Comisaría de Distrito Universidad

Tengo el honor de participar a V.I. que a las 14:03 horas del día de hoy, 13 de agosto del 1996, ha comparecido ante esta dependencia quien dijo ser SIMON EDUARDO DE CASTRO MOREL, de nacionalidad DOMINICANA, indocumentado, nacido el 13 de mayo del 1970 en Santiago, Rep. Dominicana, hijo de SIMON y de LILIANA, al que le han resultado sustraídos:
PASAPORTE (# 95019868), UN BILLETE DE VUELO MADRID-PHOENIX, TRAVEL CHEQUES POR VALOR DE 200 DÓLARES, UN BILLETE DE TREN DIRECCIÓN BARCELONA-MURCIA PARA HOY.
El cual manifestó: Que siendo las 8:00h del día de la fecha, y mientras se encontraba en el Hipermercado Esclat sito en la c/San Antonio, autor/es deconocido/s le ha/n sustraído una riñonera conteniendo los efectos reseñados.
Caso de ser hallados dichos efectos, se comunicaría a este juzgado.
Barcelona. 13-08-1996


Así dice la carta de la comisaría que me fue emitida en Barcelona en el año 96 y que aún conservo en mi álbum de fotos, como recordatorio de que en un segundo se te puede transformar la vida (quise escribir "se te puede joder la vida", pero suena muy feo para ponerlo en el blog, así que no lo escribí). Pero vayamos un poco atrás, tres días para ser más exactos, en el momento en que los cuatro fantásticos que recorríamos Europa con mochilas rompíamos el grupo y soltábamos en banda a Pablo, supuestamente más despistado que el resto de la tropa: Manuel, Julio y yo.

"Pablo, ten mucho cuidado en lo adelante", le decía yo en la estación de Niza, donde él tomaba un tren a Madrid y nosotros uno a Barcelona. "De aquí en adelante andarás solo, y tú sabes que a los turistas nos tienen acechados para robarnos", le explicaba con mi complejo de mamá gallina. (Por cierto, ese mismo día en Argentina había muerto el papá de Pablo y nos enteramos todos tiempo después)

Vayamos más atrás, un mes atrás aproximadamente. "Mijo, ten mucho cuidado", me decían mis padres, "anden siempre juntos y esto y aquello". "A mí en Barcelona me carterearon una vez", me decía mi tío Jorge. Y fue tanto lo que me dijeron, que andaba con la riñonera, cangurera o como se le llame, amarrada encima de día y de noche, y hasta dormía con ella puesta en los hostales, no fuera cosa que me la quisieran quitar.

La experiencia había sido maravillosa. Yo viajé desde Arizona, Manuel estaba en Francia, Julio viajó desde Dominicana, y Pablo llegó desde Argentina. Los cuatro partimos en lo que hasta ahora ha sido la mejor aventura de mi vida. Tres semanas en Europa: París-Brujas-Bruselas-Amsterdam-Colonia-Heidelberg-Strasburgo-Niza/Mónaco-Barcelona. Aquí nos separamos y yo seguía Murcia-Granada-Madrid. Comíamos en las aceras, no sabíamos dónde dormiríamos al día siguiente, y entre trenes, autobuses, tranvías, barcos y bicicletas, recorrimos felices cada ciudad de un viaje lo suficientemente planeado como para que se le sacara provecho y a la vez lo suficientemente libre como para que las cosas fueran espontáneas.

En Barcelona los tres que quedábamos nos hospedamos en casa de mi querido Miquel Collel, esposo de mi amiga Eugenia, y por primera vez en tres semanas recordamos lo que era agua caliente y cama mullida. Manuel y Julio se marcharon a Madrid y yo me quedé un día más. Esa noche Miquel y yo bebimos como enajenados. "La penúltima", me decía Miquel cada vez que me veía la intención de pedir la cuenta. Al día siguiente Miquel se iba de la ciudad, de madrugada por cierto, y me dejó, con solo tres horas de sueño a las siete de la mañana, en la estación de Barcelona-Sanz. Yo metí mi mochilón en consigna y me iba a dirigir al museo de Miró y a Barri Gotic, pero a esa hora de la mañana necesitaba un café, que en esos tiempos no existía el Red Bull, vamos.

Me dirigí al hipermercado Esclat (¿cómo olvidar ese nombre?) y en el baño del lugar miré mi rostro resacado en el espejo y decidí que debía lavarme la cara y mojarme la cabeza para despabilarme. Como estaba solo en el baño, aproveché para quitarme la riñonera, por primera vez en todo el viaje, y la puse a mi lado mientras lavaba mi vergüenza en el lavamanos. Cuando de repente miré a mi lado, en el lugar de la meseta donde debía estar la famosa riñonera no había nada. Entré en pánico. Llamé a un guardia, traté de hacerme entender pero las palabras no me salían, fui a servicio al cliente y di la queja. Y luego no sabía qué debía hacer, así que fui a la caja y pedí "una Marlboro grande". Entendí de repente que en Europa no venden media cajetilla de cigarrillos y que yo había dejado el vicio un año atrás, pero fue la única decisión consciente que tuve.

Crucé al parque, le pedí fósforos a un hombre que no me entendió y me dí cuenta de que debía pedir cerillos. Fumé tres cigarrillos, encendiendo uno con la colilla del otro. Y lloré, lloré y lloré. No tenía documentos para volver a Estados Unidos, donde vivía; tampoco tenía manera de regresar a Dominicana, de donde era. No tenía conocidos, y el dinero escaseaba. Volví a la estación y recuperé mi equipaje, donde guardaba fotocopias de todos mis documentos (¡ah, yo soy loco, pero no bruto!). Hice una llamada a casa, entre avergonzado y asustado, y papi me respondió con el consabido "te lo dije" (no sé qué placer morboso le provoca a los padres esa frase), pero muy solícito inició trámites para sacarme un pasaporte nuevo "en contumacia", aún no sé cómo lo iba a hacer, pero yo me sentía un niño indefenso en ese momento y él era mi héroe.

Pregunté direcciones para llegar al consulado dominicano en Barcelona y no recuerdo cómo, pero llegué allí. Cuando entré me eché a llorar (¡Dios! ¿de dónde salieron tantas lágrimas?). Pregunté por el cónsul, pero no estaba y me recibió una señora muy amable, que era su esposa: doña Altagracia de Canó, a quien 'jamaninunca' volví a ver hasta el sol de hoy. La señora me dice que le explique el caso, y cuando acabo, entre jipíos y moco, me responde: "No te preocupes, mijo, tu caso está resuelto". Antes de que abriera la boca para agradecerle emocionado, prosiguió "vamos a rezarle a la Virgen de Fátima y ella se va a encargar de todo". Yo empecé a discutirle, que qué clase de ayuda era esa, y ella seguía dándome una cátedra sobre el poder de intercesión de la Virgen.

Nuestras voces fueron subiendo de tono hasta que salió de la oficina la secretaria del cónsul, preguntando: "¿qué alboroto es este?" y de inmediato aquellas palabras que fueron miel para mí: "Hey, yo a ti te conozco, tú eres hermano de Mónica y Raquel. Tú estudiaste con mi hermano en La Salle. Yo soy Rosa Luisa Pérez, hermana de Carlos y de Chicomón". Francamente, yo no me acordaba de ella, pero poco me faltó para arrojarme a sus pies. "Ay, sí, yo te conozco, sí, Rosa Luisa, claro, ayúdame por favor". En pocas palabras me explicó que sólo disponíamos de 24 horas para actuar, pues el 15 de agosto era feriado en España (día de la Asunción de la Virgen, mira tú), y el 16 de agosto era feriado en Dominicana, por lo que si no se resolvía el caso, los siguientes cinco días me los pasaría solo e indocumentado en Barcelona. Aclaró entonces "Bueno, en tal caso te quedarías en casa conmigo y mi marido". Para aquellos que no creen que existe gente buena en el mundo, les presento un ejemplo por excelencia.

Doña Altagracia (nombrada en honor a la Virgen, qué les parece), me pidió copias de mis documentos y exclamó triunfante: "Aleluya, viva Dios". Ante el asombro mío y de Rosa Luisa, la feliz señora explicó emocionada: "Aquí dice que tú naciste el 13 de mayo... ¡Es el día de la virgen de Fátima!" Y empezó a cantar la consabida cancioncita: "El 13 de mayo en Cova de Iríaaaaaaa / bajó de los cielos la Virgen Maríaaaaaa", la cantaba con el mismo destemplamiento que las viejas de la Iglesia, pero con una alegría contagiosa. Por un momento, admito, creí que la única que estaba clara y segura era ella. La doña inició entonces un rezo a la Virgen, pidiéndole que me protegiera con su manto y que me ayudara a que aparecieran mis documentos. Yo me fui del consulado, ya sin llorar y con una esperanza que sería estúpida, pero era lo único que tenía. Me llevé sus teléfonos y me dirigí a la comisaría, donde expidieron el documento que transcribo más arriba.

De la comisaría me sugirieron que volviera a la estación y al supermercado, que siguiera buscando, (a todo esto ya habían pasado casi ocho horas del robo), y así lo hice. Cuando regresé al "Esclat" me informaron que habían encontrado mi riñonera en un basurero, intacta. Al parecer el ladrón o ladrona buscaba efectivo y no lo encontró. Nadie debe extrañarse si cuento que volví a llorar (de alegría, claro, de qué más). Besé a la dependiente, besé la riñonera (y me la amarré tan fuerte que me hizo cintura de avispa), llamé a casa y les di la noticia, y por último llamé al consulado. Doña Altagracia me respondió: "Estás llamando para decirnos que aparecieron tus documentos, porque la Virgen te protegió" (más lágrimas). Hablé con Rosa Luisa y le di las gracias (y la llamé de nuevo desde Murcia y desde Granada y desde Madrid, como si ella fuera mi hada madrina y yo tuviera que rendirle cuentas, vainas mías).

Tanta "suerte" tuve, que alcancé el último tren que salía a Murcia ese día. En mi travesía me percaté de que nunca me había tomado aquel café, ni nada más, ni siquiera agua, solo cigarrillos. Tenía los ojos hinchados, la boca seca, el estómago vacío, y una amplia sonrisa. Por el camino pensé mucho, pensé en lo lindo que es viajar acompañado, en lo solidaria que puede ser la gente la gente cuando se trata de ayudar a alguien en aprietos, y sobre todo pensé en la Virgen de Fátima, en mi patrona, la intercesora que me hizo salir de la dificultad y sentirme tranquilo.

El que lea esta historia puede pensar lo que quiera, puede creer en la suerte, o que como dice mi amiga Marcela "Dios protege a los pendejos". Yo creo que fui protegido, que alguien pidió por mí pues yo no podía hacerlo, y ese alguien bondadoso y tierno se llama María. De eso hace hoy justo doce años, y yo todavía cada 13 de mayo voy a ofrecerle flores el día de su aparición en Fátima y me sonrío cuando las viejas arrancan con su cantico destemplado: "El 13 de mayo en Cova de Iríaaaaaaaaa"...

lunes 23 de junio de 2008

Amarcura

Como cada día lo volví a ver, pero esta vez lo veía envejecido, cansado, con una tristeza profunda, rayando en la depresión. Tenía los ojos hinchados de llorar y apenas eran las 7 de la mañana. Traté de regalarle mi mejor sonrisa, como cada día lo hacía, pero no me salía. Me quedé observándolo fijamente.

-Me duele el corazón - me dijo con la mirada muy triste, como quien suplica auxilio
-No, a ti lo que te duele es el alma –le repliqué con lo primero que se me ocurrió - Para lo primero Dios inventó a los cardiólogos.
-Y para el dolor del alma, ¿Qué inventó?
-Para eso inventó el amor. Bueno, es que El es la fuente misma del amor, y tú lo sabes.
-¿Y que pasa si a alguien le duele el alma por amor?
-Probablemente está purificando su alma, o purificando el amor, qué sé yo. Mira, el que empieza a amar empieza a sufrir, al menos eso me dijo un profesor hace casi 25 años y yo no le creí, pero la vida se encargó de darle la razón.
-Entonces ahí está el corolario: Para no sufrir deberíamos apartarnos del amor.
-¿Y no prefieres pagar este precio por lo bello que has vivido?
-Suenas como masoquista. Nadie quiere pasar por lo que yo paso.
-Tú sabes más que esto. Sufrir es estar vivo, es sentir, es como si un buen sentimiento marchara sobre ruedas en un camino y de repente choca con un obstáculo y se descarrila, ahí viene el desastre, el sufrimiento. Pero el camino sigue, o se abre uno nuevo.
-Tú y tus ridículas analogías... Pero me estás dando la razón después de todo.
-Quizás, pero esto no es lo peor que te puede pasar en la vida.
-Tú lo dices porque no sientes el pecho desgarrado de dolor como yo.
-No, lo que quiero decir es que, como dice una amiga mía, “lo peor que te puede pasar es que no te pase nada”
-¿Tú no tienes ni una idea propia? Todo lo que haces es citar lo que otro te enseñó –me dijo con una furia desconocida en él, pero que entendí.
-Precisamente, trato de aprender de cada persona y de cada relación. Lo mismo debes hacer con esta situación que atraviesas.
-Yo no quiero aprender a este precio tan caro, todo lo que quiero es que el amor regrese.
-Sabes que nunca se ha ido. Quizás las cosas no puedan volver a ser lo que eran, pero puedes luchar para que sean mejores que antes. Otros te dirían que lo mejor es simplemente soltar y seguir adelante. Pero sea lo que sea que decidas, por favor no te encierres, porque entonces sí es verdad que no vas a volver a sentir.
-Ni a volver a sufrir tampoco, ni a volver a sentir este dolor tan fuerte, ni a volver a llorar. Como era antes.
-De todos modos, te pregunto: Todo este tiempo anterior que estuviste “protegido” y sin sentir nada, ¿Dónde has estado?
-¿Que dónde he estado, me preguntas? He estado andando muchos caminos interiores, desbaratando muros, construyendo puentes, luchando batallas, conquistando territorios y venciéndome a mí mismo. Cuando me siento, agotado de tanto andar, volteo la cara y me doy cuenta de que se me han ido todos los carros y ahora ando a pie, pidiendo un aventón por misericordia.
-Ahora el de las analogías eres tú, pero te quedan mejor que a mí.
-No importa dónde he estado, lo que importa es que usualmente me tardo mucho allí y cuando regreso, ya es tarde, muy tarde.
-Sí, es verdad, se te hace tarde, pero luego, ¡Había alguien esperando tu llegada! ¡Por Dios! Somos dominicanos, la hora nunca importó. Lucha por alcanzar tus sueños. ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por lo que quieres?
-¡Es que no debería tener que sacrificar nada!
-Es correcto, ojalá no tuvieras que sacrificar nada, pero debes sentirte dispuesto a hacerlo, a abandonar tu zona de confort, a arriesgarte, a luchar –me sorprendió mi propia pasión al decir estas palabras.
-Pero debo de moverme dentro de un marco de sensatez
-El amor no es sensato, si lo miras bien es una locura, pero eso es lo que lo hace hermoso.
-Tú eres bueno en las teorías, pero esto no se enmarca dentro de ningún guión.
-Y tú no estás pensando claramente. Deja que sea el mismo amor el que te guíe, no dejes que entre la duda ni el miedo en tu vida, porque cada espacio que ellos ocupan es un espacio menos para el amor. ¡Lucha por lo que quieres! Acuérdate de Benedetti: “No te salves”
-A veces creo que me estoy poniendo loco –dijo después de un largo silencio
-Tú no estás loco, ni tampoco yo –le repliqué
-Escribe sobre esto, invéntate uno de tus cuentos y que hable de la gente que ama y de la que no sabe amar –me dijo entre sollozos
Su mirada se desvió hacia un punto lejano, la mía hizo lo mismo. Cuando volteó a verme sus ojos estaban llenos de lágrimas, igual que los míos. Quién mejor que yo para entender lo que sentía su corazón, o su alma, para el caso.

Sin sentir lástima, hice mío su dolor. Quise abrazarlo, pero mis manos chocaron con el frío vidrio del espejo…

sábado 26 de abril de 2008

Ni un Pelo de Tonto

Yo soy calvo, y punto. Lo digo en voz alta para que se sepa. Lo digo para exorcisar a las aves de mal agüero que día a día me quieren recordar algo tan evidente. Lo digo y lo subrayo para que se sepa que llevo mi calvicie con la frente en alto (en todos los sentidos). No es nada de lo que deba avergonzarme, todo lo contrario, es una combinación genética especial que se ha abierto paso de generación en generación, es una cualidad de la que no todos se pueden jactar de tener.

De hecho, cuando era un niño, peludo y rubio, tuve problemas de la vista, y una las medidas preventivas que el doctor recomendó fue que no me dejaran crecer tanto la pollina, para que no me llegara el pelo hasta los ojos. Ahora que lo escribo me parece irreal, pero me alegra saber que por ese lado no hay nada de qué preocuparse, pues a lo largo de los años he estado como la gasolina: cada vez más cara.

A petición de algunos amigos, y para beneficio de mis colegas calvos, relato lo que, a mi entender, son las etapas que uno sigue hasta quedarse felizmente calvo:

1. Etapa del descubrimiento propio: Pero bueno, ¿por qué se habra tapado el desague de la bañera? ¿Oh, sería que el gato se durmió en mi almohada, que está llena de pelos? ¡Wao, qué shampoo que ha rendido este!

2. Etapa del descubrimiento ajeno: Esta es una de las más dolorosas, pues hay que responder sonriente a todos los que al fin han caído en cuenta, y te dicen en un tono ingenuo, como quien quiere aportar un dato nuevo: “Pero ahora es que yo me doy cuenta... ¡tú te estás quedando calvo!”. Uno se cambia los lentes, se afeita el bigote, o acaso se pone una ropa llamativa para distraer las miradas que se pudieran dirigir al cráneo, pero suele pasar que en un grupo de gente, el que te expone tu condición de calvicie en público es precisamente otro calvo. Es aquí donde muchos se frustran haciéndose un peinado nuevo, dizque para cubrir, que usualmente hace que el individuo se vea pariguayísimo.

3. Etapa de los remedios: Es una pena que no anotara todos los remedios que –sin pedirlos- me llegaron a dar. La gama va desde suela de zapato hervida con canela hasta masajes con cacá de pato, pasando por una amplia gama de tratamientos de ajo con loción de caballo. En fin, nada que no deje un mal olor en la cabeza y el bolsillo vacío. Confieso sin pelos (en la lengua) que hice caso omiso de tales remedios, consciente de que lo que realmente para la caída del pelo es el suelo.

4. Etapa de la resignación: Es en esta en la que me encuentro yo, que he salido airoso de las anteriores. Dicen que el mejor remedio para la calvicie es una resina: la resina-ción. Sabias palabras, de seguro pronunciadas por alguien con un cerebro ‘brillante’.

5. Etapa del punto de referencia: En esta última etapa, el calvo pasa a ejercer una función social, orienta a los demás y nunca pasa desapercibido. Suele oírse entonces en una sala de cine oscura : “¿Dónde están Uds. sentados? - Después del calvo, tres asientos más adelante”. En este punto, la calvicie es la primera característica física usada para describir a la persona, aunque tenga una cicatriz en medio de la cara y seis aretes en cada oreja.

6. Etapa de oficializar la calvicie: Finalmente uno ‘sale del clóset’ y se declara calvo ante el mundo, se recorta como debe ser, luce su calvicie con orgullo y se deja de pendejadas. Confieso que no he llegado a esta etapa aún.

A mí no me molesta ser calvo. Lo que sí me molesta es que me describan como “calvito”, menospreciando este regalito que me dio madre natura, y minimizando los muchos beneficios de ser calvo, a saber:

1. Tenemos un futuro más brillante que los demás.
2. Gastamos menos dinero en cortes de pelo, shampoo, rinse, etc.
3. Nos salen menos canas que a los mortales.
4. No tenemos que preocuparnos porque nos vayamos a quedar calvos.
5. No puede olvidarse aquello de que “los calvos son más viriles”, enunciado que, aunque no se haya comprobado científicamente, siempre queda (gracias a Dios) en duda, e incita la curiosidad de alguien que se presta a comprobarlo.
6. Los calvos somos seres humanos "evolucionados". Es decir, así como el hombre perdió el rabo, está también perdiendo el pelo, clara distinción del resto de los comunes mortales que lo hará ganador en la carrera evolutiva.

Yo no me dejo tomar el pelo, por eso he investigado con paciencia todos estos años las mejores opciones a ser exploradas antes de declararme oficialmente calvo, y resulta que hay que invertir bastante dinero para lucir un moño decente. Y bueno, empecé a ahorrar hace algunos años, pero cuando estaba acercándome a la suma necesaria, cambié el trasplante de pelo por un carro nuevo. El año siguiente completé la cantidad deseada, y a último minuto la invertí en un crucero en el Mediterráneo. El siguiente año mis ahorros se convirtieron en un nuevo viaje a Londres, Praga, Budapest y Viena. Da gusto ver como brilla mi amplia frente en las fotos que tomé en esos sitios.

Este año junté el dinero, y hasta fui a hacerme una evaluación, y puse fecha para el día tan deseado. En los días siguientes medité al respecto, y me vi en el féretro largo a largo, bien bonito con la pollina que de niño me mandaron a recortar. Pensé en lo que dirían: “Ay, qué lindo se ve en su caja, mira cómo lo peinaron. Pobrecito, murió sin haber vivido". Luego me vi en otro escenario, en el mismo ataúd, pero esta vez mis amigos pasaban sonrientes y le (me) decían al muerto: “Vaya, calvito, cuánto que gozaste en vida, ¿eh?”. En ese momento tomé dos decisiones: salirle por la noche y jalarle los pies al que me diga calvito en mi propio funeral, y llamar a la doctora para cancelar la cita.

Este año, como no tengo ni un pelo de tonto, en vez de cabellos, amorticé capital del préstamo de mi apartamento, cambié las gomas del carro, compré muebles, cambié los lentes, y guardé algo para mis vacaciones de verano, donde luciré mi calva con orgullo en cada foto. A mí regreso volveré a ahorrar para el trasplante del próximo año, ¡Qué cabellos que han rendido esta vez!

domingo 20 de abril de 2008

Lo Que Mi Celular Vio

Ahora que cambié mi celular, en la migración he tenido una lucha titánica con la tecnología, y por fin que he aprendido a borrar, copiar y transferir datos. Después de dos años de tomar fotos a cosas irrisorias o dignas de ser recordadas, he elegido algunas de las que merecen la pena ser compartidas (obviando, claro está, la calidad de las fotos):

Paz en la Tormenta
A través del cristal de mi nuevo vehículo, este arcoiris me sonríe. Me dirijo hacia él, pero a los cinco minutos el carro me deja varado en la autopista, con la transmisión jodida. El resto del viaje a Santo Domingo lo hicimos mi prima, su hijo y yo a bordo de una grúa. Nos tomó tres horas llegar a nuestro destino, debajo de una tormenta eléctrica terrible e inolvidable. Me quedó el recuerdo lejano del arcoiris como referencia a aquel día de los padres del 2005 en el que la autopista Duarte se volvió un río.
¿Cultura para Todos?
Aunque no se puede apreciar bien, en el anuncio de la Secretaría de Estado de Cultura colgado en la valla del Parque Independencia se lee abajo: "Hacia el Progreso con la Cultura". La pordiosera sentada a sus pies probablemente no sabe leerlo, probablemente su hambre no es de conocimiento, pero sí del conocimiento público. Su enunciado es mucho mucho más claro y entendible que el de la valla.

'Embicao' de un Pote
A este sobrino de mi amiga Fifi no había quien lo hiciera despegar de su botella de Benedicta. Le ofrecimos Coca-Cola, agua, jugo, y nada. Lo quisimos engañar llenándole la botella de refresco, pero el borrachito de tres años pataleó para que le buscaran su sidra. Aquí comprobamos la posible etimología de la palabra "embicarse" tan usada en este país, pues el muchacho miraba su pote y se quedaba bizco.

Té para Tres
Entre mis amistades cuento con la bendición y el privilegio de considerarme amigo de doña Benilda (digna de un artículo futuro en este blog). Aunque originalmente ella y su esposo eran amigos de mis padres, y yo amigo de sus hijos, la vida nos ha hecho estrechar los lazos de tal manera que mi amiga de 70 y algo de años y yo tenemos un lenguaje común "made in el cielo", que nos mantiene unidos. Me invitó a un brunch hace poco, y quise recordar por siempre el perfecto momento del té con ella y su hija, mi amiga Giselle. ¿Se puede notar el cariño en la foto?

Después de la Tormenta
En un viaje de trabajo, después de dos días varado por una tormenta de nieve en un pueblecito de Texas llamado San Angelo, por fin conseguí un hotel después de cinco intentos fallidos. En el pueblo no hay manera de marcar el 809, no entra el roaming, no tengo Internet, no conozco a nadie, y por fin una madrugada conseguí un vuelo a Dallas. Este amanecer antes de abordar me hizo saber que el sol siempre sale, con cliché o sin él, después de la tormenta.

Lo que Quedó del Dumé
Esto fue lo que quedó del Colmado "Dumé Troncoso" de la calle Andres Julio Aybar. Mi hermana Mónica vivía en un residencial al lado del citado sitio, precursor de los hoy famosos
colmadones, que con fachada de pulpería, de noche se convertía en antro de música altísima, juegos, bebidas, drogas y hasta un par de tiros como quien no quiere la cosa. Mi hermana salía a mitad de noche, como enajenada, a llamar a la policía (que quizás estaba bebiendo en el lugar) y a vocearle bellezas, porque los malditos vecinos no la dejaban descansar. Todo esto en una de las zonas residenciales más céntricas y cuidadas. No sé en qué momento lo demolieron, pero aproveché la ocasión para mandarle este regalito a Mónica. El detalle es que probablemente lo demolieron para construir un edificio allí, de manera que los Dumé como quiera salieron ganando.

Hay que ser un Supermán...
... para trabajar en J&J. Hay que tener vista de rayos X y oídos super-sensibles para obsevar y escuchar las cosas que realmente están sucediendo allí. Hay que tener una fuerza increíble, a veces nos toca volar bajito, o levantar cargas pesadas, pero aunque no salvemos el mundo (un hilo dental a la vez), nos toca conocer otros superhéroes alrededor nuestro. Aquí hay tres de ellos: Miguel, Alec y Gustavo, en el concurso de Super-Johnson que realizamos en la oficina hace un par de años atrás. Mucha kriptonita y otras cosas hemos tenido que comer desde entonces.

La Belleza Interior
Una tontería que me ha hecho mucha gracia: Un salón de belleza en Haina que se llame Zelandia y que muestre en su publicidad improvisada una beldad bizca (sin pote del cual 'embicarse'), nos dice en beldad que lo importante está por dentro, no del salón, sino de nosotros mismos. Que así sea, por el bien de tanta cutáfara que me toca ver.

Transporte en Cuatro Ruedas
Esta es una de las cosas más chocantes que he visto: un discapacitado en silla de ruedas corre agarrado de un motor en la carretera de Jarabacoa, jugándose la vida a 60 Km. por hora. Habiendo trabajado en un centro para estudiantes universitarios discapacitados en Arizona, sentí rabia y verguenza. Según la OMS, en nuestro país existen alrededor de 900,000 discapacitados de los cuales poco más de 2,000 están trabajando. Este. ni corto ni perezoso, se provee por sí mismo los medios que el gobierno nunca le proveerá para tratar de igualarse al resto de la población.
De Vuelta a Casa

De regreso de una de esas insoportables jornadas extendidas de trabajo, al anochecer me espera una recompensa: la luna llena sobre la autopista 6 de Noviembre, que mi celular no puede captar en todo su esplendor. Apago el radio como si eso tuviera algo que ver con mi contemplación, y me arriesgo a tomar la foto a 120 km. por hora mientras contemplo la bella luna en vez del tránsito por la autopista.

Publicidad Engañosa
Está difícil de leer, pero la combinación de los dos letreros dice: "Proteja su Familia - A la parrilla sabe mejor". Un lema digno del terrible doctor Hannibal Lecter, justo en la Kennedy con Ortega y Gassett. Es cierto que la cosa no está fácil, y mi mamá alguna vez dijo en una de sus predicciones apocalípticas: "Llegará el día en que nos comeremos unos con otros", pero nunca pensé que iba a ser tan pronto...

La Eterna Batalla
Nuestra pasión por la pelota se manifiesta a veces de las maneras más originales. Este genial juego de ajedrez, encontrado en una feria artesanal de la zona colonial, en vez de tener blancas y negras, tiene a los eternos rivales de nuestro béisbol: Aguilas y Licey. Curioso ver como caballo, alfil, torre, y demás familiares, son sustituidos por el lanzador, receptor, paracorto, etc. (picher, quecher, sior, en "buen español").

Y bueno, hay muchas otras fotos, pero no son dignas de der publicadas. El que se inventó ponerle cámaras a los celulares fue un genio, pero nunca supo que el mío iba a detener su "ojo" en este tipo de cosas. Ahora que tengo nueva y mejor tecnología, me pregunto qué tipo de situaciones o paisajes se cruzarán en mi camino... y si acaso sabré volver a transferirlas.

domingo 6 de abril de 2008

Montones de Recuerdos

Quiero disculparme con aquellos que buscan algún escrito desde enero, estos últimos dos meses han sido de mucho trabajo, tanto que ya no me siento en la computadora cuando llego a la casa. No es falta de temas, ni de ganas de escribir, es simplemente un choque entre lo que soy y lo que quiero ser, entre lo que hago y lo que me gusta hacer, entre lo que puedo humanamente realizar en 24 horas y lo que realmente logro.

Este sábado santo me fui con mi familia a Los Montones, a casa de tía Nurys. La visita fue más corta y menos significativa que otras veces, pero obedecía a una vieja tradición de visitar su casa en el día citado, lasagna o pastelón en mano, para sentarnos en su terraza y disfrutar de su compañía y de los recuerdos que nos trae la fresca brisa del lugar que tanto amamos.

Mis primeros recuerdos de Los Montones son lejanos y borrosos, yo tendría cinco años cuando fui la primera vez con toda la familia a bordo del Volkswagen gris a quedarnos de fin de semana en la casa de don Lalo Lirio, aquella casona de madera en lo alto de una colina, rodeada de pinos y montada en unos pilotillos cual palafito moderno. Una casa llena de ruidos del crujir de las tablas y del viento nocturno, que se volvía oscura y tenebrosa por las noches, pero que a mí no me daba miedo, porque claro, papi y mami estaban cerca y nada podría pasarme. Me llega a la memoria el olor de resina y de piñones, el lienzo tejido con aquel ciervo a la entrada de la casa, y los miles de rincones (incluyendo debajo de la casa) donde podíamos jugar libres: todo un bosque para nosotros. Allí establecimos el club Joa, integrado por Joany, la mayor del grupo (la cual sabiamente bautizó con su nombre el "club", Mariela, David, Mónica, Raquel y yo. No recuerdo los objetivos del club, pero para mí era todo parte de un gran juego. Encima de una meseta de cemento jugábamos a "Don Juan de la Casa Blanca" o algo así, y en la terraza escuchábamos a nuestros padres hacer historias que ahora no recuerdo.

Años después, los Montones tuvieron otro sentido desde que tío Flavio y tía Nurys construyeron su casa, la más linda de todas hasta ahora (según mi criterio subjetivo y sesgado), con aquella maravillosa terraza desde donde se ve desde lo alto y a la distancia, como en un puesto de vigía, todo el movimiento de los alrededores de los que vienen y van. Detrás de la casa existe otra colina empinada que se convertía en todo un reto para los muchachos subir.

En una de esas vacaciones involvidables, tía Nurys nos llevó a su casa, y mal contados éramos quince muchachos entre los 10 y los 15 años: sobrinos, amiguitos, ahijados, etc. Ella no puede ponderar lo maravillosos que fueron esos días, peleándonos por las hamacas, haciéndo turnos para fregar y poner la mesa, preparando veladas por la noche, y saliendo al monte a buscar los palos más originales (me imagino que era su media hora de paz, sin niños alrededor). Una tarde lluviosa en la que estábamos aburridos e inquietos, nos sentó a todos como en la cabina de un avión, y nos hizo viajar a París, Roma, Madrid y muchas otras ciudades europeas. Cuando "salíamos" de una ciudad a otra, cerrábamos los ojos, y al llegar nos recibía un taxista imaginario que se llamaba Pierre, Paolo o Gonzalo, según la ciudad, vaya Dios a saber. Sencillamente maravilloso, sencillamente inolvidable.

Con el paso de los años, en plena adolescencia, Los Montones volvieron a ser un punto de encuentro por excelencia, esta vez en la casa de "Luivera", el papá de mi hoy compadre Luima. Allí fuimos con el hermano Agustín, telescopio en mano, o acaso nos quedamos el grupo de amigos de fin de semana (con Lli-Sán y Fernando como "adultos invitados"). En los regresos de los viajes al Pico Duarte, en la Semana Santa, o en los fines de semana largos, doña Chicho y don Luis se convertían en nuestros anfitriones de aquella casita en la que nos metíamos 20 a compartir tres habitaciones y un baño. El aserradero, el vivero, la plantación de café y aquella imponente mata de mango eran el complemento perfecto de la "casita chiquita y bonita". Bajo la mentada mata se jugó demasiado dominó, se bebió demasiado, y se comió bastante gallina. De allí partíamos al río Bao, en la Bombita o en Paso Bajito, a darnos unos baños de antología. De hecho, los primeros años era en el Bajamillo, pero poco a poco vimos desaparecer el riachuelo, impotentes y tristes, cosa que al menos a mí me ha definido como seudo-ambientalista desde entonces.

Debo mencionar en especial mi paseo favorito, a solas, partiendo de la casa de Luivera, cruzando por las matas de café, cruzando alambres de púa y metiéndome por el caminito que llegaba hasta el acueducto. En un lugar casi oculto, donde el camino daba la vuelta, yo descendía a mitad de barranca y me acostaba en la grama, bajo la sombra de un pino, a escuchar el viento y a meditar. Era mi rincón preferido, oculto a la vista de todos, secreto y especial, y aún a veces en mi mente me voy hasta allí y soy feliz y tengo paz. De regreso cruzaba más alambres de púa, subía por detrás del acueducto y llegaba desde atrás a la colina que quedaba detrás de casa de tía Nurys.

Hay muchos otros recuerdos y ya se me empiezan a mezclar las fechas en mi mente, ¿Habrá sido en el 93 que me corté la planta del pie en el río? ¿Sería en el 86 cuando fuimos los amigos del colegio por última vez? ¿En qué año se fue Mónica conmigo y cantamos con la guitarra hasta cansarnos? Sé que me fui con los Nova una semana santa completa, pero, ¿de qué año?

Tengo montones de recuerdos de Los Montones. Y todos son buenos. Los que no lo son, es porque son muy buenos. Por eso este sábado santo, aunque manejaba yo y ya no vomitaba como en aquellos viajes de mi niñez, tuve la certeza de que estaba regresando a mí mismo, a lo que soy, a lo que me define. La visita fue más corta y menos significativa que otras veces, pero sentí por dentro la alegría de visitar con mi familia el lugar que elegimos desde hace muchos años como el paraíso donde algún día nos encontraremos todos de nuevo, donde a pesar de los ruidos y de la oscuridad no tendré miedo, porque papi y mami estarán siempre cerca y nada podrá pasarme.

miércoles 30 de enero de 2008

Un Día Normal (a lo Juanes)

Ayer... saliendo de mi casa me percaté de que el basurero del frente ya tiene “moña”, hace muchos días que no pasan a recoger la basura.

Ayer... pagué la luz, no sé por qué este mes subió si me estoy bañando en el gimnasio y de noche no prendo el aire. Nadie me supo explicar, esas son las cosas de mi país.

Ayer... por cierto, me enteré de que este mes hay que pagar un extra en el mantenimiento porque se acabó el diesel y los apagones están arreciando.

Ayer... revisé mi volante de pago, ¡gracias a Dios llegó el fin de mes! Y revisando las deducciones de IRS, SFS, AFP y todo lo que tenga tres siglas, me queda el 80% de lo que gané. O sea, gano menos que el año pasado a esta fecha.

Ayer... tuve que tapar una goma que se me pinchó porque pasé por una zona muy “caliente” donde supuestamente habían tirado grapas. La goma que tapé había sido cambiada dos semanas antes por haber caído en un hoyo que lo sentí hasta en el hígado. Parece que mis impuestos no alcanzan para tapar los hoyos de la calle.

Ayer... me eché una discusión con el haitiano que hace de conserje en mi edificio, porque quiere que le aumenten y no hay manera de hacerlo ahora. La gente está desesperada. Estamos.

Ayer... asaltaron a mi amiga Ana Luisa, justo entrando al estacionamiento de su edificio, a punta de pistola. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Cuántas víctimas hacen falta para que las autoridades reaccionen y establezcan planes o tomen medidas que nos hagan sentir menos inseguros?

Ayer... estuve una hora en el tapón, cuando el trayecto en cuestión debió tomar 15 minutos. Una sola cuadra me tomó media hora, con tres policías delante de mí que solo le daban paso a los funcionarios que venían cruzando la México. Los abusos al ciudadano nunca se acaban. Aparte, yo no sé qué es lo que va a pasar en esta ciudad de aquí a 10 años, entre el gasto de combustible, el daño al medio ambiente y el estrés al que nos someten.

Ayer... finalmente llegué a Funglode, donde fui premiado por “Las Once y Once”, un cuento que le dio nombre a este blog. El premio me lo entregó el mismísimo presidente de la república. Le di la mano al presidente...... ¡oh-mar-gó!, le di la mano al presidente.

Ayer... saliendo de Funglode caí en otro hoyo que sentí en el fondo de mi alma como si a mi vehículo lo hubieran roto en dos. Este carro habrá que alinearlo, yo que estoy en olla últimamente.

Ayer... me fui a celebrar con Marcelita y me percaté de que en “El Agave” me están subiendo los precios de las Margaritas. En este país parece que no hay control de precios ni de nada.

Ayer... cuando me fui a acostar, un poco pasadito de tragos, hice el recuento de lo más importante del día como cada noche... El resumen del inning: tengo que ser más agresivo en el ahorro de energía – tengo que fijarme mejor por donde transito – hay que concientizar a la gente para que se cuide al subir y bajar del carro - tengo que hacer un plan de ahorro con esta hipoteca que me ahoga - mañana es día de nuestra señora del Pago, anda tuty... - ¿qué más? Creo que ya.
Gracias, papá Dios, por un día normal.

A propósito de esto, hoy Molina Morillo expresó algo en "El Día" que me encantó:
http://www.eldia.com.do/article.aspx?id=42631

martes 29 de enero de 2008

Mamasita Pine Resort

En lo alto de una loma, justo en la entrada de San José de Las Matas, el paraíso ha montado una sucursal a la que yo he tenido el privilegio, la dicha y la bendición de haber asistido más de una vez. Se trata del hogar de doña Teresa Ramírez – "Mamasita" para sus nietos y bisnietos, y también para mí, pues Fifi es mi hermana y por eso compartimos abuela desde que yo no tengo.

Mamasita, la admirable matriarca de la familia, le imprime vida a la casa y esa vida gira en torno a ella. Aún frágil y disminuida, desde su silla de ruedas observa, opina, y de vez en cuando da órdenes. Hablar con ella es una deliciosa experiencia que enriquece al interlocutor. Me siento con ella y le suelto una pregunta ‘de desarrollo’:
“Mamasita, ¿cómo era la vida cuando tú eras niña?”
Lo que sigue a continuación es un hermoso recuento de memorias sueltas que ella trata de hilvanar, sazonando con anécdotas del campo de los años 20. Me habla de su papá, que había que esperarlo a su llegada del conuco, de rodillas para besarle la mano. Me dice que la guardia venía a verificar que los niños mayores de seis años estaban inscritos en la escuela, y si no metían al papá preso. Habla de la época de aquel presidente, ¿cómo se llamaba? “Trujillo”, le especifico. “No, ese no, el otro, ¿sería Horacio?, Lo que pasa mijo es que yo ya cumplí 96 años y no me acuerdo de cosas”...

La casa de Mamasita guarda recuerdos de varias generaciones de los Hernández-Goris, y en cada rincón hay mil historias acechando. Desde la entrada se asciende entre dos hileras de pinos que saludan al que llega hasta el tope, donde está la casa. El ranchito del frente, donde hace más fresco, ya está sufriendo la contaminación sonora de los motores que se multiplican como un virus que pretende acabar con la paz del lugar.

La cocina, una edificación de madera separada de la casa, como en los campos, tiene una magia indescriptible. En ella se dan las mejores sobremesas del mundo, después del terrorismo gastronómico al que nos somete la buena Catalina, y del que placenteramente somos presas. Sus habichuelas son legendarias, pero también la ensalada de Tía Nidia, los huevos fritos ya famosos, un bacalao inolvidable, el sancocho más delicioso, y así sucesivamente. Tres libras más tarde, nos dirigimos por defecto a la parte trasera de la casa, donde empiezan los solares de la familia: lomas que piden una yagua a gritos, y hondonadas por las cuales más de una vez me ha tocado el placer de caminar. Desde lo alto, debajo de la mata de Caucho, Fifi, Josefina y yo tiramos sendos colchones al suelo y dejamos que la brisa arrulle nuestra siesta.

Al despertar, ya Cata puso el café (obviamente nos lo bebemos en jarro), y nos espera una tarde maravillosa, con viento fresco pero asoleada, típica de Sajoma, donde los atardeceres saben a gloria. Llega Teo a dormir, como todos los días. Cae la noche y nos refugiamos de nuevo en la cocina, mientras dentro de la casa se reza por los vivos y por los muertos. Mamasita se fue a dormir y no hay que hacer ruido, aunque ella se las lleva todas, Un perro que ladra dos veces más de lo normal ya es tema de conversación para mañana. Así de simple es la vida.

A la hora de acostarnos, entre mosquiteros y abrigos, nos metemos en las camas mientras una lluviecita cae en el techo de zinc, qué maravilla. Soy dichoso, me repito, de ser acogido por esta familia, en este hogar que es casi templo. Cesa la lluvia y ya nada se escucha (excepto mis ronquidos según me contó Josefina muy molesta). La paz invade la casa. La luna camina hacia el día siguiente.

Despierto de amores con la vida. Salgo a la sala y le pido la bendición a Mamasita. “Viene un norte”, dice la abuela presagiando lluvia y frío. Es 21 de enero. Hoy la Virgen de la Altagracia viste con abrigo y gorro de lana, me sonríe y se sienta a observarme desde su silla de ruedas.

miércoles 23 de enero de 2008

Uno es lo que Lee

“Uno es lo que lee”, reza el epitafio en la lápida de nuestro querido Dubert. Para un hombre de frases tan contundentes y profundas, cualquiera hubiera esperado algo impactante, sin embargo, cinco simples palabras no parecen expresar todo lo que aquel ser humano fue. Pero dándole cráneo, uno se da cuenta de que Dubert nos dejó tarea. Tenía un cuarto lleno de libros desde el suelo hasta el techo. Libros de todo tipo, sus eternos compañeros, la fuente de una sabiduría que parecía no agotarse nunca. Tuvimos la dicha de iniciar un club de lectura con él durante los últimos seis años de su vida, y cada sugerencia suya era una sorpresa, un regalo.
Y si uno es lo que lee, yo he sido de todo. A ver:

En mis primeros años de vida yo era una creación de Disney, ya fuera aristogato, dálmata o un perro vagabundo. Luego era don Pancho, la caricatura que aparecía los sábados en la portada de los muñequitos del Listín, luego fui un cazador de tiburones de Yucatán, y un mago llamado Kalimán y que luego cambié el turbante por un sombrero de copa y me llamé Mandrake.

Ya a los diez años, por una de esas coyunturas de la vida, cambié radicalmente y me convertí en un personaje bíblico. Fui Moisés, fui el Rey David, fui discípulo y apóstol, justo antes de iniciar las clases de catecismo.

Mi tío Eduardo llegaba entonces cada verano con cajas llenas de “paquitos”, y tanto en los que él nos conseguía como en la biblioteca del Centro Español, logré hacerme de diferentes personalidades, desde una zorra que detestaba a su vecino el cuervo, pasando por un héroe que se ponía blandito cerca de la kriptonita o de Luisa Lane, hasta llegar a ser el ladrón y seductor más elegante de la época: Fantomas.

En mi pre-adolescencia, papi arrasó con el Instituto del libro y nos hizo esperar con avidez los nuevos ejemplares de historietas ilustradas de autores como Julio Verne, Charles Dickens, o Mark Twain, o acaso los comics del Jabato y el Capitán Trueno, en los que me convertí rápidamente. Fui cazador de ballenas, fui huérfano a orillas del Mississipi, y hasta llegué a viajar por el fondo de los mares en mi nave Nautilus.

Gracias a la temible Antonia Silverio, alias “la jamona”, en sexto curso por obligación fui un Hombrecito, tuve un burro llamado Platero y hasta fui un indio que cambió su nombre taíno por el de Enriquillo.

En las tardes que tenía clases de inglés, la biblioteca del Domínico fue el escenario donde me convertí en príncipe que rescataba doncellas en apuros, y poco a poco fui creciendo, me casé con Madame Curie y hasta luché como buen mohicano que era.

En los años siguientes, mi hermana Mónica se empeñó en que aprendiera a leer libros sin ilustraciones. Solo tuvo que regalarme un libro de Agatha Christie y entonces devoré la colección completa, a expensas de una mesada que no me rendía si doña Pía no me hubiera fiado de su librería los ejemplares que me convertirían en el célebre detective belga Hércules Poirot por algunos años.

En esos tiempos, mi abuelo tuvo a bien introducirme al mundo de las Mil y Una noches, y entre las mil y una cosas que fui, lo que más disfruté fue convertirme en Sinbad el marino.

Hasta que llegó mi profesor de literatura Lli-Sán, con una especie de chantaje que a la larga dio resultado: "tú lees este libro y lo expones en clase, yo te regalo diez puntos". Por él me convertí en Mauricio Babilonia y en Florentino Ariza, me transformé en poeta y recité en un momento coplas a la muerte de mi padre, en otro le canté a Margarita Debayle, y hasta llegué a componer versos sacrílegos al crucifijo del cuello de mi amada.

Siguiéndole los pasos a la mejor lectora que conozco, mi mamá, me he convertido en personajes de Taylor Caldwell, Morris West y Martín Descalzo, entre otros. Y así, con el paso de los años he sido de todo: Me han hecho cambiar de personalidad Cortázar y Allende, Coelho y De Mello, Bosch y Benedetti, Tolkien y Rowling, Jorge Amado y Patrick Suskind, y decenas de autores más. Últimamente soy Alfonsina, y gracias a mi amiga Evelyn ahora soy Rilke.

Echando un vistazo a mi vida a través de la lectura que me ha acompañado, descubro siempre la influencia de alguien querido. Cada libro ha sido un regalo, una elección inducida, una sugerencia acertada.

Uno es lo que lee. Y yo usualmente leo lo que mis seres queridos me llevan a leer. Quiero pensar entonces que no sólo tengo un pedazo de cada libro leído dentro de mí, sino que también soy un gran rompecabezas formado con todos los pedazos de la gente que me quiere.

sábado 29 de diciembre de 2007

Cantares de Navidad

Esta Navidad no se parecía a ninguna otra. Para empezar, la resaca emocional de los efectos devastadores de "Olga" pesaba en el ambiente de la ciudad, creo yo. Mis hermanas y sus respectivas familias se hallaban cada una en coordenadas diferentes del planeta. Un amigo de la familia agonizaba de cáncer y de algún modo nos afectaba el ánimo.  De repente ya era Nochebuena y mis padres y yo nos encontramos sin darnos cuenta sentados con mi tío y mi tía, los cinco viéndonos la cara y añorando, expresa o secretamente, aquellas Navidades en la Cuba # 37, en casa de mis abuelos.

En aquellas Navidades perfectas mi abuela no cesaba de traer comida desde la cocina: arroz, arvejas (congeladas desde Octubre porque ‘este año van a escasear’), puerco asao, pastelón de harina, quipes (para darle el toque libanés a la Navidad). Tío Eduardo no cesaba de sorprendernos al sacar de su carro velas romanas, montantes, patas de gallina y varillas para el deleite de los chiquitos y el dolor de cabeza de los adultos. Abuelo servía refrescos, cerveza, vino, gomitas, avellanas, coquitos. Tío Jorge era el ausente mencionado y añorado o la atracción del momento, según estuviera fuera del país o hubiera viajado expresamente para la ocasión. Mami chachareaba alegremente con mis tías y no cesaba de traer a colación historias, añoranzas y recuerdos del ayer. Eran Navidades de abundanca, si se quiere ver de ese modo.

La noche podía prácticamente dividirse en etapas en el siguiente orden cronológico:
Pongan música - Suban esa música - Bajen esa música - Cambien esa música - ¿Por qué cambiaron la música?. En todo caso se entiende por “música” la producción “Cantares de Navidad” del trío Vegabajeño, la cual nunca ha dejado de matizar las Navidades de los Morel-Abdala, en su versión de disco de pasta, cassette, CD o MP3, según la época.

Arrancaba el disco con la primera canción, cuya letra archiconocida reza así:
Navidad que vuelve, tradición del año
Unos van alegres y otros van llorando
Hay quien tiene todo, todo lo que quiere
y sus navidades siempre son alegres
Hay otros muy pobres que no tienen nada,
son los que prefieren que nunca llegaran
Era en ese momento que surgía siempre la historia que se ha venido contando en mis Nochebuenas desde que tengo uso de razón, la cual comparto en esta ocasión. Usualmente la narración es antecedida por la mencionada canción, y para cuando se acaba, ya el disco va por la sexta canción (la más dramática del disco), a la cual uno de los tíos le sube el volumen antes de retirarse a algún rincón a llorar sin que nadie lo vea. Oiga que trozo de drama para una noche tan especial:
Madre, los Reyes ya no tienen corazón
ni un juguetito ya le quieren regalar
Ya no se acuerdan de los pobres que dolor
y sus casitas ya no lo quieren visitar

Gracias a Dios que el dichoso disco acababa alegremente con “Las Arandelas”, con la mesa puesta o probablemente las panzas llenas para ese momento.

Pero esta nochebuena era diferente. Era lenta, fría, callada. Eramos cinco adultos cansados y medio aburridos. Por eso no dudé en pedir a mami que me contara por enésima vez la consabida historia, la de aquella Navidad de su niñez. Quiero compartirla antes de que se acabe esta Navidad 2007:

Hace ya muchos años, cuando tío Eduardo, mami y tío Jorge se llamaban simplemente Eduardo, Liliana y Jorge, hubo una Navidad que marcó para siempre la visión de las demás que le siguieron hasta hoy. En aquel tiempo mis abuelos, Chaguito y Elisa, vivian en la calle Salvador Cucurullo, con sus tres hijos, de entre los cuales el mayor apenas pasaba los diez años. La situación económica era bastante difícil, sobre todo con un solo salario para alimentar una familia de cinco miembros.
En la calle de enfrente vivían el compadre Marino y la comadre Fefita, prácticamente considerados los “ricos” de la cuadra, pues hasta conocían el hielo gracias a que tenían una nevera “de las que tenían el motor arriba”, según cuenta mami. Marino y Fefita también tenían tres hijos, varones de edades similares a las de mis tíos, y tenían una estrecha relación con la familia mía, la cual había sido consolidada a través del compadrazgo.

Ocurre que una Nochebuena de finales de los años 40 en casa de mis abuelos no había prácticamente casi nada para cenar, razón por la cual el compadre Marino los invitó a todos a que compartieran la cena con ellos en su casa. Mi abuelo, un hombre recio y obstinado, desechó la idea (me imagino que por la vergüenza que implicaba). No estuviera contando yo esta historia si a mitad de noche no hubieran tocado a la puerta de mis abuelos nada más y nada menos que los cinco vecinos de enfrente, platos en mano. “Si ustedes no van a mi casa, entonces yo voy a la suya”, fue la actitud del compadre Marino, que acabó trayendo su comida a la casa de mis abuelos y así cenaron juntas las dos familias.

Este gesto tan sencillo, pero tan significativo, no solo ha sido tema de conversación recurrente en cada Nochebuena desde aquella, sino que, de una manera u otra, nos fue marcando a la generación siguiente (igual nos vencieron por repetición hasta el cansancio).
Por eso creo a pies juntillas en la abusada y nunca bien ponderada frase "Navidad es compartir"

Tanto papi como mami se empeñan en que lo recordemos, incluso en nuestra niñez nos llevaban al orfanato a compartir regalos con los niños de allí. Ambos vieron en otros tiempos Navidades muy duras, Nochebuenas sin cena o sin regalos, pero siempre hubo y habrá vecinos y compadres. Sobre todo siempre existirá el mejor regalo, el tesoro que siempre crece y mejora con los años, el que no tiene moña ni papel bonito: familia y amigos. Gracias de corazón a todos aquellos que a lo largo de estos 37 años, han cruzado la calle para compartir lo que tienen conmigo...
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Post-Data:
Los titulares de este 24 de Diciembre no diferían en nada a los de años anteriores:
· Un muerto y 54 afectados en víspera de Nochebuena
· Mantienen prohibición a los fuegos artificiales
· Dominicanos salen en masa a celebrar fiestas
· El comercio se ha dinamizado en los últimos días
· Miles llegan a pasar las fiestas en el país
· Principales candidatos cenan hoy con gente pobre
· Vehículos pesados no podrán circular
· Aguilas clasifican para la semifinal
· Católicos acuden hoy a la Misa del gallo

Los he transcrito acá por simple “gadejo” para compararlos con los del próximo año.

martes 27 de noviembre de 2007

Marie Calentando el Agua

El año pasado para estas fechas estaba yo participando en un curso en línea sobre escritura, y nos pusieron esta tarea: "Seleccionad una noticia que os parezca interesante de cualquier periódico o revista. Copiad el titular de la noticia y usadlo como título para escribir un relato de vuestra invención que no ocupe más de una página."
No fue difícil hallar una noticia interesante. Más aún, hallé una que era a la vez impactante e indignante. Fuera de morbo, decidí hacer el ejercicio y el resultado lo copié aquí. Cuando acabé de hacerlo me sentía sumamante triste, porque la menor parte, la más verosímil, salió de mi cabeza.

Hallé interesante el hecho de que la noticia fuera publicada cerca del Día de la No Violencia contra la Mujer, y pensé en la protagonista de la historia, la cual no puede tener más factores en su contra en nuestra realidad: negra, mujer, niña, pobre y haitiana. El terrible resultado del odio que generó todo esto se tradujo en abuso infantil, violencia y xenofobia.
Escribo sobre estas cosas, justo en el aniversario de otro 25 de noviembre, porque me duelen, me chocan, me drenan la fuerza. Y porque de alguna manera debe movernos a la acción saber que estas cosas ocurren a nuestro alrededor. Hay mucho que podemos hacer por todas las Marie que nos encontramos en la calle cada día.
Ahí va la tarea (que sacó apenas un 6 de 10),

La pequeña Marie no podía reconocer los síntomas con sus escasos diez años, pero estaba sufriendo de depresión.

Hacía ya cinco meses que la habían enviado a la República Dominicana a trabajar. Mientras hacía el viaje desde Anse-a-Pitres hasta Puerto Príncipe su mamá le explicaba que era necesario que se fuera para tener comida todos los días y ropa que le iban a regalar. Marie contuvo las lágrimas hasta que se vio sola en el minibús que la llevó desde Puerto Príncipe hasta la frontera. Una vez allí, un guardia se la llevó aparte para revisarla. La manoseó y la despojó de sus documentos y del poco dinero que llevaba encima. La niña sólo conservó el papelito que llevaba escondido con la dirección que le habían escrito, y tuvo la dicha de que una señora que estaba allí la ayudara a tomar otro minibús. Pensó que aquel suplicio terminaría cuando llegara a la casa de la familia con la cual iba a trabajar, pero aquello fue solo el principio.

La señora que la recibió la mandó a un cuarto oscuro que había en el fondo del patio y aquella noche, entre el calor y los mosquitos, no pudo casi dormir y se la pasó pensando en su mamá y sus cinco hermanitos, con quienes no sabía ahora cómo comunicarse.
Temprano al día siguiente empezó su nueva vida. Trabajaba más que en Haití, le gritaban por todo. Le daban de comer las sobras de la casa dos veces al día y se burlaban de ella. La única vez que lloró delante de la señora, ésta le dio una bofetada que la hizo tambalearse y le prohibió lloriquear y hablar en creole.


Confinada y condenada al silencio, Marie empezó a aprender nuevas palabras en español. Sería por eso que que la dejaron entrar ese día a la sala y se sentó en un rincón a cuidar al hijito de la señora mientras éste veía en la televisión dibujos animados. No pudo ver mucho porque la señora se dio cuenta de su distracción y la mandó al patio de nuevo.

Un par de días atrás, mientras barría el patio, el esposo de la señora llegó borracho y empezó a manosearla y a despojarla de su ropa mientras le tapaba la boca. Cuando gritó, el señor la golpeó y se fue. Los días que siguieron hasta hoy, no podía olvidar el mal olor de aquel hombre encima de ella y empezó a pensar en su familia, en los dibujos animados y en sus amiguitas de Haití correteando con ella por callejones conocidos. Ella no lo sabía a su edad, pero estaba usando la evasión de la realidad como mecanismo de defensa.

Esta mañana la señora le pidió que calentara agua para bañar al niño y ella tomó la primera olla que encontró. Pasó mucho rato y cuando escuchó a la señora gritarle de nuevo, ya el agua hervía. Se acercaron ambas a la cocina al mismo tiempo. Antes de que Marie alcanzara a llegar al taburete en el cual se subía para encender las hornillas de atrás de la estufa, ya la señora estaba allí. Sólo escuchó el grito, varias palabras que no entendió, y alcanzó a ver los ojos inyectados de sangre de la señora, antes de que ésta tomara la olla y se acercara a ella. Después no se acuerda de mucho. La pequeña Marie no lo sabe por su corta edad, pero su mente decidió borrar parte del episodio.

La pequeña tampoco sabe, a sus escasos diez años, qué es una quemadura de tercer grado.

¿Qué es ficción y qué es real? La noticia de "inspiración" la saqué de este enlace:
http://www.clavedigital.com/Portada/Articulo.asp?Id_Articulo=8622

jueves 15 de noviembre de 2007

Discriminado

Yo soy culpable de tener 37 años y estar soltero y sin hijos. Fue sin querer. Y queriendo, por qué no. ¿Y qué? Sin embargo, gracias a esta “condición” he sido discriminado y quiero expresarme al respecto. Si perteneces a esta casta de parias como yo, sigue leyendo y mírate en este espejo. Si por el contrario eres del Kux-Kux-Klan de los "casados-y-con-hijos" que nos aplasta con sus ácidos (y envidiosos) comentarios, lee para que recuerdes un poco de lo que una vez fuiste.

Toda esta perorata viene a santo de que la semana pasada hice un comentario sobre mi estrés y mi cargada agenda (esa que no me permite publicar en el blog tan a menudo). Alguien me preguntó, a raíz del desafortunado comentario, que cómo era posible que yo, soltero y sin hijos, sintiera estrés. Ese alguien, evidentemente, está casado y tiene dos muchachitos tan majaderos como él. He recibido esta acusación tantas veces en la vida, que siento que debo explicar al mundo lo que nuestra clase, tan incomprendida, sufre con las múltiples discriminaciones recibidas:

Primero, según algunos, yo tengo un “apartamento de soltero”. El tono envidioso con que lo dicen delata lo que su mente barrunta. Hablan de mi apartamento como si fuera una especie de bar-disco club, hediondo a nicotina, con prendas íntimas por dónde quiera, como de un matadero donde cada noche se cometen al menos tres pecados capitales. Acabo de llegar del trabajo, y entre fregar la loza de hoy, cocinar lo de mañana, doblar la ropa y pagar las cuentas, sin nadie que me ayude, no hay tiempo para siquiera pensar en lo que las sucias mentes de algunos sugieren que debería ser mi hábitat. Es que ni siquiera soy amo de casa, soy esclavo de casa. Y ni empiezo a hablar de la soledad, porque tendría que abrir otro blog.

Volviendo al asunto de la agenda. Según MG, antigua compañera de trabajo, ella no sabe en qué yo invierto el tiempo. Según mi amigo PA, a mi me da tiempo “hasta para escribir”. Parece que, según el libreto, un soltero como yo solo trabaja, duerme, come, descome y se divierte. Quiero decir que ser soltero y sin hijos no significa ser desenfrenado, despreocupado y desorganizado. Si bien es cierto que no tengo que hacer tareas con los niños ni dedicarle tiempo de calidad a mi pareja, también lo es que las labores no se dividen, son toditas mías.

Luego está el asunto de las Bodas. ¿A usted se le ocurriría agarrar un micrófono y empezar a llamar al centro del salón de baile a todos los gordos o todos los enanos? “Vengan a la pista todos los gordos, ven, Rosita, que tú eres obesa” “Ven, Antonio, que tú no mides ni cinco pies”. Pues así mismo: “Que vengan los solteros” y entonces, cuando uno ya es solterón como yo, la gente se ensaña y lo llaman a uno por su nombre y apellido, cual acusado ante una corte. Y ahí me tienen, quince carajitos cuya edad media es 22 años, incluyendo al primito de la novia de trece años… y yo, con mi calva brillosa, en el centro, dizque para agarrar una jodida liga. Eso si no es que ya me fui de la fiesta justo después del buffet para no hacer el papelazo. Lo sé, soy un desadaptado social, pero eso ya viene incluido en el paquete de discrimen, así que me da igual.

Si uno es organizado en la casa o en su closet, son cosas de la “jamonería”, independientemente de que uno fuese así desde chiquito. Si uno es detallista con los cumpleaños y las ocasiones especiales de los demás, eso es que está ocioso y no tiene más nada que hacer. Carajo, como si ser ordenado y detallista no fueran características positivas. Si uno gusta del cine y asiste con asiduidad, eso es que está tirando el dinero para arriba (mi dinero, por cierto). Y entonces llega uno al cine y está lleno de parejitas. ¿En qué quedamos?

El caso más típico es el del cumpleaños, o acaso el 31 de diciembre entre uvas y cañonazos, en el que el deseo común es que encontremos aquella pareja legendaria, llena de tantos atributos que mientras la sigamos esperando, seguiremos solteros. Nadie nos desea salud, riqueza, éxito profesional, todo se supedita a "bueno, este sí es verdad que tiene que ser el año tuyo". Doña, todos son míos, así lo decidí hace tiempo.

Que no se nos ocurra cargar un bebé ajeno, pues aunque tenga media hora feliz y plácido en nuestros brazos, solo hace falta un lloriqueo bajito y breve para que los 'discriminadores' (sean los padres del bebé o no) se expresen de esta manera (dirigiéndose a la criatura, mientras nos la arrebatan de un codazo): "¿Qué e lo que le paza, mi amorzito, eh? ¿Qué e'te mutato viejo no zabe atenderlo, venga con zu tía fulana", y pensamos de nuevo que somos unos inútiles y unos insensibles, mientras el bebé se desgalilla a gritos en brazos de la tía que sí lo sabe cuidar.

Para nosotros no hay baby-showers, ni despedidas de solteros, ni listas de Bodas, pero somos invitados a todas las anteriores, dejando el forro para que luego nos cojan "pena" los mismos beneficiarios y hasta nos pregunten en público "Pero bueno, ¿y tú cuándo te vas a casar?" Ah, porque somos como la res mala, la oveja negra, la mala influencia de los pobres maridos casados, el terror de las esposas que no conocen o no confían en sus maridos y temen que los sonsaquemos.
A la última que me largó este buscapiés, en una mesa en la que yo era el único soltero (y parece que eso trae mal olor o algo así), le riposté: "¿Eres feliz en tu matrimonio?". Ante su desconcierto le bombardée de nuevo "¿Verdad que no es problema mío?". Punto en boca.

Llegó la hora de la emancipación. Solteros-y-sin-hijos del mundo, uníos. Y no peleen, como yo en este mensaje, que lógicamente es otra rabieta de un solterón...

miércoles 3 de octubre de 2007

Aventuras en la Ruta M

"Bienaventurados aquellos que tienen sus propios vehículos, porque ellos conservarán sus nervios..." (si no hay tapón, ni suben la gasolina, ni lo chocan, etc.)

Aunque hace ya muchos años que no me monto en un concho, suelo recordar con relativa nostalgia aquellos días en que, trabajando en mi primer empleo, necesitaba del transporte público a tempranas horas de la mañana. Nunca han vuelto mis días a ser tan emocionantes como aquellos. Haciendo un ejercicio de memoria, paso a relatar una mañana cualquiera de un día cualquiera del año 1993, en Santiago de los Caballeros, montado en la ruta M. Cualquier parecido con lo que ocurre hoy en día... no es ninguna coincidencia.

7 :05 a.m. Me paro en cualquier punto de la acera o hasta de la calle (total, el chofer se va a parar en el sitio que yo desee), extiendo el brazo derecho y saco el dedo índice, señal inequívoca de que estoy dispuesto a embarcarme en la aventura.

7 :08 a.m. Hoy he sido dichoso, he conseguido un concho rápidamente. “Llega hasta la Zona, chofer?” Craso error, no debí haberle dicho, el hombre sigue su camino, sabiendo que encontrará otra víctima más rentable que yo. Oigo su impotente, perdón, su imponente nave alejarse y sólo atino a ver que me hace una señal con el dedo mayor y alcanzo a oír las últimas sílabas, creo que mencionó algo sobre mi mamá.

7 :17 a.m. Al fin he conseguido un concho, esta vez no lo dejaré ir. Haciendo burla de las leyes de la física, trato de que mi masa ocupe un espacio donde están otras masas. “Eche para allá, doña. - ¿Pa’ dónde, m’ijo?, aquí no hay más espacio” Al tercer intento, logro mal cerrar la puerta (no he oído de ningún caso de alguien que la haya logrado cerrar al primer intento). Trato de ver alrededor y estudiar a los otros seis personajes que compartirán conmigo esta aventura, poniendo en riesgo sus vidas, dispuestos a todo. Mis cavilaciones son interrumpidas por uno de ellos, que me pasa un dinero, y me pide que se lo entregue al chofer. “Mire, chofi, cóbrese”. Indefectiblemente, el chofer extiende hacia atrás su mano izquierda. Ya se ha propuesto la teoría de que el chofer de concho tiene un ojo secreto en esta mano, con la cual responde al llamado de “mire, chofi”. El chofer pregunta, “¿No tiene más menudo?”. Milagrosamente, el hombre-prodigio atiende el cambio de dinero, sintoniza mejor la emisora del radio, cambia de carril, pasa la tercera, discute con un pasajero y hasta alisa los gastados billetes de veinte pesos, todo al mismo tiempo y mientras chequea una muchachona que va por la acera.

7 :19 a.m. “Me deja al cruzar, chofer” dice una de las que desde ahora puede considerase como sobreviviente. El chofer cruza tres carriles en dos segundos, sin mirar hacia atrás, sin siquiera pestañar. Me toca salir, pero la puerta no quiere abrir. “Abrela desde afuera”, me dice el chofer. Claro, ¿cómo no pensarlo antes?. El puesto que me toca ahora tiene un muelle salido en el espaldar, el cual se mete entre mi sexta y séptima costillas izquierdas y me ayuda a mantener el espíritu atento a cualquier cosa que pueda suceder.

7 :21 a.m. Otro pasajero que se desmonta, dos que se suben. Se repite el ritual del dinero, la puerta, el cambio de carril, etc. La radio narra el triste episodio de una mujer golpeada por su marido, que por cierto era chofer de concho.

7 :22 a.m. Y pensar que me bañé y hasta me puse colonia esta mañana. Total, este señor con el manchón debajo del brazo está apoyando su sobaco en mi hombro, como estrategia para caber mejor. ¡Dios mío, que se quede en la próxima esquina, por favor! Entre el mal olor del señor y el gas que usa el automóvil para funcionar, estoy medio mareado. Si no fuera por este muelle en mi espalda que me mantiene alerta, creo que me desmayaría.

7 :24 a.m. El chofer me lanza una mala mirada por el retrovisor, y me pregunta "¿Usted llega muy lejos?" Yo esquivo la mirada, y la poso sobre una de las calcomanías del tablero, harto conicida, en la que una tuerca le huye a un tornillo gritando "¡No, por favor, sin aceite no!". Le digo bajito "Hasta la zona, chofer". A seguidas empieza una letanía sobre el costo de la vida y de cómo los choferes, que son padres de familia, deben buscar el sustento, etc. Trato de entender qué relación tiene mi parada con el caso, pero creo que sólo he servido como pretexto para iniciar un coloquio. Los pasajeros opinan, entra la política, nos enteramos de otro suceso policial, y así por el estilo.

7 :29 a.m. Ahora es mi turno, ¡Llegué vivo! Con fuerza le digo: "Chofer, donde pueda" Y resulta que donde él puede es lejísimos de donde me tocaba bajarme. Es su última gracia, aparte de que se para frente a un charco grandísimo. Logré sobrevivir, pero no debo cantar victoria, pues antes de que antes de que pasen nueve horas volveré a repetir la hazaña, esta vez de vuelta a casa. Y pensar que ahora debo ir a trabajar y presentarme fresquecito ante mi jefe como si estuviera empezando el día
¡No, por favor! (sin aceite no…)

viernes 21 de septiembre de 2007

Elegía por el Cine Doble

Aquellos que han visto la película “Nuevo Cinema Paradiso” han de entender que debo hacer referencia a la misma antes de empezar a hablar sobre el “Cine Doble Santiago”, pues en el filme se va narrando la historia de un pueblo, la de un hombre, la del cine “Paradiso” y la del Cine con mayúscula al mismo tiempo. Al verla por sexta vez entendí por qué me ataca la nostalgia cada vez con la misma intensidad, pues al verla recuerdo mi propia historia a la par de la historia del que fuera mi “Paradiso”.

Nuestra familia se mudó a la calle 7 # 5 de Los Jardines Metropolitanos en la Semana Santa del año 1975. Para un niño de cinco años que venía de la calle Restauración, con bastante tránsito para la época, sentir la libertad de poder andar por las calles con mis hermanas y mis nuevos amigos era una maravilla. Mal contados, éramos más de treinta muchachos en la cuadra, con edades entre los cinco y los quince años. Jugábamos a la cantarita, las escondidas, el paralizado, etc. Organizábamos veladas, reinados, posadas, y cuántas cosas se nos ocurrieran para vivir una época dorada. Uno de los sitios favoritos para ir a esconderse era la construcción del Cine Doble, al doblar la calle, en la cuadra de atrás. Lográbamos entrar a sus salas sin asientos, y de vez en cuando hacíamos shows, alguno se paraba en la tarima de cemento donde estaría más tarde la pantalla, y cantaba o actuaba mientras el “público” se deleitaba con el show.

Vimos poco a poco cómo se iba formando aquella estructura impresionante para la época, hasta que finalmente en ese año se inauguró el Cine Doble Santiago. No me alcanza la memoria para acordarme de sus estrenos (luego me enteré que fueron “Chinatown” con Jack Nicholson y “Funny Lady” con Barbra Streisand). De lo que sí me acuerdo es de que un tiempo después la película del momento era “Infierno en la Torre”. Yo quise ir a verla pero mis padres no me lo permitieron. Intenté reunir el monto de la entrada, pero la friolera de setenta y cinco centavos no era tan fácil de conseguir, de modo que me conformé con la promesa de que podría ir a las funciones de Matiné, cosa que religiosamente hacíamos mis hermanas, mi primo y yo cada domingo a las 2:00pm.

Recuerdo cuando entré por primera vez al cine, aquel diseño extraordinario con espejos y vidrios, y la concesión de dulces y palomitas dividiendo las dos salas. La sala uno era toda roja: cortinas, alfombras y sillones. La sala dos, en cambio, era azul. Con el paso de los meses, ya era costumbre cada jueves ir a ver lo que había llegado nuevo a la cartelera, o acaso llamar al 582-9000, número que conservo intacto en mi mente, como si algún día tuviera que llamar de nuevo. Recuerdo que las puertas de madera que daban a las salas tenían un cristal para que se pudiera ver desde fuera lo que proyectaban dentro, pero yo no alcanzaba tan alto. Había acomodadores con sus linternas y sus corbatines, afuera estaban los paleteros, y a cada lado del cine estaban la tienda Kakey y la Cafetería Cine Doble, de un español resabioso que siempre nos estaba llamando la atención. En aquel entonces, la publicidad era a base de puro póster, y nunca las películas duraban más de una semana, hasta que empezaron a proyectar aquellos arrolladores éxitos de los 70 como Tiburón o King Kong. Decir “segunda semana de éxitos” era una cosa muy grande en aquel entonces.

Nuestro orgullo era que don Ney, el dueño del cine, era amigo de papi y por eso lográbamos muy de vez en cuando uno que otro pase de cortesía, o acaso algún póster sobrante. Recuerdo en especial aquel afiche, precisamente de Tiburón. De verlo solamente entraba en pánico, pero un morboso deseo de ver la película se imponía. De nuevo, tenía restricción para menores, de modo que había que esperar que a uno le contaran… o escabullirse de una sala a otra. Opté por lo segundo con un amigo del vecindario, pero me bastó una sola escena para salir despavorido hacia la calle. Luego llegaron La Guerra de las Galaxias, Supermán, Grease, y otros éxitos de la época que disfruté precisamente en el Cine Doble, aún siendo un niño (en aquellos tiempos yo pensaba que “Starring” era un actor famoso que trabajaba en casi todas las películas).

Por fin me dejaron ir al cine de noche, con mis padres, recuerdo que en 1980 fuimos a ver a un Robin Williams joven haciendo de Popeye, imagínese usted. Recuerdo también cuando fuimos con Consuelo a ver “El Campeón” y que afuera daban una servilleta para secarse las lágrimas, la cual Consuelo destrozó a base de jipíos y llanto. Tampoco puedo olvidar el Jueves Santo con “Los Diez Mandamientos”, y sus filas que llegaban a la calle, mientras a nosotros nos enviaban a guardar puestos un par de horas antes de la función. Era en el Cine Doble donde luego se hacían los magníficos cine-fórum de La Salle, con películas como “Kramer contra Kramer” y “Gente como uno”, entre otras. Allí se proyectaban las películas benéficas de los colegios, allí se congregaba la clase media de la época, en los tiempos en que no interrumpían la película ni los celulares ni la elocuente chusma que hoy puebla muchos cines.

Al llegar la adolescencia, ya habían inaugurado la sala tres. Los Perdomo salieron de debajo de un camión con una magnífica idea publicitaria para justificar tres cines con un nombre que por naturaleza se limitaba a sólo dos: Empezaron a usar las fichas de dominó como símbolo de las salas. Para ese entonces, los domingos típicos de un quinceañero como yo eran “Los tres golpes”: Primero nos congregábamos en San Remo, en el lugar de la extinta cafetería, luego veíamos la película de turno, y al final la cita obligada era comer chimis en Pin-Pan, todos en manada como borregos.

Pudiera continuar: un beso robado por primera vez amparado en la oscuridad de la sala, un pleito anunciado entre fulano y mengano a la salida, una nueva amistad que surge de domingo en domingo, la chica de tus sueños que te agarró la mano en la escena de terror … todos los santiagueros de aquella generación tenemos algo que recordar del Cine Doble. Sin embargo, con el paso de los años, las cosas fueron cambiando. Abrieron nuevos cines, el sistema de distribución de películas se fue complicando, el ritmo de los nuevos tiempos de alguna manera afectó a la administración, y el querido Cine Doble se fue haciendo obsoleto.

El triste final ocurrió en el 1999. Tengo el dudoso honor de haber asistido a la última función. Aquella última noche proyectaban el clavo “American Pie”, pero qué más daba, había que ir, había que despedir aquel “Paradiso”. A la salida, cuando encendieron las luces, algunos de los que allí estábamos nos miramos las caras, como desconcertados. En el aire flotaba la pregunta “¿y ahora qué?”. No sé si fue mi imaginación, pero cuando alcancé a ver a Tony, uno de los que allí trabajaban durante años, advertí que sus ojos estaban aguados.Salí del cine, solo, hacia mi casa, pensando en los veintidós años que habían pasado entre Infierno en la Torre y American Pie, y en todo lo que en mi vida había sucedido en ese tiempo. Aún a veces, cuando paso frente al lugar, mis ojos buscan algo a qué aferrarse, pero como en el cine, todo lo que me quedan son sueños y fantasías.

Podrá venir tecnología de punta, podrán venir blockbusters millonarios, pero nada va a compararse con la emoción de esperar el momento justo en que colocaran los posters en las vitrinas del Cine Doble bajo aquellas palabras maravillosas: “comenzando jueves”...

viernes 10 de agosto de 2007

Miedo al Ridículo

Cuando era pequeño tenía sueños recurrentes, casi siempre relacionados con el colegio. Por ejemplo, llegaba descalzo o sin la mochila, y quedaba expuesto a la burla y al boche de los profesores. Luego las pesadillas evolucionaron y entonces aparecía yo desnudo en medio del patio del colegio mientras todos me señalaban y se reían de mí. Entiendo ahora que el miedo a quedar en ridículo era el móvil de mis pesadillas.
Al tener botas especiales para pies planos y gafas oscuras especiales para un problema en las córneas, me tocó aguantar muchas burlas, con las cuales aprendí a lidiar por mi cuenta: logré de alguna manera que los demás se rieran conmigo, no de mí. La técnica me sigue resultando efectiva aún hoy.

Y es que quedar en ridículo no era aceptable. Aquella vez que a Esther Tejada se le olvidó la poesía que estaba recitando en frente de todos los estudiantes, me puse en su lugar y me obligué a mí mismo a que eso nunca me pasaría. Ni hablar de “George el cagao”, el cual estudiaba tres años más adelantado, y que pasó a la historia por un episodio en tercero de bachillerato que es fácil de inferir por su sempiterno apodo. En el vecindario estaba "Guillermo el caco pelao", y en los campamentos de la parroquia teníamos a "Fiordaliza la sonámbula", por mencionar solo algunos casos de personajes que pasaron a la historia por asuntos vergonzosos que tienen sus historias detrás. Yo no quería ser recordado por nada parecido.

Llegué, es cierto, a hacer el ridículo recitando poesías coreadas, o acaso disfrazado de mono en una comparsa de circo a los diez años (¿pero es que mis padres no pensaban? ¿a quién se le ocurre disfrazar a su hijo de mono?) – nunca me quité la máscara, claro, por el miedo al ridículo.
Pensé que todos esos temibles episodios quedarían relegados a mi época escolar, pero no sospechaba yo que en la adultez me perseguirían magníficas oportunidades de quedar como un idiota, desde pedir amores por primera vez (cuando se usaba pedir amores) hasta las entrevistas de trabajo, en las que llegué a hacerme un experto, todo por el famoso miedo al ridículo.


Voy a listar, pues, los “mejores” momentos de mi adultez en los que he hecho el tonto. Son momentos, lamentablemente, inolvidables, y al escribirlos trato de exorcizarlos:

1. Estaba yo en Misa del Politécnico, llena de bote en bote, un domingo en la noche. Me quedé parado atrás y llegaron a mi lado Juanjo y Anny. Al regresar de la comunión, por el pasillo central, notaba que algunas gentes bajaban la cabeza mientras yo pasaba. No sería una reverencia, quizás era coincidencia. Cuando regresé al fondo de la Iglesia, Juanjo me dice bajito y con una risita de hijoeputa: “Acuérdame decirte algo al final”. Resulta que llevaba yo un zapato negro y otro marrón, notoriamente diferentes, aparte de los pantalones saltacharcos. En mi favor debo decir que me cambié deprisa en medio de un apagón.

2. Aquella noche de septiembre había una fiesta de bienvenida para los estudiantes de intercambio que habían llegado a la ciudad. A alguien se le ocurrió la genial idea de que fuera una “toga party”, idea que me encantó de entrada. Bajé a casa de Anacely y allá nos disfrazamos ella, Jacqueline y yo. Con una sábana amarrada tipo Nerón, unas chancletas y un ramito de laurel agarrado de mis orejas, me subí al “Chepe”, un carrito minúsculo que tenía Jacqueline. Cruzando la Ave. Juan Pablo Duarte, aquella aspiración de vehículo decidió apagarse. Con mis vastos conocimientos de mecánica, me dispuse a “punchar” en el motor, esfuerzo que, obviamente, resultó infructuoso. Estábamos cerca de la casa de nuestra amiga Jenny, de modo que yo me dirigí hacia allá a pedir ayuda (no existían los celulares entonces). Después de mucho tocar, me abrió la abuela de Jenny, y la vieja me trancó la puerta en mis narices mientras voceaba “¡Auxilio, un loco, voy a llamar a la policía!”. Salí despavorido, percatándome en ese momento de mi extraño aspecto. Nunca más volví a visitar la casa (me imagino la historia que habrá contado la abuela).

3. Eso no es nada, comparado con lo que me ocurrió a mis 18 años, el día de la Boda de Sandra, amiga de mi hermana, Era domingo en la mañana, estaba yo lavando el carro de papi (se hacía el sacrificio para que se lo pudieran prestar a uno). La vestimenta: chancletas, shorts ripiosos, camisilla vieja llena de hoyos. Mi hermana me pide que por favor la baje a la recepción, que era cerca de casa. “Está bien, pero es hasta la salida de afuera”, le dije. Me puse el trapito de estregar el carro al hombro, y encaminé a mi hermana y a una amiga suya hasta el referido punto. “Ay, manito, yo ando en tacos, ya llévame hasta adentro, no seas así” (léase en tono meloso y lavasaquístico). Accedí, bendita sea la hora, a llevarla hasta donde los invitados hacían su debut de entrada en sus mejores galas. “Rápido, rápido, sálganse que me van a ver”. Perdí de vista a mi hermana y su amiga, y en las prisas, di la vuelta con tal torpeza, que la mitad del carro cayó en una zanja pronunciada de donde no podía salir. Pasaron como cien años antes de que reaccionara. Salí del carro, todo yo, a buscar ayuda, la cual me fue negada por todos los conocidos del “pequeño Hollywood” que era aquello. Gentes conocidas volteaban la cara, murmuraban, se reían ante mis peticiones, hasta que un santo, Alfredo Tejada, me ayudó a empujar el carro y salir de la zanja. Llegué a casa, mojado entre el sudor y las lágrimas, con el carro sucio y el orgullo muerto. A eso le llamo yo hacer el ridículo.

4. Año 2005. Tengo dos días mudado en Santo Domingo, acomodándome en mi apartamento, cuando decido, antes de acostarme, a sacar la basura y buscar el correo. La vestimenta era muy similar a la de aquella ocasión: shorts, chancletas y camisilla (por qué será que siempre hay algo con las chancletas). Salgo con la basura y la llave, una en cada mano, recojo el correo (solo tengo dos manos), y boto la basura… con todo y llave. Nadie estaba viéndome, de modo que no me quedó otra opción que “bucear” en el basurero, cuando de repente se detiene un carro muy lujoso y me pregunta un señor de saco y corbata: “¿Se puede saber quién es usted y qué está haciendo?” Yo le respondí que era inquilino del edificio… y que estaba buscando algo en la basura. El individuo resultó ser el vecino del piso de arriba, y me creerán si cuento que cuando él o su esposa me veían en la escalera se apartaban hacia el otro lado, situación que duró unos meses hasta que aclaré el entuerto. ¿Quién dijo “vergüenza”?

Hay muchos otros episodios, mi mente ha elegido borrar muchos de ellos para poder sobrevivir a lo largo de los años, pero creo que la idea queda clara: Que vivimos expuestos al escarnio público, que con los años probablemente tenemos más oportunidades de hacer el ridículo que en los años mozos.

Lo mejor de todo es que cuando a uno le ocurren estas cosas, todo lo demás se relativiza.
Bendita vergüenza, y bendito ese miedo que nos hace esforzarnos, superarnos, pensar antes de hablar, vestir mejor, y pensarlo bien antes de ponerse las chancletas…

miércoles 11 de julio de 2007

Una Noche con Tía Magda

La noche del 07-07-07, es decir, tres días antes de su muerte, me ofrecí a quedarme cuidándola, ya que por la noche era cuando más débil y adolorida ella estaba, y por otro lado todos iban a dormir a sus casas después de días agotadores. Como la enfermera estaba libre, y yo quería tener algún gesto con ella, decidí quedarme, en principio hasta las tres de la mañana, cuando me iba a relevar mi prima, mi primaza Ileana. Llevé inútilmente hasta un libro de Sudoku para entretenerme, sin saber que los tres (mi prima Ile, mi tía Magda y yo) íbamos a amanecer “de pito en pito”.

Hacía tiempo que tía Magda venía enferma, y no se daba con un diagnóstico adecuado, hasta que llegó la palabra maldita y desconocida: Mielofibrosis. Al buscar en Internet lo que me arrojó fue la siguiente información:

En la mielofibrosis, , se presenta una cicatrización progresiva de la médula ósea y, como resultado, la sangre se forma en sitios diferentes a ésta, como el hígado y el bazo, causando un agrandamiento de estos órganos. En las etapas finales, la mielofibrosis es una enfermedad desgastante, dolorosa y debilitante.

De todas las maneras de morir, a mi tía le tocó hacerlo por una enfermedad muy rara, incurable y de causas desconocidas, que avanzaba maligna y rápidamente en su cuerpo. El despojo humano que yacía en la cama de su habitación nada tenía que ver con aquella mujer de una belleza y una sencillez sin igual. Sin embargo, sus ojos que expresaban un dolor inaguantable, aún llenos de lágrimas seguían siendo los ojos de la mujer que amaba y callaba.

Tía Magda no tuvo hijos, y yo por eso me sentía muy identificado con ella. Se casó por amor pero sufrió muchísimo, hasta que un día, hace como 24 años, se enteró de que estaba divorciada. Dedicó el resto de su vida a cuidar hijos ajenos como si fueran propios y demostró tal abnegación que hasta se descuidó a sí misma. Cuando yo nací ella tenía la edad que tengo ahora, y por eso miro a mi recién nacida sobrina Estela con los ojos con los que quiero imaginarme que mi tía me vio a mí.

Ella era calladita, de comentarios escuetos, y no le gustaba llamar la atención. Yo en cambio era (soy) extrovertido y dicharachero, pero aunque éramos tan disímiles, ella me celebraba cada ocurrencia y cada logro, mientras yo me escapaba a fumar escondido con ella en casa de tía Mirtha, donde vivía.
De Castro al fin y al cabo, a mi tía le costaba mucho trabajo expresar sus sentimientos en palabras. Precisamente hoy en la funeraria me enteré de que cada vez que la visitaba ella iba a donde su amiga Rosita y se lo contaba feliz. Me enteré de que cada regalo de los pocos que le hice lo cacareaba a medio mundo, y me enteré de que la carta que le escribí hace poco más de un mes, la tenía guardada debajo de la almohada.

Esa interminable noche del 07-07-07 con tía Magda quizá no sirvió para aliviar su dolor, pero a mí me alivió el mío. Pude decirle que la amaba, pude decírselo en persona, al oído, mientras ella asentía cerrando los ojos dos veces, según el código que inventó Ile para comunicarnos con ella cuando no pudiera hablar. Esa noche envejecí muchos años, tratando y no pudiendo darle alivio. A instancias de mi prima le cantamos, le rezamos, le hablamos, le mojamos los labios, la acariciamos, la aseamos… y aunque no murió esa noche como todos creíamos que iba a suceder, duró un par de días más en una tortura que no se puede llamar vida.

Yo tuve que regresar a Santo Domingo, pero ya nada era igual dentro de mí. Su prolongada agonía nos trastornó a todos. Caímos abatidos, impotentes ante sus quejidos lastimeros, sufriendo al verla llorar de un dolor insospechado, mirándonos unos a otros cuando ella pedía a Dios y a sus muertos que la liberaran, que la ayudaran a morir. Su rictus de dolor, y la cara de mi papá al verla sufrir, son imágenes difíciles de borrar de mi mente. Aprendí que la muerte no es lo peor que le puede pasar a un ser humano. De hecho, nunca antes había deseado la muerte para un ser querido.

Hoy la enterramos, bajo una llovizna de mediodía, con la misma sencillez con que siempre vivió, y con la convicción de que no dejó maldad en ningún corazón, muy por el contrario sembró y repartió amor a manos llenas. Con ella enterré un pedazo de mi infancia, y muchos recuerdos lindos de la Calle 5 # 17, de la calle Constanza y de la Calle Bartolomé Colón.

A mí me queda el recuerdo de esa noche, de un momento a solas con ella, ambas manos agarradas, mirándonos a los ojos, llorando los dos porque sabíamos que nos estábamos despidiendo, y acercándome a su oído para decirle que la amaba, como no lo hacía en todos estos años, mientras ella asentía, silente como casi siempre, bella aún en la agonía de la muerte.

Esa noche con mi tía Magda de seguro a ella no le cambió la vida en nada... pero a mí sí.

viernes 6 de julio de 2007

Pequeñas Cosas

Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia.
Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta…

A mi amiga Lucy le cogió con que yo tenía que hacer arreglos en la casa, gracias a Dios porque cuanta razón tenía, esto da pena y parte el alma. Más pena da que el presupuesto solo alcanzara para arreglar el cuarto de visita. Lucy y Raquel, por amor al arte, se dedicaron a traducir mis torpes ideas y a poner toques de buen gusto donde sólo había discos, libros y películas, además de muchos, muchos regueros.

A medida que avanzaba la remodelación se hacía más necesario limpiar y botar. Fue así como vine a dar con aquellas dos cajas de zapatos que habían sobrevivido seis mudanzas. Ambas cajas, pesadas y llenas de polvo, estaban repletas de souvenirs, fotos, tarjetas, recuerdos, recortes de periódico, y muchas, muchísimas cartas. La primera caja se llenó antes de irme a Arizona, digamos que entre los 15 y los 25 años. La segunda se llenó más que nada en esos dos años por allá y los diez años subsiguientes.
Después de muchos estornudos, logré empezar la limpieza y boté una buena cantidad de artículos “sin importancia”, cuyo valor sentimental evidentemente desapareció. Entonces empecé a abrir cartas y a darles una ojeada antes de clasificarlas. A la derecha colocaría las que se iban a salvar, a la izquierda las que iba a botar.

Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas...

Al abrir la primera carta, fechada del 1985, y al leer su contenido sentí un vuelco en el corazón y con firme decisión la puse a la derecha. Ahí entendí que tenía que cogerlo con calma, quizás había otros tesoros escondidos por ahí. Seguí buscando, tratando de entender el momento en que decidí empezar a guardar todo esto. Pienso que probablemente guardé y escondí estos papeles como respuesta a la crisis existencial que le entraba a mami de vez en cuando y que le daba con botar, regalar, romper, tirar y organizar. La entiendo ahora más que nunca, pero en aquel entonces se me ocurrió que podía salvar mis recuerdos de aquellas redadas terribles que borraban la memoria de la casa.

... en un rincón, en un papel o en un cajón

En aquellos tiempos, antes del chat y del e-mail, la usanza era escribir de puño y letra, pegar un sello y meter la carta en un sobre rumbo al buzón. Ya el mundo nos parecía pequeño, antes de que se hablara de globalización, y yo hasta llegué a establecer correspondencia con una amiga de México a quien nunca conocí y de la cual nunca supe más después del terremoto.
Cuando llegaba del colegio me encontraba las cartas encima de la cama. Si me habían escrito a casa de mis abuelos (Cuba 37, Santiago, RD, era más fácil), abuela me dejaba la carta en el sofá de la sala. Abrir aquellos sobres con toda la ilusión del mundo nada tiene que ver con dar un clic en el Inbox, aquello era un ritual, cada palabra era saboreada, repetida en la mente, atesorada.

Me encontré con cartas maravillosas y otras francamente insípidas, pero que en mi corazón adolescente o de joven adulto surtieron un efecto positivo, a tal punto que pensé guardarlas para el futuro.
¡Oh sorpresa, estamos en el futuro!
Aunque es cierto que muchas de las cartas que estuve revisando fueron a parar al basurero, pienso que cada uno de estos papeles viejos tuvo un significado una vez, me hizo reír o llorar igual que lo hacían ahora en algunos casos. Aquellas cajas llenas de alérgenos también estaban llenas de nostalgia y buenos recuerdos, solo buenos recuerdos. Incluso hasta tengo cartas escritas por mí para mí, “para que no te olvides", empezaba diciéndome en una de ellas, "de por qué decidiste esto en este momento”.

Como un ladrón te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan a su merced como a hojas muertas

El proceso de selección ha durado un par de meses, pues son decenas y decenas de cartas, y por eso me he dado a la tarea de disfrutarlo, con calma, sobre todo los domingos en la tarde. Dicen que cuando uno se va a morir le pasa toda la película de su vida por delante en un santiamén. Yo, como me voy a morir (no sé cuando, pero estoy seguro), estoy viendo la película capítulo a capítulo, y la estoy disfrutando como enano de circo. En estas cartas amarillentas hay bellos recuerdos de los amigos del colegio, de la universidad, de mis estudios en Tampa, en Carolina del Sur, en Arizona, de familiares lejanos, de amigos entrañables, de consejeros que ya no están vivos, de compañeros de viajes, de experiencias, de la vida en general.

Desde un pasado remoto o cercano, a través de la tinta me llegan palabras de aliento, consejos para situaciones y problemas que alguna vez me agobiaron y que hoy no recuerdo, palancas para el alma triste, recuerdos de amores marchitos que alguna vez me robaron la calma, alusiones a eventos que fueron importantes alguna vez, y como dice la canción “me veo claramente” reflejado en cada letra, en cada línea, en cada recuerdo.

que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y...
... nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve....

Finalmente el basurero quedó casi vacío. Voy a necesitar cajas nuevas, mucho más tiempo, y mucho Claritine, que este polvo del pasado se me mete en los ojos y las lágrimas se me salen solas, debe ser la alegría, que al fin y al cabo es alergia mal escrita.