lunes, 8 de enero de 2018

Mis Gigantes Favoritos: Doña Benilda

"Ay, no te vayas, quédate otro ratito más". Me decía esto en cada una de mis acostumbradas visitas a su casa y yo, a sabiendas de que así sería, empezaba a despedirme desde temprano, así la complacía. Total, que entre un ratito y otro se nos pasaban dos horas o más volando. Estas visitas empezaron mucho tiempo atrás, al acabar un ensayo de los 15 de Giselle, al terminar de estudiar con Kathy, su hija de AFS, al detenerme en su casa a pedir un vaso de agua antes de subir la cuesta de los cerros a pie. Pero se hicieron mucho más frecuentes desde que dejé mi ciudad natal, y a lo largo de los últimos quince años, hice costumbre en mis visitas a Santiago pasar por su casa y sentarme en su sala,  escuchar sus cuentos y contarle los míos, y reírnos juntos.

Nuestras familias tienen mucha historia en común. En mis recuerdos de infancia está ella, aquella señora afable, gordita, con el pelo siempre arreglado. La amistad de ella y su esposo con mis padres se consolidó a través del Movimiento Familiar Cristiano y así nos tocó compartir muchas vivencias y experiencias juntos. Me hice amigo de sus seis hijos, de algunos más que otros por asunto de edad. Pero luego llega uno a la etapa de la vida en que la edad deja de importar y así me hice amigo de ella directamente.

"Lucre, pon café para Simón Eduardo. ¿O tú prefieres un té? Yo guardo esa caja de té que tú me regalaste". Recordaba cada regalo, por más simple que fuera, cual si estuviese guardando un tesoro. A propósito, la última vez que la vi, hace tres semanas, me dijo: "Ay, aquellas cucharitas de chocolate, me acaban de regalar otras y me recordé mucho de ti. ¿Y tú sabes una cosa? Aquella tarjeta tan linda que tú me regalaste la conservo conmigo". Miguel su hijo que estaba allí se sonreía al escuchar nuestra conversación. Ella se jactaba de que yo ya no era el hijo de sus amigos ni el amigo de sus hijos, sino su amigo. Y así era. Y así se lo recordé en el hospital. "Usted sabe que yo no la estoy visitando ni por estar enferma ni por ser vieja, sino por ser mi amiga" - le dije.

Una de las tantas experiencias compartidas da cuenta de su espíritu siempre joven. Un grupo de amigos de mi generación habíamos formado  junto al Padre Dubert  un grupo al que llamamos Compromiso 99, y entre nuestras actividades hacíamos una modalidad de teatro leído que presentábamos a la comunidad. La primera vez que nos presentamos ella asistió y al final se acercó a nosotros y nos dijo: "Yo quiero formar parte de su grupo". Cualquier otra persona se hubiese amedrentado ante la brecha generacional, pero ella no veía tal brecha, y así empezamos a participar juntos en lectura de libros, cine-fórum, y hasta nos tocó actuar juntos en otra ocasión en una obra de Casona. En la obra, ella era la abuela noble y yo el nieto desalmado, y cuánto nos reímos en los ensayos y con la torta de nueces que ella sacó del libreto directo hacia su mesa.

Como amiga, era una fiel imagen del amor de Dios. Así, nunca hubo reproche, ni crítica, ni juicio. Solo acompañamiento, solo amor, disfrutando el momento a plenitud, trayendo a la memoria recuerdos y creando otros nuevos. Primero me ponía al día con su descendencia siempre en expansión. Que si tal nieto se casó, que si tal otro se graduó, que si tal hijo está en tal negocio, que si le nació otro biznieto. "¿Cuántas de tus amistades tienen biznietos? ¿Verdad que yo soy la única amiga tuya que es bisabuela?"

Luego empezaba a recordar anécdotas de tiempos pasados. "¿Tú te acuerdas de la vez del embeleco? ¿Y de Raquel imitando a María Ugarte?" . Pero luego yo le pedía que contara la última anécdota, el último cuento, porque todo lo suyo traía un sello de humor y de ocurrencias. "Cuénteme otra vez el chiste del club Vistamar" le pedía, y volvía a reírme como la primera vez. Y le pedía que me contara las anécdotas favoritas: que si el titular en el diario de ella como asesina, que si el ladrón desnudo, que si las estampitas del ángel de la guarda que no eran tal, que si el video de los 15 al cual Chemilo le cambió la etiqueta... En fin, cuentos que solo los allegados compartían, y que me hacían ser cómplice, audiencia y participante a la vez.

Más café, más galletas, más fotos de nietos y biznietos. Y luego le pedía que me volviera a contar cómo empezó el negocio de El Edén, o cuando se mudaron a esa casa "cuando esto era un monte". De vez en cuando le pedía que me contara sobre cómo conoció al amor de su vida, su novio y su esposo, su querido Alejandrito. Y le brillaban los ojos llenos de amor recordándolo y hablando de él con una sonrisa en el rostro, siempre enamorada. Y me tarareaba la letra de una canción de Mijares: "Esta misma historia continúa, solo cambia el escenario en la escena del amor". Finalmente se juntaron, y la historia continúa, porque ella creía firmemente en la vida del mundo futuro, que ahora es su presente, esa en la que todos nos juntamos, abuelos y nietos, esposos, compadres y amigos. Y por eso ahora le pido prestado ese testimonio de fe para pensar que algún día esta historia continuará, y volveré a estar en su sala con ella y Don Alejandro haciendo cuentos. 
Se fue mi amiga Benilda a juntarse con su amado Alejandrito. Y yo quisiera decirle como ella me decía:"Ay, no te vayas, quédate otro ratito más", pero no puedo aunque tenga el corazón lacerado. Solo puedo sonreírme agradecido al recordarla y pedirle prestada la frase de su canción: "Esta misma historia continúa".

"Tú hace tiempo que no escribes", me dijo la última vez. "Voy a escribir sobre usted", le respondí. Y se sonrió, y sé que ahora lo vuelve a hacer al leer estas líneas, Y por eso así la quiero eternizar en mi teclado, como aquella amiga maravillosa que me regaló la vida. Habrá quien escriba sobre su inmenso legado como cristiana, como ciudadana, como madre. Habrá quien hable de ella como impulsora del carnaval, de ella como chef, de ella como emprendedora. Yo quiero hablar de mi amiga, la de los cuentos, la de la risa, la que siempre fue joven. Fue el mismo Alejandro Casona, el de las obras de teatro mencionadas, quien escribió esto en 1945 sin saber que hoy le quedaría tan bien a mi amiga:
- Deliciosa mujer... ¡Qué garbo a su edad!
- Va a cumplir setenta años de juventud
- ¿Y es siempre así?
- Siempre; en el buen tiempo y en el malo. Hay árboles que nunca pierden las hojas.

4 comentarios:

leocarretero dijo...

Enhorabuena Simón! Las palabras sobran!

Genoveva Del Orbe dijo...

Muy tierno y bello tu sentir de amigo que añora y eleva la amistad. Bellos tus sentimientos hacia doña Benilda.Es grandiosa la oportunidad que tuviste de compartir con un ser humano excepcional como ella. Eres un ser bendecido por la gracia divina.

*¤ gisselle ¤* dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
*¤ gisselle ¤* dijo...

Me encantó Simón. No conocí a Doña Belinda, pero a través de estas líneas me transporté hacia una mecedora en su casa y con taza de café en mano. Que ella pueda descansar eternamente en paz y que bendición que hayas contado con una amistad tan sincera como esa.

Un fuerte abrazo!