He pospuesto
el inicio de este escrito lo más que he podido, porque en cierta manera es mi
despedida de ella, y yo no quiero decirle adiós, ¡No puedo! Pero la verdad es
que había empezado a escribir sobre ella hace un tiempo, como parte de una serie
que he titulado "Mis Gigantes Favoritos" y lo dejé a medias. Cuando
se lo comenté le hizo mucha gracia, "¿Tú te imaginas yo ser la musa de un
escritor?" me dijo con su característico sentido del humor.
Es difícil
resumir en un solo escrito tanta admiración, tanta ternura, tanto respeto como
el que sentía hacia ella, pero en esta catarsis que me proporciona la
escritura, pretendo terminar estas líneas sonriendo entre lágrimas como lo he hecho
durante todos estos días, roto de dolor pero sumamente agradecido por ella.
Internauta trasnochadora como era ella y como lo soy yo, me la voy a imaginar
abriendo este artículo en su computadora y entablando conversación electrónica
conmigo a las dos de la mañana, como en varias ocasiones hacíamos - hasta que me
mandaba a acostar.
Imposible
describirla en dos o tres párrafos, pues ella era tantas cosas a la vez que
algo se va a quedar. No solo hizo el mejor papel de madre, esposa, hija,
hermana, madrina, tía, abuela, bisabuela, amiga, cristiana, y ciudadana, sino que decidió ser
muchas otras cosas, sin pedir permiso ni perdón, y sobresaliendo en cada una de
sus facetas. Fue la esposa del Procurador, la madre del Embajador, del subsecretario de Agricultura, de la politóloga. Fue líder activa en el Colegio de La Salle y en la Iglesia católica. Fue mentora y protectora, promotora de la cultura, defensora de la educación.
Fue maestra, y lo hizo con tanta devoción, que más de cuatro
décadas después sus alumnos dan testimonio de lo ejemplar y dedicada que fue.
Quiso ser pintora, y ante el asombro y la admiración de todos surgieron de su
acuarela paisajes impresionantes. Decidió ser investigadora, y colaboró
magistralmente con investigaciones históricas
y genealógicas. Su talento de escritora
se plasmó en poesías hermosas, un libro publicado y otro en vías de publicación.
Simplemente fue todo lo que pudo ser, fue todo lo que quiso ser, voló libre y disfrutó el proceso, con la
conciencia de que en cada una de sus múltiples roles estaba poniendo su
talento al servicio de los demás.
Pero el
papel al que me voy a referir en estas líneas, es al de Tía, así con mayúscula.
Siendo niño, uno de los primos me preguntó que por qué yo la llamaba Tía Nuris
si ella no era realmente mi tía. Me quedé de una pieza escuchando la explicación
de que había tíos de cariño y tíos "de verdad" y ciertamente era
compleja la relación genealógica (ahijada de mi abuela, madrina de mi hermana, prima de mi mamá), pero qué sabe el corazón de un niño sobre esas cosas.
La
siguiente vez que la pude ver, me acerqué a ella muy triste y le pregunté que si
aquello era cierto. Como siempre, amorosa y sabia en su respuesta, me dijo
"¿Qué tipo de tía tú quieres que yo sea?" "Tía de verdad",
le respondí. "Pues no se hable más, así será". Los tíos "de
verdad" los elige el corazón, comentamos una vez.
Vale la pena
mencionar que en una tarde de lluvia en la que estábamos tristes de no poder salir al monte a explorar y jugar, ella convirtió los bancos de las mesas en
asientos de avión, y sentados allí a horcajadas recorrimos con los ojos
cerrados, y a través de sus detalladas descripciones, diferentes ciudades europeas
que guardé en mi mente hasta que pude finalmente visitarlas de verdad.
Hago
mención de esta anécdota como manera de ilustrar que Tía Nuris podía convertir
lo trivial en fascinante, gracias a la originalidad y creatividad que le proporcionaban su eterna juventud. Y es que Tía
Nuris no tenía edad ("¿Cuándo será que me voy a poner vieja?" comentaba al celebrar sus ochenta años). Logró ser amiga de
cuatro generaciones de mi familia, entablando con cada persona una relación de cálida
cercanía. Siendo niño o siendo adulto, poca gente podía captar mi atención,
hablar mi lenguaje, escucharme y entenderme como lo hacía ella.
No recuerdo un
solo sermón suyo, y sin embargo gozaba de mi respeto y admiración en todo
momento. Me hizo ser mejor persona, no como consecuencia del temor a algún castigo, sino del
deseo de no defraudarla nunca y de querer ser como ella. Escuchaba sin juzgar,
aconsejaba sin cuestionar, acompañaba sin imponer. De su boca salía la sapiencia revestida
de inteligencia, humildad, respeto, amor y paciencia, y con una puntería certera.

Quizás tú
estabas preparada, Tía Nuris, pero nosotros no. Yo no. Nunca visualicé un futuro
sin ti. Ahora no hay a quién preguntarle cómo se sobrelleva el dolor, y cómo se
sigue adelante. Quizás tratando de ser como tú, que fuiste y eres luz. O quizás. como en aquella ocasión de la infancia, volviendo a cerrar los ojos y viajar con la imaginación hasta donde estés, hasta que finalmente pueda volver a visitarte de verdad.
Hasta
siempre, te amo y te amaré, mi Tía de verdad.
2 comentarios:
Ayyy amigo que hermoso !!! Las lagrimas que ayer con tu llamada las pude manejar , hoy se fue a porra.Un abrazo
Ayyy amigo que hermoso !!! Las lagrimas que ayer con tu llamada las pude manejar , hoy se fue a porra.Un abrazo
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