viernes, 6 de enero de 2017

Epifanía

No pensé encontrarme con él, mucho menos en mis vacaciones. De hecho, hace tiempo que no lo veía, y confieso que hasta evitaba el encuentro, porque temía que iba a resultar en algún reproche de su parte, bien ganado por cierto.
De modo que me fui de viaje, aprovechando el feriado que traería su cumpleaños, y busqué por todos los medios posibles de llenar la agenda, de evadirlo, no toparme con él. Sin embargo, me estaba persiguiendo, casi diría que acechando, asediando.

La primera vez que me lo encontré, me sonrió. Como niño al fin, estaba jugando. Pero lo curioso es que también logro que sus padres sonrieran. Aquellos padres  en pleno duelo, que acababan de perder una criatura de meses, y cuyo dolor se reflejaba en la mirada ausente, en el cansancio y la desilusión. Pero llegó él, y les cambió en un segundo el rictus de dolor por una sincera y hermosa sonrisa. Como dije, me sonrió a mí también. Vi su hermosa sonrisa detrás del biberón, y sin palabras me habló de esperanza y nuevos comienzos.

Luego me lo encontré en casa de mis padres en la víspera de su cumpleaños, y me habló de agradecimiento. Esta vez tenía 80 años y un trago de whisky en la mano, pero igual la mirada era de niño. Yo estaba en ese momento pensando lo mismo que había dicho un par de días antes: “ya las navidades no son lo que eran, y nunca lo serán”, y en ese momento, antes de la cena, él dijo algo muy simple y muy profundo, mientras miraba a su alrededor, a nosotros: “Soy rico. Soy millonario. Tengo todo lo que quiero aquí en mi casa y no tengo que buscar nada más”. Y así sin más, me dejo pensando en mi propia riqueza. Y me sonreí pensando que en un futuro recordaré esta como una de las navidades que ya no vuelven, toda la familia completa, todos juntos, sanos, unidos.

La siguiente vez que lo vi me habló de su tercer tratamiento de quimioterapia. Pero entre líneas también me habló de aceptación y de paciencia. Aunque me explicó que los tres tratamientos recibidos no habían arrojado resultados positivos, al hacerlo me sonreía, y me mostraba que seguía luchando con energía. Me enseñó sus manos y sus pies llenos de ampollas, pero se enfocó más en disfrutar el encuentro que en recapitular los tropiezos del año, Antes de irme hicimos un chiste sobre su falta de pelo y lo comparamos con mi calvicie para reírnos juntos a carcajadas.

Lo volví a ver una cuarta vez,  esta vez había vuelto a envejecer y tenía 87 años. Usaba andador, se movía con lentitud, pero me habló sobre la amistad, y de cómo en 31 años hemos cambiado tanto pero seguimos siendo los mismos, y de cómo ya no somos maestro y alumno, sino hermanos, como siempre lo fue. Cuando me iba salió hasta la puerta de la calle en su andador para despedirme, y se me puso el corazón chiquito porque no me perdió de vista con su linda sonrisa hasta que desaparecí en el carro al doblar la esquina.

La siguiente vez fue evidente el encuentro, y yo ya sabía que lo encontraría ese día, pero nada me preparó ante la alegría que sintió de verme. Hubo risa, canto, baile. Y cambió su nombre varias veces en el transcurso de la hora y media que duramos en aquel hospicio. Y se llamó Fátima, Melba, Guillermo, Iris… y Nicolás. Y tenía Alzheimer, o demencia, o daño cerebral. Pero en todo momento tuvo la sonrisa lista para mí. Antes de irnos, nos dio la bendición, y alguien tuvo que traducir para mí porque lo hizo arrastrando las palabras, pero contento. Yo me iba caminando por mi propio pie, no necesitaba asistencia de nadie, no tenía ninguna enfermedad, no estaba en silla de ruedas como él, y sin embargo el que estaba feliz y me bendecía era él. Esta vez su lección me dejó un nudo en la garganta y en el corazón.

La última vez que lo vi fue el día primero, inicio de año, víspera de mi viaje de regreso. Estaba acostado en una cama de posición, de nuevo sin mucho pelo, con movimiento limitado después de su tercera cirugía, debilitado por la quimio, y adolorido. Pero una vez más estaba ahí su sonrisa, la misma sonrisa del hombre del andador, del niño del biberón y del anciano discapacitado. Agarró mi mano y quiso apretarla con fuerza, pero su mano empezó a temblar. Me miró, y en su mirada me habló de milagros y decepciones, de enfermedad y familia, de recuerdos y futuro, de fuerza y de dolor, de nacimiento y crucifixión. Y dijo que me quería, Y yo le creo.

Después de todo tenía razón, estas navidades no se sintieron igual que las de antes… Y yo me alegro.

Epifanía - (tomado de Wikipedia)

Para muchas culturas las epifanías corresponden a revelaciones o apariciones en donde los profetas, chamanes, médicos brujos u oráculos interpretaban visiones más allá de este mundo.

Es también una fiesta cristiana en la que Jesús toma una presencia humana en la tierra, es decir, Jesús se «da a conocer»

3 comentarios:

Teresa Guzmán dijo...

Mi primer pensamiento fue Waoo, el segundo, sin palabras, finalmente te agradezco por esta catequesis que nos brindas, gracias de el alma Simón.

Teresa Guzmán dijo...

Mi primer pensamiento fue Waoo, el segundo, sin palabras, finalmente te agradezco por esta catequesis que nos brindas, gracias de el alma Simón.

Herbert Concepcion dijo...

Gracias por siempre edificarnos con tus sabias palabras y vivencias. Dios te puso en mi vida de alguna forma, y no pienso sacarte de ella. Eres realmente especial. Un fuerte abrazo y una vez más. GRACIAS.