lunes, 24 de agosto de 2015

Adiós Malala

Hoy murió Malala.

Desde el día mismo que uno emigra, ya sabe que va a extrañar muchas cosas, pero en secreto uno piensa, entre las mil cosas que pasan por la mente al tomar la decisión de partir, en la muerte. Uno se plantea el escenario, morboso si se quiere, de qué se va a hacer cuando alguien cercano parta. Esto solo lo entiende quien ha estado lejos de su patria.

Es una gran ironía que la muerte lo ate a uno tanto. La vida transcurre, y uno la ve pasar, pero la muerte es un evento puntual que requiere de nosotros respuestas.  La respuesta en mi cultura, es el duelo expresado abiertamente, convertido en lágrimas, sin estoicismo, sin retener nada. Y con el tiempo se va uno acostumbrando a los rituales funerarios, y entendiendo su importancia, mas allá de lo social, cultural, o tradicional. Y es que el duelo hay que vivirlo, y en compañía.

Sin embargo, hay muertes que no nos permiten dar esa respuesta desde otra cultura. Y la pregunta entonces es: ¿Cuál es el mérito de la persona que ha partido para que uno se movilice? ¿Es una tía más que un amigo? ¿Es un vecino más que un compañero de trabajo? Es una pregunta injusta, cargada de dolor, pues el corazón es quien decide. Hoy mi corazón decide que quiere montarse en un avión, y no puede.

De nuevo, uno se plantea el escenario insoportable de esa llamada a mitad de noche, dando una noticia terrible que va a requerir movilizarse de vuelta a la patria, a la ineludible y necesaria cita de la despedida. Sin embargo, la llamada de hoy vino a media mañana, en plena faena laboral, y me dejó el alma partida en dos. Mi jefe me encontró en la oficina con los ojos rojos del llanto, y le expliqué que había muerto una sobrina mía. No estaba muy lejos de la verdad. Quienes me conocen de cerca saben quién era esta personita en la vida mía y de mucha gente cercana, y no faltó quien me llamara para darme el pésame, como si mi duelo fuera particular, y no el de muchos.

En presencia es tan fácil dar un abrazo callado, y que éste exprese lo que uno no quiere o sabe decir. Pero cuando se está lejos hay que verbalizar las palabras de pésame, y encontrar la manera de expresar el sentimiento en voz o en el teclado. Es una tarea ingrata, y no consuela ni libera con la misma efectividad, pero en este momento de impotencia es lo único que me sirve de consuelo, inmortalizar mi recuerdo de Malala en estas líneas. 

Hace ya diez años y ocho meses vino al mundo Maria Laura Concepción Ramos, un milagro que esperábamos con ansias después de mucho tiempo esperando que mis amigos Jennifer y Cesar fueran padres. Para la familia, los amigos y hermanos de comunidad, su llegada fue un evento memorable. La alegría era contagiosa en aquel diciembre en el que Dios nos bendijo con aquella bebita hermosa.

Con el paso de los meses fue evidente que Malala, como cariñosamente la apodamos, iba a tener muchos retos en su vida en el plano de la salud. Su desarrollo psicomotor no era normal. Con el tiempo pudimos finalmente ponerle un nombre al enemigo: Hipotonía, un término médico que indica disminución del tono muscular. Esto hacia que nuestra beba tuviera muchos problemas de movilidad, de deglución, de expectoración, etc. Así fue que, si ya estábamos cerca, nos acercamos más, y si ya la queríamos, la quisimos mucho más.

 Jennifer y Cesar se empeñaron en que Malala no se quedara recluida en la casa, y convirtieron a Malala en la acompañante, amuleto, chaperona, y mascota de cada actividad. Sobraban brazos para cargarla, y aunque ella no podía hablar, su sonrisa bastaba para conquistar al alma del más frio mortal. Alguien en una ocasión la describió como un angelito, y nadie lo vio como cliché, pues en efecto su presencia era causa de paz, y su enfermedad nos hacía unirnos en oración.

Su primera gran crisis fue en su tercer cumpleaños. Aquella vez  casi se nos va. Inundamos el hospital con nuestra presencia, como si fuera una gran red donde pudieran caer sus padres cuando lo peor pasara. Pero después de muchos días de tensión, finalmente pudo vencer a la muerte y regresar a su casa. Por supuesto, hubo nuevas crisis, y tras cada una regresaba a casa con un nuevo medicamento, un nuevo tubo, una nueva terapia. Aunque cada nueva crisis traía una preocupación o una complicación más que la anterior, también traía indefectiblemente el llamado, cada vez más fuerte, a que nos uniéramos como amigos y nos pusiéramos en oración. En algún momento, de llamarle angelito y princesa empezamos a llamarle guerrera y luchadora, y con sobrada razón.

 En sus diez años de vida, que fueron diez años de lucha sin cuartel, Malala conoció neumólogos, infectólogos, cardiólogos, pediatras, ortopedas, neurólogos, hematólogos, cirujanos, anestesiólogos, especialistas en Miami y en Dominicana, enfermeras, terapeutas del habla, terapeutas de movilidad, psicólogos, ambulancias, aviones-ambulancia, y la larga lista sigue sin que yo pueda enumerarla completa. Pero también conoció mucha gente que la acompañó, le oró, le cantó, la bendijo, le impuso las manos, le sonrió,  la acarició, y como yo, la amó. 

Con el tiempo y contra todo pronóstico, se hizo tan grande ante nuestros ojos incrédulos, que ya no podíamos cargarla. La singular sonrisa y la mirada elocuente a la que nos tenía acostumbrados se hicieron más esporádicas, pero cuando afloraban todo el mundo era tocado por el amor silencioso de Maria Laura. Le pedíamos a Dios respuestas, pero al mirar sus ojos observándonos desde la cama ya no recordábamos las preguntas.

Hoy murió Malala, la niña tan querida que sin abrir la boca evangelizó a mucha gente. Nos reflejó el rostro de un Dios diferente, un Dios de ojos grandes y pelo negro grueso, con cara de niña que quiere ser amada y que pide oración. Malala catequizó sobre fuerza y fe, sobre paciencia y perseverancia, y todo sin una sola palabra. Nos enseñó singularidad, confianza, aceptación, entrega, sobre el regalo de la vida, sobre el amor. Y nos hizo querer y admirar más a sus padres. Su mamá Jennifer, que ya se había robado mi corazón varios años atrás al elegirme como hermano, nos ensenó lecciones incontables sobre el amor de una madre decidida a darlo todo, sin perder la alegría ni la esperanza. Su papá César fue probado en el fuego, y descubrió una resistencia que ignoraba poseer, y es que Malala nos sacaba lo mejor de cada uno, y nos hacía unirnos más, y sin mover un dedo.

Esta es mi manera de vivir un duelo sin abrazos. Al escribir sobre Malala, saco todo el dolor de mi alma hacia mis dedos, y busco como siempre poder visitarme a mí mismo en el futuro y recordarme el privilegio y la bendición de haberla conocido y amado.

Hoy quiero dar gracias a Dios por la vida, breve y difícil, pero bendecida y fructífera, de nuestra querida Malala que finalmente puede correr y jugar y cantar como la vi tantas veces en mis sueños. Le doy gracias a Dios por haberla rescatado de la muerte, tantas veces que perdimos la cuenta. 
Pedíamos un milagro grande, y se nos perdían de vista los milagros pequeños que se nos concedían tan a menudo.
Y dentro de mi dolor, le doy gracias por llevarla finalmente a su lado, aunque en realidad siempre estuvo cerca de El.

Hasta siempre, niña amada. 
Dios te bendiga, niña hermosa.
Adiós, Malala.

16 comentarios:

Eva en Puntillas dijo...

Me uno a tu dolor querido Simon. Cuantas lecciones de amor vino Malala a enseñar a los suyos. Sus padres, tan guerreros como ella.

La Milosh dijo...

Hermoso!

La Milosh dijo...

Hermoso!

AIMEE dijo...

Wow

Gilberto J. dijo...

Sin palabras... Dios siga poniendo en ti esas hermosas palabras de amor y vida. Un abrazo querido hermano.

Gilberto J. dijo...

Sin palabras... Dios siga poniendo en ti esas hermosas palabras de amor y vida. Un abrazo querido hermano.

Marilina Javier dijo...

waaaaoo, no la conocí, ni conozco a ninguno de ustedes, pero se exactamente por lo que están pasando, mi hermano era si como Malala, un ángel, que no hablaba, ni caminaba y asi como dices esperábamos de Dios un milagro grande, cuando tantas veces fue arrebatado de las manos de la misma muerte, el consuelo que nos queda es...que están allá arriba, donde no hay enfermedad, ni dolor, ellos cumplieron con lo encomendado y eso era acercarnos mas a Dios, yo creo que lo veremos cuando lleguemos allá, que duele su partida?... si, pero nos queda la satisfacción de que mientras esos angelitos estaban aquí en la tierra, estuvimos con ellos e hicimos por ellos lo que pudimos, que la PAZ de Dios este con usted y su familia, verdaderamente que Malala era bellista y tenia unos ojos que mostraban a Jesús, Malala debe estas corriendo, feliz y diciéndoles "gracias" desde allá. Que Dios les bendiga!

Gloria Elly Martinez Puras GLORIA ELLY POSTRES dijo...

Simon cuantas lecciones de vida me has dado a traves incluso de tu dolor y de familias que quizas ni conozco y me hago presente en su dolor y transcurrir en esta vida tan pasajera y fugaz...estoy contigo y siempre lo estare...

FUNDACION AMIGOS DE LA COMUNIDAD dijo...

Hermosa despedida para Malala, Dios te conceda a ti y sus familiares la fortaleza..

Tana Concepcion dijo...

Qué belleza, y cuánto sentimiento encierran esas palabras! Hay un nuevo angelito en el cielo.

Tana Concepcion dijo...

Qué belleza, y cuánto sentimiento encierran esas palabras! Hay un nuevo angelito en el cielo.

Unknown dijo...

Simón:
Soy tío de Jennifer y primo de César.
No tengo el placer de conocerte, pero desde ahora te admiro y quiero como ser humano sensible, piadoso, creyente y amante...
Tus palabras, inspiradas en el extraordinario ser humano que prueba (siempre en presente porque se ama sin tiempo) ser Malala, creo que serán asimismo inspiración y ejemplo para quienes lean tu escrito.
Estoy de acuerdo contigo en que Malala, sin palabras, sin abrazos, sin brincos; ha tenido el poder inmenso de enseñarnos sobre amor, solidaridad, tenacidad y fortaleza; y sacar de nosotros nuestros mejores yos en el abrazo; en el sostener una mano; en la sonrisa y en la carcajada; en el dejar caer la lágrima, sin esconderla, sin rubor ni bochorno; en simplemente estar presente, detrás, invisible...
Gracias por lo que escribes... Reafirmas nuestro orgullo de haber sido lo suficientemente afortunados de ser receptores, aunque sea un pequeño reflejo, de la gran explosión de luz que fue María Laura en el tiempo que ella, y El, nos concedieron compartir. Ojalá lo hayamos podido aprovechar suficientemente...
Victor, nos honras si recibes nuestro abrazo y profundo agradecimiento...

Harry Luna... dijo...

Saludos,

Soy primo de Robert, el esposo de María Isabel, la tía de Malala.

Aunque sólo llegué a ver en persona a ese angelito que fue María Laura como dos veces, a través del testimonio de María Isabel pude comprender perfectamente lo que representa para la vida de sus familiares. Con el caso de Malala pude ver de lo que es capaz de hacer el amor en toda una familia.

María Laura ya no está físicamente con nosotros, pero nos queda su testimonio de vida como una pequeña guerrera del Señor, para la cual siempre hubo alguien que la abrazara, que la besara, que le brindara una oración... En fin, que siempre estuviera ahí para ella...

Descansa en Paz, pequeña Malala... Ya eres en el cielo ese ángel que fuiste en la tierra...

Irving Muniz dijo...

Hermosas palabras Simon, Malala fue una guerrera desde su nacimiento. Dios llamó a su lado a ese angel que nos presto por 10 años.

Ana Leticia dijo...

Adios Malala hermosa

galmonte2 dijo...

Adiós malala