miércoles, 3 de octubre de 2007

Aventuras en la Ruta M

"Bienaventurados aquellos que tienen sus propios vehículos, porque ellos conservarán sus nervios..." (si no hay tapón, ni suben la gasolina, ni lo chocan, etc.)

Aunque hace ya muchos años que no me monto en un concho, suelo recordar con relativa nostalgia aquellos días en que, trabajando en mi primer empleo, necesitaba del transporte público a tempranas horas de la mañana. Nunca han vuelto mis días a ser tan emocionantes como aquellos. Haciendo un ejercicio de memoria, paso a relatar una mañana cualquiera de un día cualquiera del año 1993, en Santiago de los Caballeros, montado en la ruta M. Cualquier parecido con lo que ocurre hoy en día... no es ninguna coincidencia.

7 :05 a.m. Me paro en cualquier punto de la acera o hasta de la calle (total, el chofer se va a parar en el sitio que yo desee), extiendo el brazo derecho y saco el dedo índice, señal inequívoca de que estoy dispuesto a embarcarme en la aventura.

7 :08 a.m. Hoy he sido dichoso, he conseguido un concho rápidamente. “¿Llega hasta la Zona, chofer?” Craso error, no debí haberle dicho, el hombre sigue su camino, sabiendo que encontrará otra víctima más rentable que yo. Oigo su impotente, perdón, su imponente nave alejarse y sólo atino a ver que me hace una señal con el dedo mayor y alcanzo a oír las últimas sílabas, creo que mencionó algo sobre mi mamá.

7 :17 a.m. Al fin he conseguido un concho, esta vez no lo dejaré ir. Haciendo burla de las leyes de la física, trato de que mi masa ocupe un espacio donde están otras masas. “Eche para allá, doña. - ¿Pa’ dónde, m’ijo?, aquí no hay más espacio” Al tercer intento, logro mal cerrar la puerta (no he oído de ningún caso de alguien que la haya logrado cerrar al primer intento). Trato de ver alrededor y estudiar a los otros seis personajes que compartirán conmigo esta aventura, poniendo en riesgo sus vidas, dispuestos a todo. Mis cavilaciones son interrumpidas por uno de ellos, que me pasa un dinero, y me pide que se lo entregue al chofer. “Mire, chofi, cóbrese”. Indefectiblemente, el chofer extiende hacia atrás su mano izquierda. Ya se ha propuesto la teoría de que el chofer de concho tiene un ojo secreto en esta mano, con la cual responde al llamado de “mire, chofi”. El chofer pregunta, “¿No tiene más menudo?”. Milagrosamente, el hombre-prodigio atiende el cambio de dinero, sintoniza mejor la emisora del radio, cambia de carril, pasa la tercera, discute con un pasajero y hasta alisa los gastados billetes de veinte pesos, todo al mismo tiempo y mientras chequea una muchachona que va por la acera.

7 :19 a.m. “Me deja al cruzar, chofer” dice una de las que desde ahora puede considerase como sobreviviente. El chofer cruza tres carriles en dos segundos, sin mirar hacia atrás, sin siquiera pestañar. Me toca salir, pero la puerta no quiere abrir. “Abrela desde afuera”, me dice el chofer. Claro, ¿cómo no pensarlo antes?. El puesto que me toca ahora tiene un muelle salido en el espaldar, el cual se mete entre mi sexta y séptima costillas izquierdas y me ayuda a mantener el espíritu atento a cualquier cosa que pueda suceder.

7 :21 a.m. Otro pasajero que se desmonta, dos que se suben. Se repite el ritual del dinero, la puerta, el cambio de carril, etc. La radio narra el triste episodio de una mujer golpeada por su marido, que por cierto era chofer de concho.

7 :22 a.m. Y pensar que me bañé y hasta me puse colonia esta mañana. Total, este señor con el manchón debajo del brazo está apoyando su sobaco en mi hombro, como estrategia para caber mejor. ¡Dios mío, que se quede en la próxima esquina, por favor! Entre el mal olor del señor y el gas que usa el automóvil para funcionar, estoy medio mareado. Si no fuera por este muelle en mi espalda que me mantiene alerta, creo que me desmayaría.

7 :24 a.m. El chofer me lanza una mala mirada por el retrovisor, y me pregunta "¿Usted llega muy lejos?" Yo esquivo la mirada, y la poso sobre una de las calcomanías del tablero, harto conocida, en la que una tuerca le huye a un tornillo gritando "¡No, por favor, sin aceite no!". Le digo bajito "Hasta la zona, chofer". A seguidas empieza una letanía sobre el costo de la vida y de cómo los choferes, que son padres de familia, deben buscar el sustento, etc. Trato de entender qué relación tiene mi parada con el caso, pero creo que sólo he servido como pretexto para iniciar un coloquio. Los pasajeros opinan, entra la política, nos enteramos de otro suceso policial, y así por el estilo.

7 :29 a.m. Ahora es mi turno, ¡Llegué vivo! Con fuerza le digo: "Chofer, donde pueda" Y resulta que donde él puede es lejísimos de donde me tocaba bajarme. Es su última gracia, aparte de que se para frente a un charco grandísimo. Logré sobrevivir, pero no debo cantar victoria, pues antes de que antes de que pasen nueve horas volveré a repetir la hazaña, esta vez de vuelta a casa. Y pensar que ahora debo ir a trabajar y presentarme fresquecito ante mi jefe como si estuviera empezando el día
¡No, por favor! (sin aceite no…)

3 comentarios:

jCarlos dijo...

jajaja, la verdad es que yo vivo esa odisea todas las mañanas y en la misma ruta, aunque no especificamente a la zona franca... buen post

Saludos, lo espero por mi blog

Blasphemer dijo...

yo vivo todos los dias en esos conchos,y es lo maximo,cada dia es algo nuevo,jajajajaja

saturnorings dijo...

¡No, por favor! (sin aceite no…) jajajajajajajajjajajajajajaj

LIBRAME SEÑOR DEL SUPLICIO ETERNO
Y DAME DINERO PA' COMPRARME UN CARRO!