domingo, 6 de diciembre de 2009

Mis Gigantes Favoritos (1): Agustín

Lo conocí cuando yo apenas tenía 15 años, él tendría 55. Un día como hoy él cumple 80 y yo casi 40, pero eso son solo números, porque entre nosotros nunca se ha sentido diferencia. En aquel momento, su cara seria y una joroba que apenas comenzaba lo hacían ver mayor, y quizás inaccesible, pero nada más lejos de la realidad. No me imaginaba que aquel señor calvo y de lentes gruesos se iba a convertir para mí en un amigo y un héroe personal.

A Agustín le tocó impartir Educación de la Fe en segundo de bachillerato, y lidiar con aquellos 90 muchachos con las hormonas revolteadas debe haberlo envejecido prematuramente. Para muestra un botón: en el paseo a los Montones que hicimos aquel año, fueron tantas las travesuras y el desacato, que nos prohibieron tener otro paseo en el tiempo que nos quedaba en el colegio. En el fondo, entendimos que era el merecido precio de una de las gozadas más grande que recordamos. Y en el medio de todo, Agustín con las manos en la cabeza mientras exclamábamos a coro nuestro recién estrenado lema: "Somos unos Salvajes". Qué belleza.

Y de aquel caos, Agustín sacó el mejor partido posible. Lo tomó como un reto, para sacar lo mejor que podía de aquellos salvajes que éramos. Y vaya si lo hizo. Corría el año 1986 y todos esperábamos con ansias la llegada del cometa Halley. Al ser un experto astrónomo, nos fue guiando paso a paso hacia lo que luego sería una de las decepciones más grandes que recuerdo, y de aquello también sacó partido, pues sin darnos cuenta estábamos todos de repente escribiéndole cartas al "Visitante", como le llamábamos a Halley, las cuales echábamos en un buzón y misteriosamente recibían respuesta. Le escribíamos nuestras inquietudes y problemas de adolescentes, y jugábamos a que no sabíamos que era Agustín quien respondía, con su impecable caligrafía Palmer y su bien cuidado lenguaje, suficientemente adulto como para responder de manera adecuada, y suficientemente joven como para conectar con nosotros.

De aquella experiencia a las visitas 'domiciliarias' que le hacía solo bastó un paso. El sabía lo mucho que me gustaban los postres, y la primera vez que me invitó a la casa de su comunidad, lo hizo con el anzuelo de algún dulce que ahora no recuerdo, pero no sin antes entregarme material de lectura, regalarme un par de consejos atinados y enseñarme su sonrisa de oreja a oreja más de una vez. Así se fue adueñando de los corazones de los que luego formamos bajo su tutela el grupo "Ara": Marcos, Rolando, Rafelito, Teresa, Luima, Jocelyn, etc.

Fue en esas visitas que pude encontrar el amigo que buscaba en mi adolescencia, ese que me comprendiera (o que me hiciera creerlo), que me escuchara sin juzgarme, que me acompañara sin controlarme. Tanto en su estudio como en la azotea del colegio encontraba canciones, libros, objetos, o simplemente me sentaba a verlo trabajar mientras le soltaba una que otra pregunta capciosa. La última vez que lo visité aquel año, antes de pasar al tercero de bachillerato, puso un cassette sin decir palabra, como quien no quiere la cosa, la canción decía: "Me han robado el corazón / los muchachos en la escuela / ellos pasan, tú te quedas / algo de ti llevarán". Era su manera callada de decirme que nos iba a extrañar. Tampoco dije nada, pero recuerdo la letra y la melodía hasta el día de hoy.

Ya al año siguiente la amistad continuó. Me tocó verle emplearse a fondo en la reconstrucción de la capilla del colegio. El mismo hizo todo el macramé decorativo, y sacó de algún lado un bloque de madera que convirtió poco a poco en una hermosa escultura de la Virgen. Me dejaba observarlo en plena labor, y aún de las cinceladas sacaba sabias enseñanzas que mi mente guarda como tesoros preciados. También en ese año me introdujo al mundo de las computadoras. En aquel momento presumía de tener una "Commodore 64", adelantadísima para la época, y allí por primera vez le puse la mano al artefacto en cuestión.

Hace poco me enteré de que cuando Fidel expulsó a los religiosos de Cuba, se tuvo que esconder y que estuvo en peligro cuando el populacho comunista rodeó al colegio de Santiago de Cuba y los insultaban y amenazaban. Nunca lo contó, porque su humildad y su sencillez no se lo permiten.
Y es que Agustín es de todo: escritor, poeta, dibujante, escultor, scout, astrónomo, informático, sicólogo, enfermero, radioaficionado, contador, hasta le ha tocado ser enterrador, y sabe Dios cuántas cosas más se me quedan fuera. Entre todas las cosas que sabe hacer bien, dejo para el final lo mejor que sabe hacer: Ser un tremendo maestro y un gran hombre de Dios, y como su nombre de religioso lo indica: Hermano. Ese gigante es mi amigo y mi hermano, con minúscula y mayúscula.

Siempre que pienso en él, pienso que lo que más me gusta, lo que quiero imitar, lo que más admiro, y es esa versatilidad, la libertad de sacar el máximo potencial al regalo de estar vivo, de ser todo lo que se puede ser, de dar todo lo que se pueda dar, y de disfrutar en el proceso de esa entrega.

Pasó la época de alumno, y yo seguí enganchado a La Salle todo el tiempo que pude, pero la amistad continuó estos últimos veinticinco años como un puerto seguro al que puedo acudir. Hace unos años lo atacó la leucemia, y en el tratamiento perdió la voz tempralmente. Yo lo visitaba y le hablaba, le contaba, le decía. Y él se limitaba a asentir, a sonreír como tan bien sabe hacerlo, y aún en su silencio, aquel hombre disminuido por la enfermedad me hacía sentir acompañado, querido, seguro.
Y aunque hoy cumple ochenta, sé que tiene en carpeta proyectos para los próximos 40 años, porque siempre hay algo por hacer, alguien a quien ayudar.

Es cierto que la distancia y el tiempo nos separan más de lo que yo quisiera, pero las pocas veces que hablamos por teléfono, o que intercambiamos e-mails, son un bálsamo dentro de mi estresada agenda, y un recordatorio del cariño que va más allá de profesor-alumno, de la amistad sin límites, esa que nace bendecida por Dios y tiene por eso la garantía de ser siempre nueva.

Feliz cumpleaños, amigo. Y gracias, Hermano Agustín, por tu amistad sincera y desinteresada de tantos años, que no pide nada y siempre da. Gracias por tenerme en tu corazón más que en tu agenda. Gracias porque TU ME ENSEÑASTE A VOLAR...

1 comentario:

Anacely Polanco. dijo...

Que Dios bendiga el Hermano Agustin. Gigante de todo el que lo conoce. Fue y sera un gran ejemplo de Fe, Fraternidad y Servicio.
Simon , me hiciste llorar otra vez!! Cuantos recuerdos!
Te quiero infinitamente!