miércoles, 12 de abril de 2006

Mi Primer Recuerdo: La Casa Mágica

Como parte de los ejercicios del libro "Atreverse a Escribir", me toca narrar los primeros recuerdos de los que tengo memoria. Esto fue lo que salió:

La casa de la calle Restauración estaba encantada y mis padres eran los responsables de toda aquella magia.
Había en el callejón una carbonera que hacía que quien entrara en ella desapareciera; varias veces vi a mi hermana Raquel perderse allí dentro y luego reaparecer misteriosamente. También había un solar al lado donde siempre había flores, todos los colores de flores, todos los días, todo el año. Si uno arrancaba una Celia hoy, mañana aparecían dos, de otros colores.

La casa tenía una ventana que daba hacia la calle y la realidad. Al lado de ella un señor amable recostaba un exhibidor de historietas, y con la moneda mágica que mi hermana Mónica me había dado yo podía lograr que el señor me diera todas las historietas que yo quisiera, sólo tenía que acabar una y devolverla. Allí pude conocer, aún sin saber leer, a Chanoc y a Kalimán, los dos héroes del momento.

Teníamos un tocadiscos que nos entretenía con solo tres discos: la Novicia Rebelde, Canciones Infantiles y los Hermanos Arriagada. Había en él un dispositivo mágico que podía hacer que nuestras voces y nuestros cantos se repitieran solos.

Mami también sabía de magia. Con sólo acunarme en una pequeña mecedora sin brazos que había al pie de la escalera lograba inmovilizarme, y luego entonaba una canción mágica que me hipnotizaba hasta que yo abría los ojos y veía el sol entrando por la ventana.

Sin lugar a dudas el encantamiento de la casa era el resultado del gran mago: mi papá. Mi admiración por sus poderes creció una noche en el cuarto de mis hermanas en la segunda planta. Mi papá el mago se colocó detrás del cordel donde se tendía la ropa cuando llovía, y apagó la luz para demostrarnos cómo, con el simple movimiento de sus manos, podía hacer que unos zapatos bailaran solos. Si él subía las manos, los zapatos subían. Si movía las manos a la derecha, para allá iban los zapatos, que habían cobrado vida propia de la mano de papi.
Yo también, de su mano, había empezado a cobrar vida propia, y también yo me movía a dónde sus manos me llevaran.

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